domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Cuántas realidades caben en la realidad?





Paseaba, abismado en mis pensamientos, por el paseo de Recoletos. Esto suena intelectual que te cagas, pero más que pensamientos en plural, sobaba un solo pensamiento. Acababa de tomarme una cerveza, tirada además sin ninguna gracia,  en la terraza del Café Gijón y me habían propinado un palo de no te menees, ¿sería por la media docena de olivitas con las que la acompañaron? Por gilipollas, andaba diciéndome; ni que fueras un turista “accidental”, a quién se le ocurre…
En esas mezquindades peseteras me revolcaba cuando, a unos metros por delante de mí, caminando en dirección opuesta y en compañía de una mujer con la que conversaba, lo vi. Sin duda era él. EVM. De modo que allí estaba el rey de la metaliteratura, pensé. Me olvidé de la cerveza meada y del palo recibido y me dirigí decididamente hacia el que por entonces era uno de mis escritores favoritos. Sí, todos los lectores tenemos un pasado, ¿pasa algo?
Es usted EVM, le pregunté absurdamente. Con un leve gesto de cabeza y algo sorprendido por el brusco abordaje, asintió; le estreché la mano y le saludé “de parte de un lector agradecido”; “ya me figuro”, fue todo lo que dijo. No es mucho pero qué carajo iba a decir, no creo que lleven aprendido un guión para estos ridículos e inesperados abordajes. Además esta gente, cuando escribe, se explica muy bien pero la mayoría de ellos cuando hablan sin papeles parecen tarados. Nabokov decía niños de cinco años. En vista de que a mí tampoco me resultaba muy cómoda la situación, me despedí alegando, mientras miraba a su acompañante, que no deseaba molestar más. Por la expresión de su cara, la de él, creo que  quedó un poco desconcertado o quizás el saludo le supo a poco. ¿Estaría acostumbrado a saludos y halagos más efusivos? ¿Llevaría consigo fotos metaliterarias para dedicar a sus fans? ¿Creyó que debería haberle pedido un autógrafo? Vete tú a saber…
Era la primera vez en mi vida, y espero que la última,  que saltaba del mundo real al planeta literario-cerebral para saludar “realmente” a uno de sus urdidores.   






Continué mi paseo y volví a sumirme en el universo de malestar “pesetero-cervecero” en el que ya braceaba antes del inesperado encuentro con el creador de mundos en paralelo a nuestra mugrienta y sórdida realidad. ¿Cuántos mundos paralelos caben dentro de la realidad? ¿Y fuera? Yo pienso que eso no lo sabremos, a ciencia cierta,  hasta que no se aclare lo de la velocidad de los neutrinos.
Me acordé entonces del “Túnel de la risa”, que, en paralelo pero bajo tierra, esa misma que pisaba, recorría, y recorre todavía, el paseo de Recoletos. Ahora “es un túnel real” con multitud de trenes atestados de viajeros, y comunica la estación de Atocha con la de Chamartín. Hace cuarenta años era un “mundo paralelo”, desconocido para la gente ordinaria, la misma que hoy lo frecuenta. Bajábamos allí, (no recuerdo cómo nos colábamos) unos cuantos golfillos hispano-cubanos (Raúl, Sergio, Alexis, Cobos…) a sumergirnos en lo que nos parecía un  “submundo secreto” donde gritábamos, fabulábamos, reíamos, meábamos o nos tirábamos a la bartola, huyendo de lo mugriento, lo inhóspito y lo vulgar que reinaba en la superficie. Intentábamos, como tantos chavales preadolescentes crear un espacio-refugio donde la vida no tuviera que cargar con el apestoso lastre de “lo real”. Un espacio donde instaurar nuestro propio desorden. (“La vida allí, sería fácil, sería simple. (…) Cada mañana iría una asistenta”. Las cosas / G. Perec)
Alexis volvió treinta años después a contarme que tenía una empresa de catering en Miami y que servía canapés en las fiestas de la Estefan y de Stallone…y que en cuanto muriese su viejita se vendría a vivir a España…
Pues sí, ya estamos donde solíamos. Decía Torrente Ballester que en su obra la razón estaba contaminada por la fantasía y la fantasía por la razón. Los mundos paralelos se entrecruzaban y en ciertos tramos se fundían hasta conseguir levitaciones asombrosas…no sé con que intenciones contamina Perec la idílica fantasía introduciendo a la asistenta…tampoco sé por qué el poeta novísimo titula Fámulo si aquella “realidad” tanto le laceraba…
Me parece que la tan vilipendiada realidad es como el fantasma comunista de Carlos y Federico, que lo expulsan por la puerta y vuelve a colarse por la ventana.



Tiempo después, en un video promocional, la “ineludible” realidad contamina al urdidor de mundos paralelos, (ya sin ningún disimulo insertado confortablemente en la antes denostada realidad; mudanza de la que no ve por qué se ha de avergonzar) no en forma de asistenta sino como librería hasta el techo lacada en blanco en piso nuevo. Y no suficientemente contento con aquel posado ridículo y ostentoso, lo reboza con la constatación ¿impúdica? ¿más vieja que el andar p’alante? de que “el lector actual se inclina decididamente por la literatura más idiota”. Y que dure esa “realidad idiota”, supongo yo que diría para sus adentros…

“Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla. No se habrían vanagloriado de ella. La habrían respirado. Sus placeres habrían sido intensos. Les habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir.”  (G. Perec / Las cosas)


ELOTRO

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