Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 6 de noviembre de 2011

Angustiosa confesión.



Durante mucho tiempo fui una persona que no solía angustiarse fácilmente, ni fácilmente, ni de ninguna otra manera. No voy a decir que no me angustiara nunca ni que no supiera de la existencia de nada que puntualmente pudiese angustiarme, no. Solo digo que no recuerdo haber tenido motivos serios para sentir una angustia aguda en ninguna ocasión. Es más, reconozco que me parecían paranoicas, ridículas y enfermizas las personas que de forma sistemática solo veían el peligro como componente principal de cualquier objeto, espacio o actividad, contaminando fatalmente de esa manera todo lo que significa “la propia existencia”; la suya y la de los que le rodean.

Sin embargo todo cambió drásticamente cuando fui padre. La angustia con mayúsculas se instaló en mi vida con el nacimiento de mi hija y se apropió completamente de mis días con el posterior nacimiento de mi hijo. Con esa parejita de mis entretelas existiendo y respirando en este planeta, todas las circunstancias, todos los espacios y todos los tiempos, poseían, a mi nuevo parecer, una  amenazante e inexorable carga de agónica angustia. Cómo, me preguntaba, no había advertido antes esas arrugas de la realidad llenas de ponzoñosa mugre virulenta y venenosa.




No es asunto baladí pasar de no angustiarse por nada a angustiarse por todo. Uno se descubre indefenso, desarmado ante un enemigo tan desconocido en sus mañas como implacable en sus dañinos y arteros ataques. Tratas de explicarte por qué “aquello”, que antes no llamaba tu atención, ahora te desazona, te oprime, te desguaza, te abate, te acosa y te embiste de una forma tan violenta, despiadada e incesante. Empecé a angustiarme por las cosas: los enchufes, los cables, el chupete ergonómico y sus tetinas de última generación, la postura durante el sueño y las almohadas, los alimentos transgénicos, los saborizantes, colorantes y estabilizadores autorizados, las indescifrables etiquetas de trazabilidad; los juguetes no homologados y los homologados y sus tintas levemente tóxicas y sus pequeñas piezas con tendencia a desprenderse bajo la presión de una simple mirada y aventurase rápidamente en la garganta de los niños, por otro lado tan vulnerables y desprotegidos como glotones desaforados; las radiaciones “no científicamente probadas” de los móviles, los objetos punzantes o cortantes, los tejidos artificiales potencialmente provocadores de alergias, los aceites dermoprotectores, las leches corporales y demás potingues y ungüentos potenciadores de algo e inhibidores de otros algos y un sin fin de cosas inverosímiles, pero siempre imprescindibles de las que infortunadamente desconocía su enorme peligrosidad o incluso su propia y nefasta, aunque comprendo que rentable,  existencia. En esa situación de atosigante desesperación y ya con el sentio totalmente nublao, no te queda otra que convertirte en un consumidor compulsivo de: autoclaves de esterilización, aparatos de medición y desinfección del aire y  de manos, humidificadores, destiladores,  purificadoras de agua, detectores de…
Más tarde se produjo otro arreón, un salto cualitativo, y a la angustia producida por las cosas se sumó la angustia producida por las ideas, y esto, créanme, tomó tales proporciones que el nivel resultaba  absolutamente espeluznante,  de auténtico acabose…



Permítanme un inciso, precisamente les estoy contando, supongo que habrá alguien ahí, la angustia en la que vivo encenagado porque tampoco soporto la angustia de no contarlo, y de camino por cumplir con el mandato moral de “instruir al que no sabe en que mierda de mundo vive”. Y es que me resulta muy difícil vivir en esta profundidad abisal, en este desasosiego inconsolable, más solo que la una, sin dinero, sin trabajo, sin casa, sin familia, sin seguidores ni fans, sin comentarios elogiosos, sin insultos anónimos, sin la púdica y  puritana cortinilla de Güguel, sin, en definitiva, la compañía de un congénere, sea del género que sea, con el que poder echar un párrafo con mis cuitas…y al que yo también escucharía gustoso, cómo no,  acompañando su propio relato sobre las amargas e impuras realidades de la ficción novelesca y de los prospectos medicinales, aunque, claro, eso es harina de otro costal… y ahora, lamentándolo mucho, tenemos, servidumbres del sistema, que dar paso a la publicidad.

ELOTRO

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