Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Afortunadamente el dolor “de las cosas” sí tiene remedio.






No sé dónde,  leí esto: “el inmóvil sufrimiento de las cosas inanimadas…”; y no sé por qué, (aunque sospecho que con la edad me estoy convirtiendo en un espíritu muy, demasiado quizá, influenciable, fácil de engatusar) pero tras esta inesperada “revelación”: miro, huelo, toco, oigo y en cierta forma saboreo  estas “cosas” con otro apego, desde un punto de vista más cercano, más jóndo.
Nunca había prestado el menor interés hacia “las cosas inanimadas”, o sea, ni puto caso. Reconozco esta mácula en mi conciencia. Y luego pasas de “ni puto caso” a “no hay otra cosa más importante” en mi vida. ¿Soy un puto veleta?
Pero, acaso, me pregunto, no existen multitud de seres “animados”, con vida orgánica, que viven, o sobreviven, soportando los más variados sufrimientos inmóviles e incluso móviles. ¿Hay alguien, excepción hecha de esos viciosos que todos sabemos, los de los dildos, digo, que necesite añadir a su lista de seres “animados sufrientes” una lista nueva de “objetos sufrientes inanimados”? ¿Es entonces el sufrimiento, afecte a los seres o a las cosas,  una fatal droga adictiva  que, una vez que nos atrapa en sus redes, nos obliga, sin más alternativa, a aumentar constantemente la dosis hasta el big bang final? Hay gente que muere porque se le dispara la pistola mientras la limpia. ¿Hay ahí dos sufrimientos inanimados? en el después, digo.
Y otra, ¿Cuando hayamos agotado el sector “cosas inanimadas”, hacia dónde dirigiremos nuestras búsquedas y prospecciones en pos de nuevos yacimientos de  sufrimiento? (Como verán, cuando me pongo a improvisar el papel de pedante, puedo alcanzar simultáneamente la cima de la lógica y la sima del absurdo.) 




Inmediatamente después de la accidental y reveladora lectura antes citada, mi pensamiento fue colonizado, sin que mediara mi voluntad,  por una “cosa sufriente inanimada” que me acompaña desde hace años: mi taza “favorita” de desayuno (Recuerdo del chapapote de Muxía). Pero mi mente no situaba la pieza en el rutinario momento en el que, muy de mañana, la extraigo del armario de la cocina; ni cuando la lleno con café y con leche o cuando la coloco en el plato giratorio del microondas sus sesenta segundos habituales; no, la situaba precisamente algo más tarde, cuando reposa en el fregadero ya muy desmejorada, manchada de café y con algún grumo de galleta pegado en su borde. Esa tristísima visión, (¿¡Dios, cómo pude estar tan ciego durante tanto tiempo!?), me revuelve el estómago, y ahora veo claramente lágrimas en donde antes veía vulgares gotas de café resecas y sanguinolentas costras de heridas en los aparentes grumos viscosos de los restos de Digestive. La taza, ahora,  me interpela,  me grita su dolor, llora como una descosía, que sufre, vamos. Y yo, recibo el pellizco, me doy perfecta cuenta del sufrimiento inanimado que la embarga y procuro hacerle ver que ya no soy indiferente a su dolor, que lo he sido hasta ahora, de acuerdo, pero sepa usted, señora taza, le digo, que esa insensibilidad: “Nunca mais” (que por cierto es el slogan que lleva  serigrafiado).
Luego me arremango y comienzo el fregoteo con unas gotitas de “Fairy” vertidas en el estropajo de fibra más esponja “Scoth-Brite”. Y la sonrisa y el optimismo vuelven a reinar en mi hogar.
Supongo que las mentes más despiertas “captan” el masaje, ¡es tan subliminal!, y no necesitan superfluas explicaciones. Ya saben, o deberían saber, que siempre procuro ahorrar obstáculos a la comprensión de los útiles masajes que encierran, esparcen  u omiten,  mis relatos. Y hasta aquí puedo teclear porque los caracteres en la red son oro. Pero atentos al masaje:
¡Qué poquito nos cuesta, (y además siempre hay ofertas de 3x2) evitar el sufrimiento de las cosas inanimadas!
(La cursiva es para los colegas  más obtusos, que también son criaturitas del Señor. Los demás ni puñetero caso.)

ELOTRO

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