Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 8 de septiembre de 2011

Yo me acerco a Madrid



La cita era en el Café Unión a las siete de la tarde, le había dicho que antes no me iba a ser posible. No hay problema, -contestó- me va bien. Su tren llegaba de Barcelona a mediodía a la estación de Atocha. Me acercaré al “reina”, -añadió- ya sabes cuánto me gusta el cuadro de Ángeles Santos. Estuve a punto de decirle que era posible que no pudiera verlo; cada vez que cambian al “decididor amigüito” de PP o PSOE, lo primero que hace el listillo es trastocar las salas y sus obras, provocando un caótico tráfico entre las plantas y los almacenes. De esa manera “se trata de contar la historia del arte con otra mirada” el pobre idiota de turno cree que deja su huella en la historia del arte. Actúan como los caprichosos responsables de “sala” del “Carrefour”, reinventando los “puntos calientes” con la sal y el azúcar, ¡calcaos!, son los muy mamones.
Al final, por si acaso, no le dije nada…


 



A las cinco de la tarde la plaza del Ángel estaba casi vacía, solo algunos guiris, claramente delatados por sus pasos cansinos, su mirada implorante y su uniforme de sí mismos, cruzando en filita en dirección a  la plaza de Santa Ana y, por supuesto, el inevitable par de currelas atareados en su coqueto corralito modestamente apañado con cuatro inestables vallas de penosa apariencia y variopinto origen e ingeniosamente atadas entre sí, abriendo o tapando, siempre es un enigma, el ubicuo agujero “gallardoniano”. Y yo, con dos horas de adelanto, para tomar posiciones de la forma más cobarde que pude planear.

Elegí el Unión para evitar que ella se perdiera callejeando por Madrid; había estado varias veces aquí –me dijo- pero siempre con alguien que conocía el terreno, que ejercía de guía, y ya sabes lo que pasa. Salvo el museo, que lo recuerda justo enfrente de la estación, no es capaz de ubicar ni la Puerta del Sol. Desde el “reina” –le dije- es muy fácil llegar, subes la calle Atocha, por la acera de la derecha, unos trescientos metros hasta la esquina de la iglesia con la calle San Sebastian, una vez allí, tuerces a mano derecha y a treinta metros está la plaza y el café. Si te pierdes pregunta -le solté estúpidamente-, pero eso, aquí también, es una lotería – añadí con gracejo -. No te preocupes –zanjó ella con benevolencia- a las siete estaré allí.

Para reconocernos le propuse, en el correo, llevar a la vista el último libro de Ana Pérez –sabía que lo tenía-, con el grabado del corazón en la portada y el orientativo:“usted está aquí”. Además era adecuado por partida doble, ya que, no siendo un superventas, evitaríamos la escena de Buster Keaton en la estación con los claveles identificativos en la solapa.
Nada más entrar al café pude ver a Pablo, en su mesa habitual, en lo que mal aparentaba ser una animada tertulia de sobremesa, estaba con dos mendas que creí no conocer de nada, aunque rápidamente, cuando me acerqué, Pablo me espetó el manido “no recuerdas a mis socios” y yo, por consiguiente, hice el paripé del claro que sí. Sin embargo rehusé, ante Pablo & company, la amable invitación de sumarme al alegre simulacro tertuliano, alegando una ineludible cita de carácter privado, y señalé el maletín que llevaba en la mano; todavía no sé por qué. Tras mi excusa, pude notar nítidamente el alivio iluminando, es un decir, sus rostros. Qué cretinos, nunca lo comprenderé.
Con la tontería ya eran las cinco y cuarto, hice un primer barrido visual y dirigí mis pasos hacía la mesa, afortunadamente exenta de bicho, que previamente había decidido ocupar. Situada estratégicamente de cara a la puerta y con buena visibilidad sobre toda la sala principal. Puse buen cuidado de colocar el libro oculto en el maletín pero lo dejé semiabierto por si finalmente decidía mostrarlo.

Llamé al camarero levantando el brazo y moviendo levemente los dedos: ¡agua! Lo intenté de nuevo acompañando al gesto de un sonoro ¡por favor! y aunque resultaba evidente que me escuchó, él y toda la concurrencia con absoluta claridad, el figurín se hizo el longui y ajustándose el delantal dirigió su proa hacia el reservado para camareros situado al final de la barra. A Pablo, que es famoso por lo dejado que es con el negocio, le bastó una simple mirada con leve fruncido cejíl para que el tolili del mandil en cuestión girara de forma inmediata sobre sí mismo y con suma agilidad, no carente de elegancia e inaudita rapidez se plantara a medio metro de mis narices, con una sonrisita mitad servil y mitad nerviosa. Tuve que reprimirme las ganas de aplaudirle la faena. Era zurdo, observé como le temblaba la mano derecha, con la que apretaba en demasía la pequeña libretilla de las comandas. De la arrogante chulería al servilismo más rastrero, en unos segundos. Le pedí, por favor, un cortado con la leche caliente…cuando puedas -añadí-.
No sé de que coño se queja Pablo, un jueves por la tarde, la música en directo no empieza hasta las diez, y el aforo del café casi completo, las mesas a tope, y en la barra los suplentes esperando; un trasiego constante y la caja registradora con su mantra particular. De allí, de la atestada barra, precisamente procedían las punzantes miradas que sentía sobre mí, exhortándome, es un pensar, a levantar las nalgas y darme el piro de una puta vez.

Desde mi privilegiado minarete había controlado todos los movimientos de entrada y salida del café. Todos, durante las últimas tres horas. Ninguna mujer ni joven ni vieja, ni guapa ni fea, ni alta ni baja, ni sola ni acompañada, tenía el libro a la vista. Pensé que, quizás, también ella había tomado la precaución de no mostrarlo hasta verme a mí con mi libro. Pero rápido lo descarté, porque las pocas mujeres que entraron solas en el café, más pronto que tarde, se encontraron con sus respectivos o respectivas acompañantes. Bolsos, chaquetas, paraguas, periódicos, revistas, algún bastón, incluso una muleta. Ningún libro. Y el único solitario con mesa en sala, yo.
Las diez menos cuarto, los camareros recorren la sala, mesa a mesa, avisando cortésmente del coste y la obligatoriedad de la consumición a partir de las diez, por la actuación en directo, hoy: Tete Montoliu. Lo sentí por el maestro; aboné los tres cafés y el whisky doble. Precio exacto. Me levanté de la silla con el cuerpo dolorido y con el ánimo hecho pedazos. Camino de la salida, un poco aturdido, medio tambaleándome y con la mirada algo perdida, Pablo me salió al paso y me entregó un pequeño sobre cerrado:
- Un “viejete muy trajeao” me pidió que, por favor, te lo entregara cuando marcharas. ¿Algún problema? - preguntó sin ocultar el desinterés-
- Nada grave –creo que acerté a contestar-.



ELOTRO


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