Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La hinchazón.


Poca cosa. Dieta baja en sal y mover el culo una hora, ¡por lo menos!, y procure hacerlo todos los días; me dijo la muy sonriente y campechana joven doctora. Ella sustituía, aquella mañana, al también joven aunque más circunspecto galeno titular. Me han dicho –le solté yo, comiéndomela con la mirada- que el Diente León va muy bien en estos casos. Sí, bueno, -replicó ella sin mirarme- las cosas de las abuelas, pero usted muévase, ande, ande mucho, ya verá como poco a poco deja de retener y se le va la hinchazón.
Camino de la salida y según recorría los pasillos del centro de salud me cruzaba con miradas seriamente averiadas, enfermas, derrotadas, llenas de hastío e incurablemente solitarias. Por contra, mi mente avanzaba como en volandas, ajena a tanto infortunio, en pos de una foto-fija que se había grabado en mi sistema operativo y se negaba a desocupar la pantalla virtual de mi mundo interior.
Mi cochina imaginación se lanzó babeante a fantasear libidinosamente con aquel doctorado y provocador cuerpo, lleno de curvas y revestido de una piel turgente que marcaba ostentosa y obscenamente sus inquietos pezones, caderas y nalgas; todo ello sugerentemente embutido en una  bata blanca que prometía pero no acababa de estallar y que apabullaba ordenando machaconamente: muévase…culo…deje de retener… hinchazón…
-¡Joder, qué calores!
Aquella misma tarde, obediencia debida, moví el culo, lo mejor que pude, hacia el museo. La foto-fija interior seguía allí, pero ya algo desvanecida, baja de resolución. La calorina era de no te menees, pero había que bajar la hinchazón, las dos. Y en los museos otra cosa no, pero hace fresquito. Bueno, en las salas, porque el jardín era una sartén. Pero lo que son las cosas, nada más entrar, a través de la cristalera, pude verla. Estaba en medio de la solanera, hecha un cuatro sobre el banco y como desmayada, era una imagen vítrea, como las de Antoñito, según Albertito,  en Manhattan. Salí al jardín a tocarla con mis pupilas y no, no era un sueño, aunque parecía que ella soñaba.
Inmediatamente me palpé, lo hice a conciencia, pero fatalmente allí sólo había una desmesurada  hinchazón, una vez más, la cámara pixeladora había quedado olvidada en casa. No moví el culo del ardiente banco en toda la tarde, no aparté la mirada, no recuerdo haber pestañeado, en una palabra, no recuerdo nada, ni siquiera cuándo y dónde me sumergí en aquel placentero abismo que acabó deshaciéndose.
Una mano datilera me sacudió el hombro: “Que vamos a cerrá jefe… venga… pa casita”, creo que me dijo uno de los  seguratas, el más porcino de los dos.
Camino a la calle, me sentía más pallá que pacá,  solo entreví gente apresurada despidiéndose y uniformes, muchos uniformes; debía de ser el último visitante. Me descargaron en la puerta, arrastré como pude mis hinchazones y, en la misma acera tomé un taxi. Al llegar a casa, en el portal me crucé, otra fatalidad, con el portero; recién duchado y vestido de bonito posaba el muñeco, y me dijo: don Luis me parece que ha tomado usted demasiado el sol… ¡y sin protección!… no tiene usted buena cara. A quién se le ocurre estar exponiéndose en la calle a estas horas… usted verá… pero ya vamos teniendo una edad… con lo agustito que se está en casa cuando el “Lorenzo” se enseñorea del asfalto…¡Ah!, si yo pudiera…don Luis…
No le dije nada porque no tenía fuerzas ni  ganitas. Subí en el ascensor y al abrir la puerta no le dí importancia al hecho de que cedió con solo media vuelta de llave, el resbalón. Completamente derrotado, y con media cara, la calva y los brazos quemados, me senté delante del ordenador, que inexplicablemente estaba encendido: en la pantalla brillaba una foto pixelada; no era un sueño, aunque parecía que soñaba.


ELOTRO


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