martes, 23 de agosto de 2011

Un lío contado en tres porciones / ELOTRO





Un lío contado en tres porciones


A modo de aviso o advertencia:
Es más que posible que en este pretendidamente  libidinoso relato no encuentre, el avisado lector, ningún remoto relente de las Mil y una noches, ni de ninguna obra literaria que merezca este calificativo …pero la ausencia de valores literarios no debería, al fin y al cabo, desanimarle de la lectura…aquí, por el contrario,  le proponemos un juego donde conocerá el desaforado encuentro carnal entre un joven bastante insolente, cándido,  fanfarrón, obstinado y algo soez, fatuo y vanidoso y una mujer a medias candorosamente infantil y descaradamente libertina, que, por su parte, había ascendido de la condición más baja hasta convertirse, por mor de su gran afición, entrega y destreza, en una meretriz de lujo y lo que es más infrecuente, en contadas ocasiones, económicamente desinteresada…
No negarán que los protagonistas y el argumento de la trama resultan enormemente atractivos y novedosos. Pero, dejémonos de innecesarias coartadas intelectualoides y  no sigamos mareando la perdiz; manden a los niños con las niñas a la cama y ustedes dispónganse cómodamente a disfrutar de este inocente sucedáneo…



I

Durante semanas mis lúbricos deseos no hallaron eco en sus dormidos, y como luego pude comprobar, pecosos pechos…quizá demasiado insistente, mis súplicas rebotaban de continuo contra el impasible frontón de su  fría e imperturbable indiferencia que repetidamente se manifestaba ante mi envuelta, además, en el más helador desdén. Se vieron, una y otra vez, cruelmente  arrumbados mis más ardientes anhelos. No hace falta más, como decía aquel, para inducir a un hombre a abandonar la más anhelada de las causas.
Pero, caprichos del narrador, se descorrieron las sombras…cuando más negra era la indumenta del túnel de mi melodramática vida, y tal y como suele ocurrir a menudo en las muy oblongas novelas decimonónicas, y aunque a día de hoy no hay acuerdo sobre cuál pudo ser la razón; sin venir a cuento un día, apareció sobre el horizonte un pequeño círculo de luz, un luminoso y prometedor punto de fuga. De modo que éste, creció y creció y no paró de dilatarse… Así que, cuando recibí por fin su mensaje, me provocó un gran estremecimiento de felicidad y me planté, bien que grandemente aturdido por lo inesperado de su reclamo, convulso y expectante ante la hoja del almanaque del día señalado.
La luz risueña de aquella hermosa mañana de agosto, ¡oh, algodonal luz faulkneriana! prestó graciosamente su brillo vítreo a los innumerables, privilegiados y mudos testigos que barrocamente ornaban, como buenamente podían, su atestada alcoba, (ese lugar mítico donde comúnmente se dice que reside el imperio del deseo…por otro lado, es de justicia resaltar, que, a pesar de encontrarse la estancia severamente reñida con la elegancia, se reveló mucho menos fría e impersonal que el típico meublé)… las cortinas espesas y las alfombras de falso estilo oriental, los cuadros de ninfas, las butacas, los ostentosos candelabros,  las vitrinas llenas de abalorios, varios abanicos de plumas y una decrépita y polvorienta iguana disecada, las sillas y los sofás de raído peluche rojo, la cama adoselada con encajes marchitos…
”Si tanto lo desea”, me había escrito la muy zalamera, “acuda usted, convenientemente equipado, a mis aposentos, mañana a las diez en punto. Sea, se lo imploro, puntual.”; tal que así sonaba el firme ruego de la linda, y bien hecha aunque un poco rolliza, doncellita. De modo y manera que, como no vi la ventaja de quedarme quieto en espera, me dispuse, cagando leches, a cumplir con los requisitos señalados. Con casi quince minutos de retraso llegué alborozado ante su puerta…de punta en blanco (por un modesto estipendio) y con el semblante algo demudado y también bastante sudado y nervioso, y muy ansioso y casi sin resuello. Llamé y nada; llamé y nada; llamé y abrió.
“¡Qué suerte es hacerse desear tanto!”–observó zumbonamente…
A renglón seguido, sonrió malévola y de corrido, invitóme a penetrar, obsequiosamente, a su enigmático sancta sanctorum…




II
Una vez dentro del antes inexpugnable recinto, se sucedieron atropelladamente y en el más caótico de los órdenes los más inesperados y delirantes acontecimientos… a un ritmo tan vertiginoso como  mareante y desbocado…en esas, quiero decir: en medio del más desquiciado despendole, la tierna princesita me espetó, mientras aún nos despojábamos apresuradamente de la ya superflua vestimenta, “si no convenía con ella que debíamos hacer un esfuerzo por animarnos”…así me gusta, pensé, aventando la lujuria desde el principio del comienzo: ¡atizando el fuego!…formulada presurosamente la petición y aceptado el reto con la misma celeridad…despojóse, la codiciada nínfula, completamente de sus remilgos en un rapidísimo abrir y cerrar de ojos…menuda pieza estaba hecha la mosquita muerta…no perdió tiempo en lánguidos pestañeos y dio comienzo el alboroto: abrió, la vivaracha hembra, el arco de sus piernas, por grados casi imperceptibles, hasta que el espacio liberado fue bastante para que en un futuro presumiblemente inmediato pudiese pasar, gozosamente, lo que tuviese que pasar, ya fueran pitos o flautas… en cumplida respuesta, mi cada vez más impaciente y robusto ariete, alentado por aquella magistral maniobra se puso como un tomate, en lo que a la color se refiere…”¡Oh, querido!” –exclamó ella en tono jaranero al percatarse, “¿Qué vamos a hacer si continúa hinchándose de ese modo?”…agitada pero feliz, estaba más ardiente que nunca, destacaban en su cara unos pómulos salientes y un par de ojos vivaces y delicados del color de la almendra y parecidos a los de una víbora (no hay motivo para callar que bizqueaba del izquierdo)…y, más abajo, dos tetas duras y puntiagudas… y unos hoyuelos tirando a rosados y unos procaces y perfilados labios, que dibujaron la más pícara de las sonrisillas antes de proseguir…
”Sea pues, aquí tiene usted, señor mío: estoy completa; entre cuando quiera.” declamó de un tirón la muy cachondona ante mis más que atónitos oídos y tras la trastornadora exhibición sin tapujos de su pubis oscuro, velludo, húmedo y salinamente fragante; debo reconocer que tardé un poco en hacerme cargo de la incendiaria situación… y no suficientemente contenta, la otrora mojigata moza, con el perturbador ofrecimiento y coronando el colmo de la más zafia muestra de plebeyez, sorbióse ruidosamente los mocos y, sin ningún rubor, batió palmas y frotóse las regordetas manitas con suma satisfacción… justo es reconocer, amable lector, que de seguido pude comprobar gratamente, por activa y por pasiva, que en lo que a técnicas amatorias se refiere, no era hembra de poco seso…estaba la tunantilla, recuerden que de esa guisa la dejamos unas líneas más arriba, cómodamente repantingada y con su lindo culito sobre un sillón de mullido asiento,(cuyo estilo lamento no recordar aunque sí puedo afirmar que no era de ningún Luis número romano-tal) con los curvilíneos y firmes muslos, digo, acrobáticamente abiertos, con las manos tensadas marcando un estilismo a lo Van Dick o quizás a lo Valdés Leal, apoyadas en las rodillas, completamente desnuda: solo un collar de perlas baratas pero resultonas rodeaba su garganta… y, por si las dudas, manifestando expresivamente y sin ningún recato en su ávida faz, el más intenso y desatado deseo; estuvo(estuve),impelido por la excitación que le llevó al límite del sentido, a poco más de un pelo de chocho de prosternarse ante ella, exclamar su incondicional veneración y ponerle unas velitas; añadamos aquí que la pérfida brujilla producía, además, un ruido extraño, que, sin ser gemido, ni gruñido, ni resoplido, ni aullido, participaba, a la verdad, de esas cuatro formas…




En esas acercóse él, (o sea yo, permítanseme las oscilantes e incoherentes licencias poéticas)en actitud oferente hacia su codiciada boca, abriendo camino con el miembro rotundamente erecto y portador de  unas calenturas que le hacían hervir, bien que muy alegremente, en sus nervaduras, aunque también mostraba ya signos de impaciencia por dar candela… deseaba ardientemente fundirse con ese fogoso cuerpo penetrándolo hasta las entrañas…después de hacer un pequeño mohín, abalanzóse entonces la impúdica marisabidilla sobre la verga, aparecía esta, cada vez más teñida de rojo reventón en su punta y emanando el consiguiente hedor de lo real; a la contraria, le pareció muy mona y la besó con ternura…acto seguido se arrodilló con jovial desenvoltura y recogió mi sexo en su boca, apretó con fuerza las colgantes pelotas y cumplimentó modélicamente una rápida y exploratoria lamida a base de sumarios y metódicos lengüetazos, lo agitó después furiosamente asiéndolo en juguetona alternancia con ambas manitas, lo volvió a degustar ensalivando pacientemente todos sus recovecos con indisimulado  deleite, lo chupeteó y rechupeteó sin dar muestras de empacho y cuantas veces se le puso en el coño, y todo ello con un vigor extraordinario y una inusitada voluptuosidad que a ratos resultó severamente sobrecogedora…fue entonces cuando el desdichado mozo(ya me entienden),sin previo aviso y probablemente víctima de un pasajero ataque de enajenación, tuvo la caprichosa y provocadora ocurrencia de hacerse con los mandos y…a renglón seguido sacó bruscamente su pilila de la cariñosa boquita que la cobijaba, aún a pesar de no tener queja alguna del trato recibido… y arrojóle por sorpresa y de forma poco piadosa, acertando el muy canalla sobre la brillante peca artificial de su mejilla izquierda, lo que fue el primer chorro del viscoso líquido, y salpicó, al tiempo, el hermoso busto y algunos tirabuzones pajizos que adornaban su cabello… ella, claramente desconcertada y justamente indignada con la inadvertida y unilateral maniobra, se puso blanca, le lanzó una asesina mirada entrecruzada a los cuatro rincones del cielo y que, por mor de las entonces concurrentes circunstancias, acabó solo en advertencia implícitamente reprobatoria y severo aviso de: “por la cuenta que te trae, nene, ni una más…”





No tardó nuestra ama, visiblemente recuperada, en hacerse de nuevo, gracias a un inesperado golpe de mano,(¡el relevo de la guardia!) con el control del manubrio surtidor, se lo acomodó de nuevo en el cubículo bucal, comprimiéndolo benévolamente con los labios y ajustándolo hasta el pomo por un lado y la mismísima campanilla gargantil por el otro, donde ciertamente pudo notar, al punto, y mientras su loca cabecita era firmemente sujetada, a manera de asas,  por las mismísimas orejitas, el calor pegajoso del segundo golpe eyaculatorio que, dicho sea de paso y quizás por un pequeño problema de ruta en el trasiego seminal, (nutrición y placer) estuvo a punto de provocarle una, a todas luces, inoportuna vomitona que, afortunadamente, quedó limitada a unas breves y espasmódicas arcadas; anótese que aquel pequeño contratiempo no consiguió hacer flaquear el férreo control que ejercían  sus pequeñas y benévolas manitas sobre presa tan comprobadamente apetitosa… a continuación, en un despliegue brillante de destreza física y estrategia de ocupación y sin mediar siquiera una palabra, (bendita elocuencia del silencio) súbitamente ejecutó un audaz y certero salto para terminar exactamente clavada sobre el enhiesto émbolo, (es decir, mi picha) a horcajadas… y encontrándose bien ensartada, cabalgólo frenéticamente…él no se resistió… era como si la hubieran dado cuerda, cimbreando enérgica y melodiosamente el talle sin poder contener su alegría…y así siguió durante lo que pudo estimarse sin exagerar como un tiempo record… fue un incansable y monorrítmico galope… al tiempo,  sus deditos oprimían de vez en cuando y con evidente entusiasmo la punta de sus delicados pezones, mientras que, estremecida, profirió algunas vindicativas blasfemias…
Fue entonces cuando visiblemente mermadas las fuerzas de los heroicos batallantes, en este caso en mayor medida las de la tenaz amazona (debido sin duda ala tan desmedida vehemencia y las propias limitaciones inherentes a la naturaleza humana)…ella culminó la brillante faena con un salvaje y atronador aullido y resopló de puro gustito, vencida y complacida por tanta dicha…detúvose por fin para tomar aliento…propósito que él (yo) también de buen grado se dispuso a cumplir…no sin antes lanzarse desaforadamente a dar tres vehementes vivas acompañados del mismo número de agudos silbidos…algo, por otra parte, nada raro en el habitual proceder del muy rústico y más que  vanidoso mancebo.



III
Créanme, compusieron un bello y regocijado espectáculo: sublime resultó el lento y desmadejado ensortijarse de los jóvenes cuerpos, casi exhaustos y profusamente perlados de sudor…las miradas ardientes que se clavaban en los entumecidos miembros y denotaban la plenitud de su júbilo…el perfume entreverado de sudor y semen que flotaba en el aire y velaba las tibias ensoñaciones…la contagiosa quietud de la luz irisada que anillaba los miembros y delimitaba el escenario en las más íntimas y suaves zonas de sus cuerpos, demorándose en su orografía desleída y dulzona…
¡Era tan bello todo; Pecadores, sí, y de qué manera; a mí me lo van a contar…y, escasos minutos después y como era fácil de prever, apenas hubieron tocado tierra fueron plenamente recobradas las fuerzas… aunque parecían haber resuelto ensayar un poco de abstinencia…nada de eso…

Sin deseos ni fuerzas para escapar del subyugamiento…la ansiada reanudación no se hizo esperar…la sala de máquinas se puso de nuevo en funcionamiento, entre forjas y altos hornos, los pistones volvían a funcionar al máximo rendimiento y también las turbinas, calderas y motores en cadencias infernales…se avivó prontamente el ardor y de manera inevitable retomaron el amoroso lío…Los jóvenes cedieron por entero a sus respectivos caprichos…a pedido de la fogosa princesa pusieron en práctica el arte de su abrumadora polivalencia y se entregaron a toda clase de tórridos desenfrenos de una forma agónica…ninguna parte regateó la ayuda para calmar y alimentar la ingobernable calentura del contrario hasta saciar su sed… se trataba, para ambos prisioneros,  de bailar y no parar hasta reventar…echáronse los posesivos brazos al cuello, abrasarónse con inmoderada violencia y besarónse con ciega furia…de sopetón, copularon sin desmayo en más de media docena de posturas improvisadas, y cualesquiera de ellas terminaba por dibujarles el contento y la beatitud en el rostro…ora él consumaba, produciendo un suave rechinar, sus impetuosas embestidas a toda prisa…ora ella moderaba su marcha a la más  aristocrática lentitud…la agitación más voraz se adueñaba de manos y bocas que de todo hacían caprichoso acopio…Ahora mi índice, untado de foiegras, se introducía en su ano y desencadenaba su más inconfesable éxtasis envuelto en un vaporoso olor fecal…Ahora me inclinaba, para que se refocilara su ánimo, como por hacerle cosquillas, y se las hacía en el ombliguito… en seguida le acariciaba y le besaba el tierno vientre…temblaban y resonaban en el juego de espejos el tormento de los besos y los sordos chupetones, y por doquier estallaban los  gemidos y rodaban y se engarzaban bien enroscados los cuerpos jadeantes en entregado abandono…las húmedas sábanas dibujaban surcos laberínticos hacia otros universos…por fin se revelaron signos de capitulación en la  joven pareja… y el sueño sin tardar se cobró su victoria… y los fatigados y desvalidos amantes, como cumpliendo un ancestral ritual melancólico, parecían deshojarse inermes en una suerte de plácida caída, como en cámara lenta, abducidos por un oscuro abismo evanescente…

ELOTRO

Aviso: Este relato está hilvanado con la técnica del collage. Los autores involuntarios de las distantes partes se hacen llamar: Charles Dickens, Pere Gimferrer y ELOTRO y alguno más que no recuerdo. Ahora bien, el único irresponsable, de cara a la Santa Inquisición, de este completo estropicio es él, es decir, yo.


(las ilustraciones son obra de GIL)


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