Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 28 de agosto de 2011

La desgana delata.



Parece que el cielo se está nublando y la tarde se oscurece. Espero que no acabe lloviendo, hoy no traje el paraguas. Quedan todavía 15 minutos para la salida de la oficina. Esta tarde ya he pasado en dos ocasiones al servicio: somero repasito visual y retoque de pelo y corbata. Maldonado también lo ha visitado, varias veces; hoy, se suma a las representaciones en la estación. Con Julia, su novia de siempre. Se le ve al chaval con ganas,  impaciente. Son jóvenes, es su primera vez. Recuerdo que al principio me podía la  ansiedad, también yo me ponía nervioso desde las horas previas, ahora ya no; Durante demasiado tiempo, han sido las mismas escenas las que se repiten monótonamente sobre las mismas vías; los mismos trenes van y vienen, los horarios, que no varían, no se cumplen, las expectativas, sin embargo, sí. Nunca se rompe la norma. No hay lugar a sorpresas.
Creo que  Alicia también empieza a cansarse y le pesa ésta rutina, el rumbo fijo, inalterable, la imposibilidad de  viajar más allá, lo quimérico del cambio de agujas. Lo percibo en ciertos detalles, se nota, por ejemplo, en la pequeña huella de fastidio que ha encontrado cobijo en su mirada y también, en sus indolentes besos, ahora blandos, áridos, cansados, y en los abrazos, donde ya no aparece la tensión, ni el nervio, ni el pulso tembloroso; no existe la emoción del feliz reencuentro, ni el desgarro de la triste despedida, como si ya no pudiera creer en su papel. Con esas trazas, su desgana nos delata.
Llevo pensándolo un tiempo largo y, si se tercia, hoy mismo voy a proponerle que, por una temporada, abandonemos la representación. Y retornar juntos al precario y desalentador amparo que ofrece  la penumbra del portal. Sin duda es un paso atrás y un riesgo, ya lo sé, pero, ¿qué hacer?, no veo otra manera de recuperar a Alicia; la de antes, aquella  chica pecosa y con trenzas que no se arredraba ante nada, que jamás deponía la risa, a ella y a las ganas, y a las ilusiones y a los sueños extraviados…
Quizás tras una temporada de retiro, estirando más si cabe  la austeridad, el aislamiento y en consecuencia, acumulando más hambre de vivir, podamos volver con renovadas fuerzas y recobrar aquel tono vital, que era nuestro y sin saber cómo nos fue arrebatado, y el nervio, la fuerza y la calidez que caracteriza a nuestros papeles en la obra; y también, por qué no, rebrotar los anhelos que nos birló, no hace tanto, esta miserable vida; de esa manera, pienso, es posible que aportemos algo de verosimilitud, que otra cosa no,  a esa deprimente mascarada de  la estación…

Me lo temía… las primeras gotas…espera Maldonado, no corras… te mojas más.


ELOTRO

(Contaba Rafael Azcona, que en los años cincuenta, existía la costumbre entre las parejas de novios de buscar desahogo abrazándose y besándose en las estaciones de tren o autobús, escenificando voluntariosos y ficticios encuentros y despedidas. Allí, representando esa inocente  farsa, evitaban el severo reproche, la amonestación e incluso la denuncia con multa económica de la puritana autoridad franquista. Allí, confundidos entre los viajeros de la realidad.)



(Este relato ha sido levemente corregido y ampliado. Fue publicado anteriormente en el blog “Escomberoides”)


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