Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 18 de agosto de 2016

Por el gusto de pensar…





“La sociedad no se compone de individuos; expresa la suma de los vínculos y las relaciones en que están insertos los individuos”
(Karl Marx, “Grundisse”)


Acabo de fregar los cacharros del desayuno y me he puesto inmediatamente a escribir estos apuntes. Inmediatamente porque mi cabeza no para de dar vueltas como un trompo sobre el asunto del gusto. Cogitaciones que me producen mareos, vértigos, por fijénse que tontería: el gusto. La chispa que ha incendiado esta “praderita” ha sido un librito sobre el sociólogo francés Pierre Bourdieu (Sí, ya sé que es un autor importantísimo –bueno esto ya lo matizamos en otra ocasión- y que una vez más llego tarde pero…), que por cierto tiene una obra titulada “El sentido social del gusto”. Obra que también por cierto tengo en la salita de espera del ebook. Ahí puede estar.

El caso es que en mi mollera la palabra gusto no deja de ejercer una atracción magnética, parece que  irresistible, sobre sí misma pero ya estratégicamente inserta en diversos enunciados. Sin ir más lejos: “Es solo rock and roll pero me gusta”. O, “Por el gusto de charlar” o la “sartriana”: “Follo por el gusto de conocer gente”. O esta mentira grande, “Sobre gustos no hay nada escrito”. Digo yo que será que no hay nada leído… aunque la mayoría de los lectores declaran, en las encuestas o entrevistas “sociológicas”, que leen por el gusto de leer lo que les gusta




¿Nuestros gustos o nuestros juicios? ¿El gusto es el resultado de un juicio? Puedo gustar de algo que no he enjuiciado, porque no he podido o no he querido, previamente. Por lo tanto no todo gusto está necesariamente sujeto a un juicio precedente. Y siendo así, ¿El gusto, subjetivo y social, es innato o de dónde viene, cómo se construye y reproduce? Deberíamos de hacer (Por gusto o por desvelar lo oculto) una lista, con dos columnas gusto/juicio, de las cosas que hacemos por “puro” gusto o no, si es que tal pureza existe en ambas columnas. ¿Es el gusto personal un mito que la hegemonía cultural nos ha inculcado? ¿Elegir entre un menú previamente limitado por el “establecimiento”, es expresar el puro gusto personal o un juicio predeterminado? ¿Es el sucio juicio crítico el aguafiestas del puro gusto? ¿Son antagónicos el juicio y el gusto? ¿Acaso tanto el juicio como el gusto, y a la vista de los resultados, no han dado prueba de su profunda ignorancia sobre las gentes, las conductas y las cosas convenientes y contraproducentes?

Es pecado y engorda, pero me gusta. Ahí lo tienen, el juicio vencido por el gusto, ¿o por la otra cara del juicio?  ¿será el gusto un juicio camuflado de gusto? Desde luego, en el “campo” de la cultura simbólica, tiene mejor prensa abandonarse al gusto que someterse al juicio… y, ahora que lo pienso, que pillines estos sabios opinólogos del Sistema. Así que al gusto lo llaman gusto y lo llaman juicio, según convenga. De tal manera que construyen una contradicción “inexistente” en la realidad, escenifican un conflicto “amañado”, que sólo existe, en apariencia, es decir, dentro del “campo” de la cultura simbólica. ¿Existe la cultura simbólica?




Y aquí dejo un párrafo del librito sobre Bourdie y el capital simbólico de Cecilia Flachsland:
“La violencia simbólica se ejerce con la complicidad del dominado, que no la percibe como tal, a diferencia de la violencia física o la ejercida por formas de coacción mecánica. Construye el mecanismo principal de reproducción social, el medio más poderoso del mantenimiento del orden”.

-Ahora, me pregunto, va a resultar que cuando ejercito mi derecho a hacer lo que me gusta estoy colaborando al mantenimiento del orden establecido, ¿y cuando hago lo que no me gusta?

-Pues también. Es lo que tiene el gusto personal (social): que, como tal enunciado significante, sólo existe en tu mente. Me respondo. ¿Un buen chasco?

“La desgracia de la sociología –afirma Bourdieu- es que descubre lo arbitrario y la continencia allí donde se quiere ver la necesidad o la naturaleza; y descubre la necesidad y la coacción social allí donde se querría ver la elección y el libre arbitrio”.

Y el caso es que se habla, hablan ellos que para eso son los dueños de los medios de producción y difusión masiva, del gusto como algo natural e íntimo, personal e intransferible, neutral, sin dimensión histórica, como surgido por mero accidente y desprovisto de “ideología” y de connotaciones políticas y exento de subordinación a cualquier jerarquía de valores morales y culturales (por supuesto por encima de eso que la chusma subversiva llama el motor de la historia: la lucha de clases). Y lo llaman buen gusto, al suyo. Claro. Como si el gusto se creara por generación espontánea y no formara parte del complejo entramado de la hegemonía cultural vigente (porque tanto el gusto como los criterios y razones que dan base a la capacidad, sea la que sea, de enjuiciamiento, son productos históricos y no meteoritos caídos accidentalmente del cielo) y, precisamente, en el campo de la ideología, de los hábitos, de las tradiciones, de los valores convencionales que sustentan el omnipotente “sentido común”.




Hoy mismo leo en la prensa que Balenciaga, la casa de alta costura parisina, ha puesto a la venta unos bolsos con diseño completamente calcado (ellos no piratean), se muestran las imágenes de ambos productos, de las bolsas de la compra de no se qué país de extremo oriente. El precio de la bolsa original, dice el pie de foto, es de 2 euros; el “producto” Balenciaga marca un PVP de 2.200 euros. Tal es el exclusivo buen gusto (no olviden que es de muy mal gusto hablar de dinero en presencia de sus grandes poseedores), que cantan los eslóganes, del “mercado del lujo”, y sólo al alcance de exclusivos niveles adquisitivos… y de buen gusto sustentado en su valor de cambio, que no de uso: ”aristocratismo consumista”, podríamos llamarlo.

Démonos el gusto de anotar alguna otra extrapolación “factible”: La mayoría de la gente, si es que esa “cosa” existe, ¿vota por gusto o por juicio? No digo sólo el hecho de votar sino la elección concreta que realiza mediante su voto. Recuerdo comentarios entre gente no especialmente imbécil y ya destetada desde hacía décadas, argumentando sobre las opciones Suárez –franquista de toda la vida- y González –pelele de la CIA recién fichado- (UCD o PSOE) en términos de gustos estéticos (la ropa, el peinado, en fin, el look…), de belleza física, incluso de “carisma” sexual. No todo va a ser juzgar. Aunque cuando dejan de lado su peculiar gusto y  se ponen a conceptuar, valorar y por fin utilizar el juicio fundamentado, acaban rendidos ante los encantos de Bertín Osborne o, en su caso, de Ismael Serrano. En fin en fin. (Podría haber nombrado, y quizás con mucha más justificación, a Bruce Springsteen y Los Rolling Stones, pero entonces “la mayoría de los listos” no hubiesen pillado, digo con el mismo gusto, el sesudo chiste. Si lo desean pueden informarse sobre el apoyo de Bruce a la psicópata Clinton o el pelotazo millonario de los Rollings en, pero no precisamente a costa, de Cuba. Entre mil ejemplos más que quizás les puedan ayudar a desandar algunos juicios poco juiciosos o gustos devenidos como manifiestamente contraproducentes).



Es lógico que a la gente no le guste razonar “en contra de todo lo que le han enseñado”. Quién o quienes y dónde es un enigma que  a nadie parece inquietar, por muy presente que puedan tener sus relaciones familiares, laborales y sociales o su paso por las instituciones educativas y formativas. Cansa, es lógico,  esto de tanto cuestionar e interrogarse a sí mismo: no es plato de (buen) gusto. Y el caso es que eso de “desnudar los mitos”, que no digo abolir, puede que acabe produciendo cierto espurio  gustirrinín… y no necesariamente por la misma pudibunda lógica.

En 1989, Francis Fukuyama, funcionario del Departamento de Estado, se dio el gusto de decretar “El fin de la historia”, en un libro que llevaba exactamente ese mismo título. Y concluía que una vez acabada la historia las luchas sociales ya no tenían sentido. Y se quedó tan a gusto con su juicio. La historia se ve que no tuvo noticias de él, o no lo leyó o si lo leyó no lo entendió… vaya usted a saber.

El caso es que esa es, para la gente de mal gusto y rencoroso juicio como nosotros, una buena y saludable noticia histórica, “piensen lo que piensen los conservadores neoliberales auto-apodados posmodernos”.

Por cierto, amigo lector, el gusto es mío.
O tampoco?

ELOTRO


“La civilización y la justicia del orden burgués se muestran en su aterradora claridad siempre que los esclavos y los oprimidos de este orden se alzan contra sus dueños; entonces esta civilización y esta justicia se presenta como barbarie sin disfraz y como venganza sin ley”

(Karl Marx)



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jueves, 11 de agosto de 2016

Reformistas versus ultraizquierdistas




 “Marx no cree que la inevitabilidad del socialismo signifique que PODEMOS quedarnos todos tranquilamente en la cama”
 “Si fuera así, ¿a santo de qué iba a apremiarnos con la necesidad de emprender y proseguir la lucha política?
(T. Eagleton)


Digamos, digo, que entendemos por reformista a aquel que piensa (y de camino actúa) que lo que hay, en este caso la sociedad capitalista, su modo de producción, sus consecuentes relaciones sociales, su hegemonía jurídica, política, ideológica y cultural… es la única o, en su caso consienten en llamarla: la mejor alternativa “realmente existente”.  Aunque eso sí,  no olvidan añadir que mejorable en ciertas facetas, por supuesto siempre dentro de un orden, su orden,  “el realmente existente” y  además siempre y cuando la cosa se haga de forma gradual y pacífica y, por lo tanto, un necesario, insoslayable y determinate punto de partida (y para ellos meta) político, social y cultural; una buena base en esencia eficaz, sana y robusta, conservable, sin negar que, con el inevitable transcurrir del tiempo y el deseable “progreso” general, pueda devenir  ocasionalmente reformable, la obsolescencia programada o no, en algún puntual aspecto parcial y no principal del Sistema (por supuesto, quede esto claro y por eso repetimos: nunca sustantivo: propiedad privada de los medios de producción, subordinación del trabajo al capital…, en determinadas  formas y aristas digamos más incómodas de llevar moralmente, por la fracción más progresista, ya sé que es un mal decir, de la ominosa clase dominante, opresora y explotadora. Pero eso sí, los reformistas  juran y prometen en cada ocasión que les parece propicia, que son sinceros partidarios del CAMBIO. Así, sin más concreción. Que en el caso de los reformistas siempre acaba siendo, tenía que aparecer: “gatopardiana”. Ya saben.

Bien, espero sepan disculpar este largo introito del que tambien espero, ya me ocupo, que no de paso a ningún sermón. Como prólogo me parecía necesario para pasar a explicar la acepción dominante del término que el titular situa en contra: “ultraizquierda”. El ultraizquierdismo es “una enfermedad infantil del comunismo” escribió Lenin en su interesante librito de 1920. Y como era su dialéctica costumbre analizó y argumentó en concreto, en el contexto histórico concreto. La concreción, dijo Lenin parafraseando a Marx, es el carácter esencial de la verdad. Siendo así, la verdad siempre es revolucionaria.  Aunque duela.

Recordemos que el “ultraizquierdista” ha “sustituido” al revolucionario marxista que  Rosa Luxemburgo contraponía al reformista socialdemócrata. El revolucionario, a diferencia del ultraizquierdista, no sólo tiene una meta, la revolución, sino que procura marcarse unos claros y verosímiles objetivos intermedios, jalones en la lucha de clases que le lleven hasta ella. Lo nuevo nace de lo viejo y en lo viejo, que decía Manuel Sacristán. De tal modo que hay que mancharse las manos luchando en y contra las instuciones y organizaciones del estado burgués. Y si hay que comenzar por “reformas” en la lucha sindical y política, ningún problema, siempre y cuando el camino, ora recto ora en zig-zag, tenga como única e insustituible meta la abolición del sistema capitalista de explotación. Lejos de los planteamientos puristas del izquierdismo que, como decía aquel: “Termina así por ser tan impoluto como impotente”. O sea, objetivamente otra versión de las fuerzas de la  “Reforma”.





El caso es que en la ya vieja controversia entre reforma y revolución, a día de hoy en esencia no ha cambiado nada y sin embargo  en apariencia ha cambiado todo. Por eso mismo sigue siendo tan vigente el inolvidable librito de Rosa Luxemburgo, “Reforma o revolución”, escrito en 1900 y la paliza que en él  propina a las contrarrevolucionarias posiciones de la socialdemocracia alemana en la figura de Eduard Bernstein. Una pequeña muestra: “la reforma y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el polo norte y el polo sur, o la burguesía y el proletariado”.

Desde entonces cada una de las partes (ojo al CAMBIO, que no “son” las mismas, ya que los revolucionarios han sido sustituidos por los “ultraizquierdistas” o “radicales” o “subversivos” o “terroristas”, según los casos) en disputa ha ido introduciendo, o embutiendo sin miramientos más bien, a su propia conveniencia y oportunidad  sucedáneos de variantes argumentales,  que en la mayoría de los casos no pasan de ser cambios cosméticos que sólo buscan oscurecer o enturbiar las aguas (¿Para que uno se pierda en ellas?) de lo que debiera ser un debate esclarecedor. ¿Pero a quién le interesan los debates esclarecedores? Desde luego no a los patrocinadores de la “Reforma”, digo a la ideología contante, sonante y  dominante de la clase, mire usted por donde, también dominante que se encuentra  plenamente satisfecha, digo cuando se explayan en privado, con el orden “realmente existente” que reina “democráticamente” en las mentes, si así se las puede llamar visto su alarmante estado vegetativo, de los componentes de la mayoría social y silenciosa, o sea, de la sumisa militancia del “sentido común” hegemónico. Ya no quedan, “media” mediante, seres pensantes normales y corrientes, digo por cuenta propia.

Y ahí llegamos al meollo del asunto que pretendo destacar en este apunte. Los significantes “realmente vigentes” del sentido común hegemónico. Sin ir más lejos el de la manoseada y desteñida palabra “CAMBIO”. Palabra a la que curiosamente tampoco le hace ascos desde el otro supuesto bando, el llamado “ultraizquierdismo”. Claro que en su caso desde su muy particular noción de “CAMBIO”. Los españolitos atentos pueden comprobar cómo se ha abusado de la susodicha palabreja en nuestra reciente historia, digamos desde la última restauración borbónica: PP, PPSOE, Ciudadanos, PODEMOS, por citar a los más actuales han utilizado el mágico significante “CAMBIO”, en sus campañas electorales. Y un dato más, el eslogan del desaparecido PTE fue: “El partido para cambiar las cosas”. Recuerden a Marx:

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo (CAMBIARLO).





En fin en fin. La palabra “CAMBIO”, su prostituido significante, ha sido, no sólo en España, un valioso y rentable fetiche electoral, en manos de todos los partidos políticos del Sistema. Cada uno ha pintado (rojo, azul, naranja, morado) y disfrazado el suyo con matices diferenciales que, dentro del ineludible orden, les permitan ser mínimamente distiguidos por sus respectivos y fieles parroquianos. En definitiva, toda organización reformista está convencida, otra cosa es el escaparate, de que el “CAMBIO” auténtico, radical, de raíz, es imposible e innecesario y de todas todas, para ellos tan bien instalados, indeseable: Así se expresan y justifican por “El hecho de que seamos criaturas egoístas, codiciosas, agresivas y competitivas por naturaleza, y que ni las más elevadas dosis de ingeniería social puedan alterar esa realidad…” ¡¡Así que por naturaleza somos todos capitalistas!!

Pero de lo que se trata, en el “mercado electoral”, es de vender futuro, o sea humo, un futuro que, esa es la promesa coral e incesantemente incumplida, mejore el manifiestamente mejorable presente, es decir, que incorpore “EL CAMBIO”, el de nunca llegar.


ELOTRO

Dices tú desde dentro:
“La sustancia de una institución es el principio político,
‘ético-jurídico’, de su contenido de clase”

(Antonio Gramsci)



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jueves, 4 de agosto de 2016

Fredric Jameson: El desempleo, una lectura de “EL CAPITAL”




«Cada enunciado que tenemos por verdadero, es conocido o bien por medio de la experiencia o en razón de su significado. No hay más fuentes de conocimiento que el dato de los sentidos o el significado que le damos al enunciado»
(Gottlob Frege)

Lo primero es reconocer que este post que comparto gustosamente con todos los lectores del blog, es un pastiche un tanto anárquico, espero que sólo en su disposición, compuesto de citas, subrayados y párrafos  del libro de Jameson más el relleno de algunas otras involuntarias aportaciones y las acostumbradas apostillas propias realizadas estas últimas con mayor o menor tino pero con la mejor de las intenciones: alambicar pensamientos, ideas, conceptos. Por ello es fácil comprobar que no se trata de un texto fluido,  como si de una reseña peridística al uso se tratara, que permita una lectura sin saltos estilísticos, vaivenes rítmicos o interrupciones y paradas para consultar el mapa… o la brújula.

El objetivo es el de siempre:  fijar ideas o conceptos que uno captura en el transcurso más o menos accidentado de  la lectura y sobre los que en un principio pretende volver, insistir, repasar. Leer al mismo tiempo, intercalando intermitentemente, ‘El Capital’ de Marx y algunas obras, como esta de Jameson, que proponen su propia lectura, nada complaciente, o contralectura (nada que ver con un contra-manual de instrucciones), más de 130 años después de la primera edición de esa pieza capital del pensamiento marxista, no deja de ser una manera curiosa y hasta a ratos relajante y divertida, al menos así ha sido para quien esto transcribe, de recorrer siglo y medio de historia, en todos sus ámbitos, de las sociedades humanas, y simultáneamente de la propia trayectoria del marxismo, o más bien siendo precisos ‘los marxismos’, en paralelo con ese dado discurrir histórico (“EL CAPITAL: Una mera tentativa metafórica de transmitir las complejidades de lo puramente económico”).




A toro pasado se puede ver, claro que hacen falta unos mínimos conocimientos, con calma y claridad qué partes de la obra de Marx han podido quedar caducas u obsoletas (no hay que  escandalizarse por ello, tanto  Marx como Engels escribieron un prólogo para una edición del ‘Manifiesto comunista” veinte años después de su primera publicación en 1848, en el que, con absoluta y despreocupada franqueza, ya constataban que ciertas partes de su “documento histórico” habían caducado, repito, sólo dos décadas más tarde, bien es verdad que ninguna de ellas fueron consideradas por los propios autores como esenciales en el contenido integral. Y no podemos ignorar que en el “Manifiesto…” fue un documento “de encargo” en un contexto muy concreto de los inicios del movimiento obrero revolucionario (socialistas, socialdemócratas, anarquistas, comunistas…), ni mucho menos que no todo allí eran hechos comprobados, también había ciertas hipótesis… y tampoco  debemos omitir que el propio Marx aún no había consolidado sus iniciales conocimientos e investigaciones económicas, por ejemplo, por entonces nada había elaborado sobre la teoría de la plusvalía) …y qué otras continúan  plena o parcialmente vigentes, iluminándonos,  a pesar del tiempo transcurrido y los profundos cambios y desarrollos que ha sufrido el modo de producción capitalista (para entendernos: estructura), objeto esencial de su investigación, y las relaciones sociales y de producción (sobreestructura) que le han sido y son consecuentes durante ese largo proceso que ha pasado por varios estadios,(“El rompecabezas de los rompecabezas es el propio capitalismo”).

“Tomemos el mundo tal como es, no seamos ideológicos” (Marx)
-Y no otro es el punto de partida del pensamiento científico marxista. La actitud científica y el grado de conciencia depende del conocimiento de la realidad. Como afirmaba Manuel Sacristán: “La filosofía y el dogma son básicamente ideología, no conocimiento”.





“Lo que es indiscutible es que ni la Edad Media pudo vivir de catolicismo ni el mundo antiguo de política. Es, a la inversa, el modo y la manera en que la primera y el segundo se ganaban la vida, lo que explica por qué en un caso la política y en otro el catolicismo desempeñaron el papel protagónico. Por lo demás, basta con conocer someramente la historia de la república romana, por ejemplo, para saber que la historia de la propiedad de la tierra constituye su historia secreta. Ya don Quijote, por otra parte, hubo de expiar el error de imaginar que la caballería andante era igualmente compatible con todas las formas económicas de sociedad”. (Karl Marx)

“La ideología unificadora –dominante- puede ser muy distinta: formas de religión, relaciones de poder y dominación personal, como en el feudalismo, o el modo asiático, unificado mediante el dios-emperador como centro)”.

Como se puede apreciar Marx realiza un somero pero muy completo repaso a las formaciones sociales precapitalistas. No olvidemos que “lo nuevo nace de lo viejo y en lo viejo”.

 “Marc Bloch nos enseñó que al comienzo del sistema feudal noble era aquel que simplemente tenía un caballo”.

“En el pasado hubo modos de producción donde no dominó la forma mercancía, que no fueron organizados en torno al mercado en cuanto tal”.

“El pueblo indio y el modo de producción inca lo llama Marx en los “Grundisse”: Modo asiático de producción (formaciones que preceden al capitalismo)”.

“El sabor del trigo no revela quien lo ha cultivado, si un siervo ruso, un campesino parcelario francés o un capitalista inglés”
(Marx)

“El régimen revolucionario de Taiping duró 13 años, hasta su disolución por las cañoneras británicas”.




‘El Capital’ es un libro de principio a fin historicista.. Una obra que nos ofrece una lección magistral de materialismo histórico generosamente adobada con jugosas argumentaciones y citas de autores de las más diversas materias filosóficas, científicas, técnicas, sociológicas y literarias.

“En las viejas alegorías era esencial la presencia de un personaje antropomórfico que ‘representara’ algo, una idea o un valor, cuyo nombre portara a la espalda, como anuncio: ‘¡Soy la avaricia! ¡Soy la virtud! ”

Dice Jameson que una de las formas de leer El Capital –esto es, de comprender el lugar de sus proposiciones y análisis individuales en la construcción del todo- reside en verlo como una serie de acertijos, de misterios o paradojas, a cada uno de los cuales se le suministra una solución en el momento apropiado. Y mirando ventajistamente por el retrovisor: que si le caen palos a Althusser o se replantean las otrora desechadas aportaciones de Lukács…

Y añade: Marx escribe los tres primeros capítulos de ‘El Capital’ (sobre ‘mercancía y dinero’, los más estudiados y controvertidos) ‘filrteando con Hegel’, según el propio Marx dixit. Pero, señala: “El materialismo de Marx es incompatible con el idealismo  hegeliano”. Es curioso y paradójico que Marx siempre reconociera en Hegel a su maestro (filosófico) y, al mismo tiempo, declaraba que tuvo que ponerlo boca abajo (“darle la vuelta como a un calcetín”) para descargar de idealismo su dialéctica y su lógica:”nada es nunca superado sin resto”.

“En ‘El Capital’, y de acuerdo con las tesis de Feuerbach, la filosofía llega a su fin realizándose y actualizándose a sí misma”. No se trata sólo de explicar el mundo, se trata de transformarlo. Marx era ciertamente un ser profundamente político, con un sentido afilado de la estrategia y la táctica del poder.




Sobre reificar / cosificar:
“La máquina no libera del trabajo al obrero, sino de contenido a su trabajo” (Marx) “La palabra clave de los ‘Manuscritos…’ de 1844 es “alienación”. Y hablando de “alienación” conviene no olvidar un pequeño detalle: incluye (el sentido legal de) transferencia de propiedad. Ya sabemos, alienar, enajenar. “La presión despersonalizadora de lo moderno”.

Para Marx, la sustitución de la herramienta por la máquina transforma al obrero de maestro en sirviente de un proceso impersonal. La famosa cuádruple alienación del trabajador. Respecto de sus medios de producción; de su producto; de su actividad como trabajo y artesanía; de sus compañeros de trabajo.

“El modo en que el dinero oculta y reprime la ley del valor de la que surge. La obsesión con el dinero como causa y enfermedad también nos condena a mantenernos dentro del sistema de mercado en cuanto tal, la esfera de circulación, como horizonte cerrado de nuestro conocimiento, de nuestras explicaciones y de nuestras preguntas científicas”.

“El valor real, sin embargo, resulta que reside, no en los objetos producidos por el capitalismo, sino en el capital que ese particular proceso de producción es capaz de acumular”.

“La mercancía ‘es’, por cierto, valor de cambio, en la medida en que en ella se halla incorporada determinada cantidad de tiempo de trabajo”  (Marx)

“Para tener un valor de cambio las mercancías han de tener un valor de uso”.

“El valor de uso es material y físico, carnal y cualitativo, mientras que el valor de cambio es en rigor mental, lo que quiere decir: pura forma en lugar de contenido”.

“En ‘El Capital’, Marx analiza y critica de forma devastadora las obras estándar de economía política”

“La teoría del valor y el trabajo aparece por primera vez en el capítulo VI”

“La teoría del valor y del trabajo explica la expansión irreversible del capitalismo, junto con su emergencia y disolución”.

Con su teoría del “valor y del trabajo”, Marx nos instruye en el hábito de buscar las esencias detrás de las apariencias que nos ponen delante de las narices

“Los intentos de amputar su exposición de la teoría del valor, (Althusser) supone reducir el resto a un tratado de vulgar economía. ‘El Capital’ es un todo”.

“La palabra ‘forma’, extraída de Hegel, implica siempre la predominancia de lo mental o lo espiritual sobre el cuerpo y la sensación. Pero Marx introduce una tercera noción: lo social. La realidad del fetichismo de la mercancía, opuesta a su irrealidad espiritual e irrelevancia física”.



A caballo de la reificación, “los intelectuales capitalistas –tradicionales y de producción- se esfuerzan por frenar y desviar el desarrollo de las contradicciones” que sacuden al Sistema. De donde se deduce que la clase obrera, la productora de plusvalía, ha de tender en su lucha contra la opresión y explotación a agudizar esas mismas contradicciones y debe de batallar al mismo tiempo contra el velo fragmentador, oscurecedor y distorsionador de los procesos y formas de reificación (Eficacísimos inhibidores de la autoconciencia) que genera el propio Sistema.

“La forma fundamental de reificación: el dinero”.

“El dinero no es sino el síntoma de contradicciones estructurales subyacentes, esto es, una ‘mediación’, una solución provisional que no resuelve las contradicciones mismas, sino que “engendra la forma en que pueden moverse”.

“Las yuxtaposiciones de Marx están diseñadas para palpar la materia de un mundo de materias primas distintas en las cualidades y texturas de sus densidades y superficies”.

Pierre Reverdy: “La imagen surrealista surge de la yuxtaposición de dos objetos tan lejanos entre sí como sea posible: ‘El encuentro fortuito de una máquina de escribir y un paraguas sobre una mesa de disección” (Lautréamont)

“Las nociones deleuzianas de lo liso y lo estriado”.

Escribió Guy Debord: “La imagen es la forma final de la reificación mercantil”. Es decir, la imagen impide ver el conjunto, aprehender y comprender el TODO. Y abundando afirma Jameson: “La reificación figurativa es algo objetivo, está ahí fuera en el mundo como tal, es una dinámica fundamental del capitalismo” (…) “Un mundo de deseos individuales completamente colonizados por la publicidad y el consumismo, individualización que impide (reificación) la visión y la capacidad de comprender el Todo”. Y por su parte añade Sacristán: “El capitalismo encubre con bastante eficacia el carácter directo de la explotación del trabajador asalariado. De donde se desprende la tarea de poner la explotación al descubierto”.


ELOTRO (Responsable del pastiche)

“El “desarrollo” ha convertido a los italianos en un pueblo de idiotas neuróticos”
(Pier Paolo Pasolini)


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jueves, 28 de julio de 2016

Y el dinero se metamorfosea en capital…/ Marx



“Hay algo inmutable: lo que no es ciencia”
(Manuel Sacristán)


Despacio, a veces muy despacio, continúo la lectura de “El Capital" de Carlos Marx. La leída pausada, o cachazuda, no es sólo debida a la necesidad de leer, releer, dar muchas veces marcha atrás en la paginación, subrayar, tomar notas o consultar otros autores y obras citados o no, pero que se me ocurre que pueden venir a cuento… el caso es que a cierta edad lectora, uno ya no lee esclavizado por ningún tipo de ansia o apremio…si acaso por lo mucho que queda por leer y releer y el más que previsible poco tiempo que le va quedando a uno para tanto escrito aplazado o pendiente en vaya usted a saber cuándo y dónde… Recuerdo a Fernando Fernán Gómez mirando los anaqueles de su biblioteca y comentándole a algunos de sus libros algo así como “a ti ya no te podré leer…”
(En la peli, “La silla de Fernando”)


“La forma de circulación en la que el dinero se metamorfosea en capital contradice todas las leyes expuestas hasta aquí sobre la naturaleza de la mercancía, del valor, del dinero y de la circulación misma”. Así comienza Marx el capítulo V, “Contradicciones de la fórmula general del capital”.

El movimiento y sus contradicciones, lo Uno y lo Múltiple, una investigación dialéctica de esta sociedad basada en la producción de mercancías. Esta sociedad “popularmente (des)conocida” como “sociedad de consumo, economía de mercado”. Será por significantes vacíos. O vaciados. Continúa Marx: “…en el mercado sólo hay poseedores de mercancías, y el poder que estas personas ejercen unas sobre otras no es otro que el poder de sus mercancías”. Estas líneas son un buen ejemplo de la densidad que caracteriza a este libro. Hay mucho condensado, pienso yo, en ese enunciado.

Por ejemplo, y ya que habla de “ejercicio de poder” se le ocurre a uno cavilar sobre los poseedores de esa mercancía llamada “fuerza de trabajo”, los llamados por el propio Marx, “proletarios”. El proletariado es creación de la Revolución industrial, se nos dice y se nos fundamenta de forma historicista, o sea, con base en los hechos objetivos de la historia: materialismo histórico.




Las grandes poblaciones de campesinos y ganaderos fueron despojadas de sus casas y tierras de cultivo y expulsadas –puestas de patitas en el camino a la urbe-, y de la misma tacada  transmutadas a ‘ciudadanos libres’, claro que  pobres como ratas, con una mano delante y otra detrás, que dice la tradición. Al voluntarioso infeliz que se resistía  a cumplir la órden echa ley de aquella manera, a abandonar la tierra que le vio nacer, como había visto a sus ancestros, y que le había permitido mal que bien hasta entonces cobijar, alimentar y vestir a su familia –Marx relata algunos casos concretos de extremada violencia ya documentados en la propia época- se le prendía fuego con todas sus pertenencias, así ocurrió allá en las tierras de Escocia, como ejemplarizante advertencia a posibles y obcecados  “rebeldes”. Ahí se nos dibuja con gran precisión el origen indudablemente criminal y sangriento del saqueo y la acumulación de la propiedad privada de los medios de producción.

“El Capital” no es la Biblia, además de porque por su parte se trata de una investigación científica, bajo criterios y métodos de pura ciencia, y no idealistas relatos supersticiosos y ahistóricos, pero por su parte tampoco anda escaso, como ocurre con la lucha de clases misma, de violencia en todas sus “formas” y grados.

Grandes multitudes que fueron puestas, por las bravas, en camino hacia las emergentes ciudades o núcleos fabriles donde se empezaban a concentrar, a la fuerza ahorcan (segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra, que dio paso ya a mediados del siglo XIX a la llamada era del Capital), las primeras grandes manufacturas, talleres e industrias auxiliares y de servicio.

Y allí arribaron los más afortunados, ya que el “utilísimo” ejercito de desempleados nacío, como no podía ser de otra manera, de forma sincrónica a la irrupción en la historia de la nueva clase proletaria,  poniendo en venta, “alquilando”, la única mercancía que poseían: sus brazos y piernas, su cuerpo y su mente, literalmente su pellejo, su salud: o sea, su fuerza de trabajo. ¿A quién se la ofertaban? a los capitalistas, ¿en qué condiciones y a qué  precio? En el que los amos del capital y de los medios de producción imponían con la muletilla del socorrido “esto son lentejas” como ultimátum a los desesperados y hambrientos proletarios. Pues ni para lentejas daba en la mayoría de los casos.





El meollo del asunto es que los poseedores de la auténtica mercancía creadora de riqueza, la fuerza de trabajo, fatalmente se alquilaban al capital por poco más o menos que lo necesario para sobrevivir, como vulgares animales de carga. Mientras que, al mismo tiempo y por el mismo precio, aportaban, más o menos inconscientemente, al propietario del capital plusvalías millonarias. Pues ya ven ustedes, ya, ya sé, cómo una minoría propietaria de unas mercancías (Dinero que transmuta en capital, y detallada y minuciosamente se nos explica cómo; la tierra, los medios de producción) ejerce su poder absoluto y “dictatorial” sobre la gran mayoría de la población que sólo posee, paradójicamente, la verdadera e indispensable mercancía generadora de “valor”, para entendernos, de riqueza.

Esto que para algunos aún hoy resulta una aseveración  escandalosa o poco menos que “una falacia marxista”, no fue Marx el primero que lo afirmó y mostró, antes lo hicieron, bien que sin tanto o casi ningún fundamento científico, los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo y alguno más. Y permítanme añadir en este preciso lugar una cita de mi admirado Manuel Sacristán que creo que encaja muy oportuna:
“A mí no me importa que la doctrina de la lucha de clases de Marx le venga de un policía reaccionario prusiano, Von Stein, como le venía. Lo que importa es lo que se dice. A mí no me importa con quien coincida”.

En aquella época basaba, digo la clase burguesa, su dominio explotador más en métodos coercitivos y represivos –legislativo, judicial y policial- que por medio de la persuasión y el adoctrinamiento ideológico, religioso y cultural, que también pero no con la altísima eficacia que lo consigue, con los potentes y omnipresentes medios actuales, la muy hegemónica ideología burguesa vigente a nivel global.

Se apoya Marx a lo largo del libro en innumerables citas de autores y obras que van desde los griegos hasta pensadores y técnicos estrictamente contemporáneos suyos; veamos una pequeña muestra sacada de este capítulo:




Hablando sobre el “capital comercial” y el “capital a interés” cita a Aristóteles: “La crematística es una ciencia doble; por una parte se refiere al comercio, y por otra, a la economía; desde este último aspecto es necesaria y laudable; desde el primero, que se basa en la circulación, es, en justicia, reprobable (pues no tiene su fundamento en la naturaleza de las cosas, sino en un engaño recíproco); por eso el usurero es odiado, y con razón, ya que el dinero se convierte aquí en medio de lucro y no se le da el uso para el que se inventó. Su fin era favorecer el cambio de mercancías; pero el interés hace del dinero más dinero. De todos los medios de lucro, es éste el más contrario a la naturaleza”.

No deja de resultar graciosa o cuando menos curiosa, entiéndaseme, la muy crítica valoración que hace Aristóteles de la “usura”, sobre todo si la comparamos con la servil calificación de “benefactores sociales” que los dirigentes del “amasijo” político-electoral PODEMOS dan a sus “venerados amos” del Banco de Santander y cia.

Y para terminar una nueva cita de un tipo que hoy por hoy y en base a sus opiniones, como la que ofrecemos, sería considerado un peligroso radical subversivo, se trata de un tal Benjamín Franklin y dice así: “La guerra no es más que rapiña; el comercio, estafa y engaño.”

En fin, no les canso más por hoy.

Esta simplificación, ciertamente un tanto pueril que servidora deja anotada por aquí, la tienen, ya saben, perfectamente ampliada, documentada y didácticamente argumentada en las “sólidas y fluidas” y contradictorias y dialécticas páginas de El Capital.

Hagánse el favor. De nada.

ELOTRO

“Una obra reaccionaria nos puede ser útil. Ahí están Balzac y Marx. Otra cosa es que sea dañina socialmente.”
(Manuel Sacristán)



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jueves, 21 de julio de 2016

Caravaggio y los opuestos binarios



El prerrequisito, existe
(ELOTRO)

La luz y la oscuridad, como sustancia automotriz,  en permanente combate, a veces sangriento, a veces amoroso, pero siempre en busca del esquivo equilibrio. Una, qué más da cual, nace de la otra y, en el proceso interno de la pintura, muere, quizás para renacer más tarde en el tiempo y en el espacio, en esa misma otra. Opuestos complementarios que se dan, intercambian, ora la vida ora la muerte recíprocamente. Que vehiculizan vida y muerte, la de la propia y concreta obra de arte poseída por esa vida que muere y nace contra esa muerte que, en la misma obra, engendra vida destinada a morir. Ese negro del que nacen esos rojos, esos pardos, esos cabellos castaños que por un lado desembocan en sienas pálidos y por el otro naufragan en una oscura mezcla de azul de Prusia y amaranto casi negro. Todas esas luces y sombras que Caravaggio encarna en labios, túnicas, violines, ventanas, cuchillos, miradas, paredes, uvas, puños o pliegues.



La convergencia y la divergencia. Las miradas que convergen, la divergencia de los gestos y sus sombras, el lenguaje que los contiene y los expulsa. La tensión tanto dentro como fuera de la obra (siempre viva y en perpetuo movimiento en cuanto obra de arte cierta). La batalla por la legibilidad, el diálogo de sordos o no, que se establece entre lo que supuestamente muestra y dice la obra y entre lo que, en cada caso, escucha y cree o puede ver, según su bagaje, el mirón. Todo mirón construye o reconstruye -“todos somos o tenemos algo de artistas” decía aquél- tras su peculiar observación,  su propia versión – o interpretación- de la obra de arte a la que se encara.



“En la base del arte hay una capacidad de trabajo”, en la base de la observación del arte debe de haber tanto de lo mismo “Porque el arte, su observación más placentera, precisa de conocimientos” (…) “este saber, que no es solo saber, sino tambien un sentir” concluye Brecht.

 Evidentemente la legibilidad de una obra de arte se valida, ratifica y materializa en la efectiva culminación del acto de la “comunicación”, digo más allá de las impurezas e interferencias de la particular conexión existente entre la tal obra y su accidental receptor (cada uno, en todos los casos, desde su tiempo/lugar en el mundo).

Se puede mirar y no ver, pero no se puede ver sin mirar, aunque sí ser vistos, (hablamos del y en el mundo visible). Y ya no digamos captar las relaciones e interrelaciones (sensoriales e intelectuales) entre objetos, sujetos y demás elementos inmersos en contexto y atmósfera que así completan el “todo” de la obra (sin salir del mundo de las apariencias). O sea, se trata de una circunstancia posible, de facto,  gracias a que  ambos elementos “conectados”, emisor y receptor, comparten, aunque no sea en su totalidad ni en las mejores condiciones, “lenguaje y códigos simbólicos”.



Los grandes artistas, eso prueban sus “irrepetibles, comprensibles, didácticas y gozosas” obras de arte, siempre se han dirigido a todos “los hombres, independientemente de su edad, educación y condición”, como se suele decir. Claro que esto no es así, no puede haber sido  así en todos los casos, ya que muchas de las obras que, tras el correspondiente y determinante encargo, han llegado a realizar, estaban dirigidas a un “valor de uso” muy específico, “actuante” sólo entre élites sociales muy determinadas.

Pero las grandes obras de Caravaggio iban dirigidas, principalmente, a ilustrar, adoctrinar y conmover a las masas populares, a esa mayoría de parroquianos visitantes asiduos  de templos. Y no cabe duda de que Michelangelo se daba a entender, incluso demasiado: según el inquisitorial criterio de alguno de sus poderosos y cultísimos clientes y mecenas.




Se califica a Caravaggio, artista versátil donde los haya (sólo le veo un pequeño pero: no sabe o no se esmera en pintar el paisaje: véase la obra titulada, “El sacrificio de Isaac”), de pintor “legible” (que no necesita “de explicaciones” ad hoc), en sus comienzos, y de “difícil” (que reclama asideros y guía) en sus últimas obras. Sin duda que por la parte del “mirón” conviene “participar” lo más plenamente posible de la obra de arte, y abandonar cualquier actitud pasiva de consumidor distante, desconectado, impermeable a otra circunstancia que la de “engullir” despreocupadamente  algo que, en esas condiciones,  carece de la más mínima historicidad, digo la de la propia “producción” de ese algo. Y es ahí, entre la primigenia chispa del origen, y el tangible fruto final, donde reside el trabajo artístico en sí, los conocimientos precisos para la comprensión y el disfrute profundo y extenso de la obra de arte (por parte del artista y por parte del mirón). Y aún más, para la elaboración del propio palimpsesto, con sus borrones y recargos, que, voluntaria o involuntariamente, cada mirón, en su modo de ver, traducir y reproducir, acaba realizando.

¿Error o acierto? El artista através de  su obra nos enseña a mirar, a observar: su obra es primeramente fruto de la observación, después y determinada por ésta viene la elaboración. Lo que el artista y su mirada ha percibido, lo encontramos, su apariencia, su aspecto, seleccionado y dispuesto convenientemente según su criterio en la obra que conocemos concluida. Cada obra es pues una lección magistral de observación y, consecuentemente, de “traducción, transcripción o reproducción”. Y tanto en una como en  otra esfera podemos interrogarnos sobre las distintas fases del, para nosotros, más o menos hipotético, proceso de producción (“…lo auténticamente interesante y divertido”, escribió Paul Klee), sobre los tanteos, juicios, elecciones, correcciones, fracasos o aciertos que han jalonado –hayan o no dejado indeleble  huella- la labor del artista, o sea, las fatigosas vicisitudes de la obra, sus etapas de formación, sus metamorfosis, hasta llegar a su completa culminación o acabado sea o no accidental (Por ejemplo la crepuscular pintura  “El martirio de santa Úrsula”, es una obra visiblemente inacabada)




¿Legible o ilegible? Concretemos en base a la expo del Thyssen. Al comienzo de la misma nos encontramos con el formidable cuadro: “Los músicos”, fechado en  1596-1597, cuando Caravaggio cumplía veinticinco años, que podría ser buen ejemplo de lo que se califica como “periodo legible”. Una obra modelo que contiene los comúnmente más apreciados elementos de su estilo, donde predomina lo luminoso, un dibujo limpio, claro, sin aristas ni pliegues. Una composición de “movimiento lento”, muy armoniosa, en consonancia con un cromatismo “naturalista” de cadencias “musicales” y donde el “bien” no deja casi espacio vital  al “mal”. Un equilibrio perfecto entre forma y contenido, dicho así para entendernos los no muy “entendidos”. Ya saben, la legibilidad.

En el polo opuesto de la contradicción sobre el grado variable de legibilidad en la obra de Caravaggio tenemos la pintura que cierra la expo: “El martirio de santa Úrsula” fechado en 1610. Si el predominio de la oscuridad -negro, zinc, gris, plata, azul cobalto, granate sucio, borgoña- se toma por signo de ilegibilidad, este cuadro es, en comparación, ciertamente más ilegible, bastante más. Y el caso es que aquí tambien encontramos un cromatismo, como siempre diestramente aplicado, muy musical, pero eso sí, en este caso se trata de una música mucho más estridente, dominada claramente por los destemplados metales (ver las armaduras). Y el fino dibujo ha devenido en una “ticianesca” mancha, en plena concordancia con una dramática expresividad, con una manera de decir y mostrar, la composición, mucho más inquieta, temblorosa, imprecisa y quizás resignadamente trágica: incluye su ácido autorretrato. Donde el “mal”, en el desequilibrado claroscuro, casi no deja espacio “visible ni audible” al “bien”. La desigual lucha, ¿eterna o transitoria?, de los contrarios.
Caravaggio: un genial e inagotable camorrista cuya obra produce en el espectador, al menos en servidora, “un estado propicio al pensamiento”.

ELOTRO

“Lo que importa es lo que se dice. A mí no me importa con quien coincida”
(Manuel Sacristán)



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