Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 30 de octubre de 2014

La desigual “pelea” de clases.




La desigual “pelea” de clases.

“El haber aprendido muchas cosas
no enseña a tener entendimiento”
(Heráclito)



La película se titula “DOS DÍAS, UNA NOCHE” y ha sido escrita, dirigida y producida por Jean-Pierre y Luc Dardenne, dos hermanos cineastas belgas que, según leo, se definen a sí mismos como: “una persona con cuatro ojos”.

Podríamos decir que es una película basada en la problemática  “mileurista”, pero con eso no diríamos nada o, mejor dicho, con eso contribuiríamos a la confusión reinante. Digo reinante, recuerden a esos monarcas belgas que viven en su “Castillo de Bélvèdere”,  porque al fin y al cabo la película es belga y su acción transcurre en Bélgica (ese pequeño país que se “confunde” cada día en tres lenguas distintas: francés, neerlandés y alemán, y un solo dios verdadero: el euro) entre trabajadores “belgicanos”, que diría el señor Allen.

Sin embargo y lo que son las cosas la actriz protagonista es de nacionalidad francesa, y leo que es también modelo y cantante y que ganó un oscar interpretando a Édith Piaf en “La vida en rosa”. Rosaoscurocasirojo es el color de las dos camisetas que luce “Sandra”, que así se llama la prota, en el film. Claro que como indica el título todo se desarrolla en un espacio de tiempo muy corto, un fin de semana; y en unos interiores, la casa, el coche, el pequeño vestuario y sala de taquillas de la pequeña empresa –sólo 17 trabajadores lo que “legalmente” les impide tener representación sindical-, muy reducidos.




La trama es muy vulgar, una mujer, “Sandra”, madre de dos niños pequeños que por razones que no se nos relatan ha estado dos meses de baja “por depresión”. Y cuando por fin recibe el alta se encuentra con que el joven emprendedor (antes amo explotador) ha decidido (previo estudio y análisis de productividad y optimización de recursos y plusvalías) prescindir de sus servicios (o alquiler y estrujamiento de su fuerza de trabajo). Ya se pueden imaginar que esta noticia la recibe “Sandra” el viernes por la tarde y toda la acción de la película, el encaje del golpe y la subsiguiente pelea por evitar su desgajamiento social, o sea, por el puesto “perdido” de trabajo, acontece   en ese abismal fin de semana.

“Sandra” se pasa la peli llorando, llora mucho, muchísimo y también toma un montón de pastillas. Alega razones exógenas y endógenas: que si no valgo nada, que si no soy nadie, que si no soy nadie para nadie, que si me siento vacía en el vacío… pero afortunadamente  tiene un marido (que curra en una pizzería), que se esfuerza por animarla, por sacarla de ese pozo –además se nos apunta que llevan cuatro meses sin follar-,  animarla, ayudarla en su doble lucha, vencer su depresión y, por si éramos pocos, luchar contra su “exclusión” del “medio de existencia”, por su derecho a que le extraigan cada día una buena dosis de plusvalía… como a cualquier “mujer sana” con hipoteca, bocas que alimentar y facturas que pagar.

Vemos caminar cansinamente  a “Sandra”, luchando contra sí misma y contra los elementos poco fraternales de la sociedad capitalista, por esos belgicanos barrios dormitorios y periféricos -¿como “la trabajadora” de Elvira Navarro?-, visitando uno por uno a sus “compas” del curro (“Yo no tengo la culpa de tu despido”, dicen, “Yo tampoco” contestan, ¿será el mayordomo?) , y comprobando visita por visita que la podredumbre, la vileza, la infelicidad, la angustia, el miedo, el pluriempleo, la precariedad, la escasez, las chapuzas en negro, el ninguneo o el egoísmo y el individualismo insolidario y violento: “el reino de la necesidad”,  es el Régimen vigente y rigente, contante y sonante, con sus peculiares matices, en todos los hogares que, a duras penas y medio dopada, se patea en el maldito e instructivo fin de semana.





Dicen los autores que “la película” no es un tribunal; por ella desfilan los trabajadores exponiendo las razones que sustentan su apoyo o no, a la “despedida Sandra”, también lo hace el capataz y el emprendedor. Todo muy “individual”, nada “colectivo”; eso también se muestra, la falta de conciencia de clase… de la parte donante de plusvalía.

En fin… y por cierto, se nos obsequia con una formidable escena rodada en el interior del coche en el que viajan “Sandra” y su marido junto con una compañera de curro que acaba de decidir abandonar a su marido porque, cuenta, a raíz del caso del despido de Sandra y la consiguiente trifulca matrimonial, se ha dado cuenta de que  “nunca desde que vivía con él había tomado una decisión por mi misma”… y mientras en la radio y a todo volumen ruge un jovencísimo Van Morrison… acompañado de los coros del trío belgicano… que sí, que lo intentan, que se lo pelean.


ELOTRO


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“Llega a ser el que eres”
(Píndaro)


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lunes, 27 de octubre de 2014

De museo.




De museo.

“Aquí, o en ninguna parte, está lo que buscamos”
(Horacio)


Me he pasado media vida visitando museos, me encantan los museos. Desde mi Sevilla natal, llegué a Madrid en el año 1971, la “económica” inmigración interior durante el franquismo, tenía entonces 12 años. Mi familia, seis miembros, se instaló de alquiler en una vieja casa de 2 piezas y 23 metros cuadrados, en concreto en la corrala del patio interior, de la calle de San Pedro, a 100 metros del Museo del Prado. Fue el primer museo que visité en mi vida, siempre solo; me acuerdo que los sábados por la tarde era gratis y de la sala de “Las Meninas” con aquel ridículo espejo situado en el ángulo oscuro…

Ahora, cuando ya he cumplido los 55 años y después de 6 en el paro, el Ministerio de Cultura y Educación y Deportes y… me ha contratado, me ha pescado de lo que llaman con su acostumbrada desfachatez una bolsa de empleo, como vigilante de sala en uno de sus museos madrileños. Un chollo… para ellos. Menos es nada, dicen mis acomodados conocidos. Un contrato de 4 meses de duración, sólo trabajo los domingos y festivos y me pagan 318 euros brutos al mes. Ya digo, un chollo, para ellos… han borrado de la lista a un solicitante de empleo que no fallaba nunca en sellar la papela, un parado menos, que cobraba 426 euros netos (cuidadin: máximo tres periodos, y ya llevo dos, de 300 días con un año en blanco sin recibir ningún tipo de prestación o ingreso entre cada periodo de cobro de la ayuda “de integración”) al que han convertido en un currante, un contrato nuevo, que cobra 318 euros brutos y que cotiza 4 o 5 días al mes a la seguridad social. Se me hace la boca agua echando cuentas sobre mi “improbable” super-pensión de jubilación.

Vamos al lío. El metro más caro del mundo, y de Madrid, los domingos goza de una frecuencia de paso que ya quisieran para sí las diligencias de las películas de John Wayne. Así que conviene acompañarse de un librito de bolsillo, la lectura cunde bastante más sin tantas interrupciones por culpa de tanto tren circulando entre tantas estaciones. La duración del trayecto, en mi caso con dos trasbordos, se multiplica por tres o por cuatro con respecto a los días llamados laborables en un país con seis millones de parados que según las estadísticas oficiales han dejado hasta de viajar en “metro”,  lo que permite el disfrute relajado, además no faltan asientos, a los lectores domingueros. Abandonadas las profundidades llenas de escaleras mecánicas, pantallas llamándonos al consumo compulsivo y tornos averiados… y ya a cielo abierto, de momento no saltable, el camino hacia el museo no puede ser más interesante como muestrario psico-sociológico. El pequeño parque que circunda la institución museística es a su vez un curioso museo de sexo al aire libre, (el paisaje de después de la orgía incluye: cientos de clínex  o pañuelitos de papel de todos los colores, usados y artísticamente arrugados y arrojados al suelo, digo al césped, entre los setos y árboles, junto con algunas decenas de condones usados también de variadas texturas y tamaños y tonalidades), drogas (muestrario variado de cascos de litronas, cartulis de vinacho químico, latas de coca y otros tóxicos presuntamente energéticos, bolsas y embases de plástico de todos los colores y formatos, alguna jeringuilla ensangrentada… y cómo no, las ineludibles cagadas de perro de las más variadas razas y pedigrí…) y rock and roll (bueno de esto no estoy muy seguro porque la esforzada y sudorosa gente que a estas horas anda embutida en sus lycras y zapatillas y rodilleras y gorritas y sudaderas y demás ortopedias… suelen llevar su aparatito de música ajustado al brazo o en la  cintura y afortunadamente va cableada con sus correspondientes pinganillos.  Igual los peligrosísimos ciclistas que ya a esas horas para mí que van ciegos (¿gracias a las tres variantes anteriormente cosificadas?) los muy acaparadores.

En fin, ya en tu sala y armado con tu walky-talkie la vida pinta de otro color. Las familias, las parejas y los solitari@s van desfilando delante de las obras expuestas, y lo hacen a distinto ritmo y con más o menos interés o detenimiento. Pero claro, también ellos desfilan, es un decir, delante del vigilante de sala (y de las cámaras que además, como las de las calles o el metro, les graban ininterrumpidamente). Y algunos, y sobre todo algunas lo saben. Y, si eso y llegado el caso, te lo hacen saber. (Que si pose fija, pasarela, mirada reflejada en cristal de vitrina, selfie –sin flash- camuflado, pregunta boba sobre alguna bobería extramuseística…). No podía faltar el puñetero niño que, advertido a grito pelado por su acompañante adulta o madre que lo parió ¡desde la sala de al lado!, y nos encontramos en la número 20, de que no se toca nada, no para de dar patadas a la base metálica de las vitrinas –cuyo atronador ruido puede provocar al inadvertido vigilante de sala algún que otro susto o triste episodio de fallo cardíaco- , y seguidamente mirar retador al vigilante, o golpear o apoyarse en el cristal o hace el pino puente en el centro de la sala, o sale corriendo y gritando haciendo eslalon con rozamiento entre las inseguras y temblorosas  piernas de visitantes algo más ancianos y menos “colocados”,   después de empujar a la pánfila de su hermanita, hermanastra o prima  contra el indefenso cuadro expuesto, ¡ y tanto!, en la pared. Te dan ganas de soltarle un soplamocos al niño y un par de bofetones a la madre y estampar el walky sobre las Ray-Ban, el rodillazo en los huevos es optativo, del a todas luces impedido, en el sentido sensorial e intelectual, papaíto o lo que sea, que supuestamente les acompaña en la visita. Pero las ganas te las aguantas porque tú mismo te haces consciente de que sólo llevas dos días, encima domingos, de “vigilante” y ya se puede constatar en tu conducta un reflujo acentuado de tu ya anteriormente escasa capacidad de comprensión y amor por tus semejantes. Y además el jefe ya te advirtió de que al niño no se le regaña, aunque sea como Froilán equipado con su pincho, se le advierte al adulto acompañante de que ha de llevarlo siempre de la mano, si es menor, o en cualquier caso “embridado” y ocuparse de su correcto comportamiento en el museo. De no ser así se les invita a abandonar el museo y punto pelota. Sepan que domingos y festivos la entrada es gratis, así que se pueden imaginar “las motivaciones” que puede llevar a esa fauna humana, de lo más variopinta e inquietante a, como en el caso del hombre de la multitud de Poe, buscar el calorcito de sus congéneres aun sin aunarse a ellos o de patéticas parejas, de hecho, de interés o de iglesia, con niños hiperactivos y belicosos a visitar ese depósito y huesera calevernaria de pinturas, vasijas, momias, reliquias o mapas y frecuentados por aburridos ancianos desocupados y en su mayoría desestructurados y desnortados… otra cosa son los grupos de “pavos” adolescentes estudiantes, jubilad@s culturetas en comandita disputándose entre sí la vara de guía, discapacitados que además lo aparentan sin presumir (estos son los menos)… en fin. Ciertamente el museo tiene otra cara del lado del precario vigilante mirón (igualmente vigilado y grabado como pieza de museo y de controlado controlador) de sala, de andén, de parque… o de pabellón psiquiátrico al aire libre... ¿o, si se permite la duda, no tan libre?


ELOTRO


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“Hay que tomar a los hombres, dicen, como son, y no como los pedantes sin mundo o los soñadores bienintencionados se imaginan que deberían ser. Este “como son” significa en realidad: tal como nosotros los hemos hecho”.
(Kant)

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martes, 21 de octubre de 2014

“Papito” y yo.




“Papito” y yo.

Se trataba de una obra  cuyo argumento principal, ¡una vez más!, resultó ser una solemne parida, urdida como de costumbre de forma monótona y cansina, además de poco atinada (y aún menos legible), escasamente interesante y nada entretenida pero, eso sí pude comprobarlo, el conglomerado en sí poseía en esta ocasión más que notorias propiedades somníferas. O sea, que ese batiburrillo infantiloide, esa dichosa novelita, inofensiva no es… y era de temer que la cosa no había hecho más que empezar.

Poco a poco fui recuperando la consciencia y alguno de mis sentidos comenzó a duras penas a renacer y cumplir, al menos  en parte, con su primigenia función. Estaba aturdido y confuso, desorientado, envuelto en esa difusa frontera que dicen que separa la vigilia, en cualquiera de sus grados, del sueño más o menos profundo. Pero allí estaba ella, sentada en un lado de mi cama cargando todo su peso sobre la nalga derecha, se apoyaba además sobre la almohada con ambas manos muy cerca de cada una de mis orejas. Sus grandes y pesadas tetas descansaban sobre mi esternón. Me miraba fijamente y en su pétreo rostro se había grabado una acostumbrada y forzada media sonrisa que, mejor mirada, más bien daba en mueca de asco.

La deslucida jeta de mi casera  proclamaba intenciones que supuse poco loables. Debo decir que no era la primera vez que tras despabilarme me veía enfrentado a su atosigante presencia. Quizás yo sea un hombre malvado a ratos  pero Leonor es a jornada completa  una mujer muy desagradable, fea y destartalada, y no sólo físicamente. Tampoco es que se trate de la típica vieja loca y amargada.  Es muy leída y tiene criterio propio, le sobra más talento que cabezonería, pero la pierde siempre el factor emocional.

El caso es que en más de una ocasión y ante su acoso he de reconocer que me dejé ir (lo lograba casi siempre), sepan que sobre el mullido lecho es una artista consumada, hace “arte” del bueno. Por experiencia sabrán que la carne ya empinada es débil, digo aún más, y el tirón del vicio, invencible, si es el caso de que acompañen las llamadas fuerzas ‘erectivas’. Pues bien, es a ese maldito clavo ardiendo al que se agarra siempre la muy zorra. No ignora sus voluptuosos poderes y les saca provecho.

Que si Thomas Mann lo hizo con el joven Lukács, que si Vázquez Montalbán lo mismo de lo mismo con Sacristán, que si Monedero con Felipe Iglesias… y que si el genio (¡dramáticamente desconocido!) de su ‘papito’ lo ha hecho ahora (y en los diez manuscritos anteriores, añado) con su menda, “¿qué pasa? ¿acaso no da servidora la talla?” me espeta la muñeca con notoria intención provocadora y mortificante mientras saca o infla, o las dos cosas, su abundante pecho.

Así de fácil lo ve ella. No voy a negar que quizás en alguna ocasión haya sido demasiado despiadado con la obra literaria de su ‘papito’, y hasta es posible que haya derramado demasiada bilis sobre él, no lo niego, pero aún así, en lo que se refiere a la esencia de mi crítica, puedo asegurar que no tengo ningún remordimiento. Calcar un manido truco (o dos o tres, porque si vamos a lo del territorio mágico: Macondo, Región,  Celama, Yoknapatawpha…),  puesto con más o menos brillantez en práctica por uno o varios escritores consagrados con el éxito mediático y comercial, no garantiza nada positivo, le dije más de una vez, ni siquiera sirve para evitar caer en el más espantoso de los ridículos plagiarios y, aún peor,  si al cabo  resulta que esa ‘materia mil veces refrita’ es toda, o casi toda, la supuesta ‘chicha literaria’ que se despacha en el ‘Colmado Papito’, a ver entonces.  En resumen, nada que decir y mal dicho, dije.

Vano esfuerzo, pues con su ‘papito’ de por medio Leonor no razona. Mejor dicho, razonar razona, sí, pero con intrincados y mal traídos argumentos irracionales. Y eso de la irracionalidad no lo negaba. Repetía una y otra vez que “en un mundo irracional, y ya no digamos en el seno de la irracional industria del embobamiento,  la ‘respuesta adecuada y merecida’ debía de ser, en todo caso -y mediante la exoneración ventral- fruto de la asimilación creadora de esa tosca irracionalidad originaria que los bien mandados nos tragamos tres veces al día aliñada con el pienso”.

Cada día sus palabras se me aparecían más y más abstrusas, aunque ciertamente no menos hirientes,  y aquello hacía más difícil deducir qué coño cocinaba Leonor en su inquietante magín.

De pronto calló. Su mente debía estar cavilando en otro lugar. Al poco tiempo su callosa mano derecha comenzó a sacudirme el miembro de arriba abajo, primero despacio y poco a poco fue aumentando el ritmo y la presión. No hubo erección. Era la primera vez que me sucedía con ella. A ella por su cuenta no sé. Al cabo del rato y visiblemente defraudada (¿con ella, conmigo?) suspendió el fracasado masaje. Me miró interrogativa y luego miró como perpleja a la morcillota, pero no es de las que se rinden y enseguida la emprendió a lametazos con mis pezones que inmediatamente respondieron, estos sí, con firmeza. No ocultaré que me enternezco cuando se afana en sus labores, ¿cómo no encariñarse?. Por mi parte continuaba turbado por el inesperado e incomprensible gatillazo eréctil, aunque verdaderamente  no me encontraba de humor para lamidas y arrumacos.

La infumable obrita de tu ‘papito’, le dije mientras tanto, desprende un nauseabundo olor a ideas estancadas desde tiempo inmemorial. Y lo más estúpido es que además son ideas y recursos en su mayoría indecentemente plagiadas. Tu geniecillo se ha dedicado a saquear sin ningún tino a grandes autores para acabar robando, el muy capullo, sólo repugnante basurilla. ¿No crees que ahí se constata palmariamente su absoluta nulidad? Por mi parte creo que esto lo acaba explicando todo: tu torpe mecanógrafo no tiene respeto alguno hacia sí mismo ni a al oficio y, claro está, menos aún hacia el improbable lector.

“Te repites querido”, me largó. “Has escrito demasiadas veces las mismas falacias, chorradas e idioteces. Yo te leo y tengo memoria. ¿sabe usted, nauseabundo caballero, lo que excita mi cólera, lo que la hace particularmente belicosa? Pues tome nota: basta cotejar sus escritos para comprobar que en la mayoría de los casos utiliza usted las mismas, endebles y escuetísimas argumentaciones (de autorías menos propias que “hábilmente” adquiridas),que navegan a bordo de  las mismas o parecidísimas frases (la mayoría de ellas construidas hace demasiados años ¿inmemorables? en astilleros ajenos), si acaso alguna excepción con leves variaciones sintácticas,  e idénticas y gastadas (¡por eso impotentes!) adjetivaciones.  Todo lo cual nos lleva a una simple conclusión: sus críticas resultan ser tan huecas e inocuas como elásticamente intercambiables y reversibles: lo mismo sirven para un roto de fulano que para un descosido de mengana o una avería de zutano o un desgarro anal de perengano. ¿Es la racionalidad “múltiple y permutable” que exige la irracionalidad realmente dominante y estipendiante? No hace falta que contestes. Y ya por terminar, cari, la novela de ‘papito’, ¿la has leído?, y en caso afirmativo, ¿antes o después de vaciar las botellas de aguardiente que forman ese bonito bodegón de tu mesilla? Piénsate la respuesta, vida, que te va en ello…
…………




- ¿qué ocurre ahora?  ...has estropeado la escena y la grabación, ¿qué te pasa, por qué te callas?

- Me canso, estoy hastiada,  dejo esta absurda comedia…de pronto he sentido la imperiosa necesidad de largarme de aquí…

- Pero qué dices cariño, no me vengas ahora con esas… llevamos años así y nunca te has quejado… al menos no de este modo…

- Eso es cierto… pero querido, recuerda que eres tú quien escribe los guiones… mis frases, mis pensamientos en off, mis diálogos interiores… sólo tú, exclusivamente tú y en todos, absolutamente todos los guiones… por mi parte se acabó, ya no lo resisto, hasta aquí he llegado ‘papito’, estoy hastiada, cansada, aburrida, gastada…a punto de reventar… búscate otro juguete al que menospreciar día sí y día también…

- Echa el freno morena, no te me pongas melodramática en medio del set… comprende que nada sabía ni podía sospechar de tu intenso prurito literario… ¿de verdad quieres dar rienda suelta a tu lengua y escribir tus propios guiones? Pues me parece perfecto… ¿tienes cosas que contar, mensajes que dar, realidades que mostrar? Bien, hazlo pues… ¿quién te lo impide? O mejor dicho, ¿quién te lo ha impedido hasta ahora? Cierto que tenemos un reparto de papeles pero… no recuerdo que al comienzo nadie impusiera nada a nadie… y por el contrario sí creo recordar cierta aceptación incluso entusiasta por tu parte…

- No te lo niego, así fue mi gran pecado, eran otros tiempos y yo era otra, más tierna…sí, ¡no te rías cacho cabrón!…  y más ilusa también, y tú, no sé… tú sabrás… pero, puestos a recordar, ¿sabes cuánto tiempo ha transcurrido y cuánta agua ha caído sobre nuestras putas cabezas desde aquella entusiasta aceptación? ¿no has notado ningún cambio por pequeño que sea, percibido ninguna evolución o involución en ti, en mi, en nosotros, en lo que nos rodea, o en cualquier otra esfera de nuestra puta relación, digamos, por ejemplo, si no ‘racional’ de ‘naturaleza emocional’, en todo el transcurso de tan largo trayecto? ¿seguimos siendo lo que fuimos al principio?

- Pues no sé, ahora que lo dices, supongo que sí… no sé… qué quieres que te diga… dame tiempo… déjame pensarlo… pero joder no me dejes así, no me hagas esta putada, no me dejes a medias… que aún no he terminado…

- Eso es, de eso se trata, de eso precisamente se ha tratado siempre, ¿lo ves?, tú lo has dicho: “aún no he terminado”, señoras y señores él, el autor, el amo y señor del relato, no ha terminado… a los demás, si ni siquiera han llegado a comenzar o andan aún a mitad de camino, que nos zurzan… pues nada chavalote, ahí te quedas que tú lo vales… me piro a otra parte con mi insignificancia… que tengas suerte… y mira, te regalo un último servicio: ¡¿Hay en la sala algún alma caritativa (o también nos vale por pura maldad) que ayude a este buen hombre a ‘terminarse’ de una puta vez?!

ELOTRO


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sábado, 18 de octubre de 2014

Sam Shepard y Bilge Ceylan, dos teatreros de cine.






¿Por qué temer que se sepa cuando nadie puede pedir al poder que ostentamos que rinda cuentas?
W. Shakespeare, “Macbeth”.



En mi última visita a las casetas de la Cuesta de Moyano pude recoger una buena cosecha de libros: “Edipo en Colono”, Sófocles. “El viaje de Pedro el afortunado”, August Strindberg. “Edmond”, David Mamet. “Macbeth”, William Shakespeare. Y “El verdadero Oeste” de Sam Shepard. Cinco libros de segunda mano, alguno flamante, por cinco euros en total. Teatro para leer. El único teatro al alcance de la calderilla de los “menos favorecidos”.
De un tirón leí la obra de Shepard, que es teatro que, en cierto modo, trata de cine, de guiones, de ladrones de distinto pelaje y de gentes “que aman, sufren, luchan, beben o ríen como seres humanos… Seres humanos concretos”.
Luego, como de costumbre, tocaba cine: “Sueño de invierno”, de Nuri Bilge Ceylan. “Una obra maestra”, proclama la publicidad del cartel, y por una vez, pienso que se queda corta. Es cine basado en teatro, o en cuentos de uno de los mejores autores de teatro, A. Chéjov. Así de “teatrero” se presentó el día.



En la pieza de Shepard (dicen que despertó al teatro cuando, en el colegio, leyó “Esperando a Godot” de S. Beckett),  que transcurre en el caluroso sur de California, el sonido o ruido de fondo lo producen los coyotes –una mezcla de perros y hienas- y los grillos. El fondo sonoro de un combate familiar (un triángulo vitriólico) en el que hacen acto de presencia dos hermanos (polos opuestos que acaban intercambiando sus respectivos y autodestructivos papeles) y, en la parte final, la madre, que también anda huyendo y tampoco encuentra “su sitio” (el padre también interviene –indirectamente- en la pelea, en el intercambio de “golpes”, pero no aparece “físicamente” en el ring). Por ningún lado asoma algo semejante a la alegría. El cuarto personaje, que no “fantoche”, es un productor de cine, tan real y tan “comercial” como los de la vida “americana” misma, y que suelta frasecitas de este calibre: “En este negocio los americanos hacemos películas. Películas americanas…Deja eso de “hacer cine” para los muchachitos franceses”. En esta moderna historia “del Oeste”, Shepard nos deslumbra con unos diálogos extraordinarios. “Tú nunca has sabido gran cosa de mí”… “Me decía, es él, es él el que tiene razón. Él vive la vida con toda intensidad, mientras yo me pudro aquí encerrado”… “Ninguno de los dos conoce de verdad el miedo del otro… Piensan que el miedo es sólo suyo… Pero siguen cabalgando en la oscuridad…  Sin saber nada… Porque ni el perseguidor sabe dónde le lleva el perseguido, ni el perseguido sabe a dónde ir…”… “¿Esperabas que te dieran un premio por ir a ver a tu padre?...A ti te gustan mucho las medallitas”… “Todos decimos lo mismo cuando nos llega el agua al cuello…todos”…



El verdadero Oeste que nos muestra Shepard, donde los caballos queman gasolina, está poblado por seres –llenos de fuerzas y flaquezas, nada de “modelos vitales”- universitarios o sin instrucción,  casados, abandonados, divorciados o solteros, y todos ellos, me refiero a los que tienen frase: confusos, aburridos, frustrados, agresivos e insatisfechos. Vamos, como en cualquiera otro de los puntos cardinales pero con marcado acento yanqui. Gentes que malgastan sus “solitarios” días bajo el doméstico techo y que nunca llegan (¿lo intentan?) a conocerse (¡No se puede tener todo en este mundo! Decía de sus lujuriosas enanas o jorobadas el fantansioso Baudelaire), aunque sí consiguen morderse o y desollarse entre sí con notorio ensañamiento: “No te molestes en explicarte”… “¿Y tú eres del género sociable?”… “Mi curiosidad no va tan lejos”... “Nos robamos en familia, es la economía de mercado, la competitividad ha llegado al mismísimo hogar, ¡Bravo!”… y así: Una fraternal pelea a toallazos”. Una manera de despiojarse echándole la culpa al otro… ¿En la vida real las cosas son de otra manera? Según los feroces papeles de Sam Shepard, como que no.
“Venga, intentemos seguir…”




Por su parte el “Sueño de invierno” está rodada en la Capadocia turca, donde la naturaleza se ha recreado consigo misma a base de bien, y donde, por cierto, no hay coyotes aunque sí hermosos caballos salvajes. Y, ¡cómo no!, turistas japoneses. Allí, en un acogedor hotel apartado del mundo, que no de las tarjetas de crédito de los nipones, transcurre la historia que nos ocupa. Una historia tan vulgar como interesante, universo Chéjov con pinceladas de Shakespeare, música de Schubert, resonancias de Dostoievski (e ingredientes de cosecha propia de los guionistas) libremente adaptados y sutilmente enhebrados en el guión por el director y su parienta, Ebru Ceylan. Y descansadamente narrada (y montada), brillantes diálogos y bellísimas  imágenes de paisajes desolados o, en su caso, interiores cálidos o fríos hasta la neumonía;  y claro, ahí “embobinados”, nos encontramos, al menos eso le ocurrió a servidor, tan a gustito que, a pesar de su larga duración de más de tres horas, la peli se hace muy, pero que muy corta. Leo que Jane Campion, presidenta del jurado del festival de Cannes que otorgó a esta película su máximo galardón, la espiga de Oro, aseguró que “podía haber estado viendo la película otras dos horas más”.



Afirma el director del film que le gustan mucho los diálogos y el teatro. Y se nota. Incluso cuando narra con esas poderosas metáforas visuales. Cada acto de la película es un paso más del proceso crítico (que en las hirientes réplicas devienen autocrítico) de destrucción de vínculos y relaciones y autodestrucción catártica. El personaje central, maduro actor retirado, escritor, periodista, empresario hotelero, filántropo “anónimo” pero controlador, experto en eludir “retóricamente” responsabilidades y en devolver, convenientemente embarrados y “enmelonados”, los balones “de culpa” que le llueven en su “propia” área, es además el casero que desahucia “sin conocer los lamentables detalles”; el marido que ata, anula y humilla, “inconscientemente”, a su jovencísima esposa; el hermano que aplasta y ningunea a la infeliz y aburrida divorciada; el poderoso que “concede favores como si fuese Dios en la cima de una montaña”… el intelectual, “concretamente humano”, consciente, para sus adentros, de su poquedad y dependencia, y aterrado ante un final de trayecto lleno de soledad “sin compañía” (¿subordinada?).



Aviso: Más de una pedrada de las que intercambian los personajes puede acabar descalabrando al espectador. Es lo que tienen los cuentos morales, (contados en los papeles, los escenarios o el celuloide, y desde cierta ética, claro).


ELOTRO

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Y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira están engordando y se vuelven cada día más pesadas, listas para la vendimia.
John Steinbeck, “Las uvas de la ira”.



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