Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 1 de diciembre de 2016

05 de noviembre / 2016




La norma marxista que Fredric Jameson se impuso:
¡Siempre historizar!

Un escritor de primera línea escribe sobre otro escritor de primera línea, Sebald sobre Handke. Y son contemporáneos, y por lo tanto, y no es un dato baladí, además de compartir oficio comparten mercado, así que en última instancia son productores-vendedores-competidores (ante la industria editorial, la crítica y los lectores). Por entonces, años ochenta, Sebald era un entusiasta admirador de la obra de Handke, con el tiempo ese entusiasmo fue perdiendo intensidad hasta llegar a un frío distanciamiento, a un declarado rechazo de su “nueva” obra –en sus palabras aquella que escribió después de los primeros veinte años de fecunda y brillante labor-, aunque bien es cierto que no se desdijo de sus públicos elogios a aquellas primeras obras de juventud y temprana madurez.
Una periodista, que lo visitó en su despacho para entrevistarle poco antes del accidente que provocó su prematura muerte, se percató de que el retrato de Handke que colgaba –la huella del polvo acumulado así lo atestiguaba- en una de las paredes junto a la de otros escritores favoritos de Sebald, había sido recientemente descolgado y penaba, depositado en el suelo, su nuevo estatus…(Sebald corroboró)

Se ocupa Sebald, en “Pútrida patria”, de la novela de Handke, “La repetición”. Nos señala páginas “…con lo más hermoso de la literatura en lengua alemana de los últimos decenios” donde narra la figura de un vulgar camarero inmerso en sus quehaceres cotidianos a los que añade algunas ‘escenas’ llenas de ecos tan oscuros como poéticos. O subraya la plasmación y encarnación del concepto paranoide de patria en la Austria postimperial –uno de sus propios temas recurrentes-  que debe inexorablemente “extenderse a costa de otras patrias”… o esos apuntes sobre las fronteras y el folklore, se entiende que el propio, “cuyo significado en última estancia es la negación de todo lo extranjero”.

Las coincidencias temáticas e incluso en la construcción de los personajes, narradores o no, entre Sebald y Handke son numerosas. En cierta medida se puede decir que ambos cuentan una historia que es, además, la suya. El abandono (provocado por las miradas hacia atrás o nostalgias devoradoras), y los regresos al  seno -o cepo, huida y parálisis- familiar (“no dejaba en paz a los parientes sino que… se les estaba muriendo todos los días” o “era recibido con la habilidad para servir convertida en segunda naturaleza por las mujeres… le puso una taza delante, como si fuera un gran señor, un huésped inesperado”) y de la patria (“en busca del cambio de una existencia oprimida a una posición de orgullosa indomabilidad”.)




La naturaleza viajera, también interior, con claras resonancias homéricas y también kafkianas de sus personajes: “salvarse en el flujo de transeúntes” o “viajar y estar en el camino se convirtió en su verdadero hogar… (…) …el modelo profesional que el narrador ha elegido para su labor narrativa es el del peón caminero, al que incumbe en la comunidad la conservación del camino…(…)…lo mismo que el escritor vive en su carcasa (…) el centro del mundo (…) isla de calma”

“El narrador anima las palabras y, por ellas, las cosas”. Ciertamente narrar puede surtir un efecto saludable. “Aprender y enseñar son en la obra de Handke formas de conservar el mundo”, afirma Sebald con todo el peso de la razón que aporta, pienso yo, la obra de ambos.


En tiempos de invisibilización, de lo real y de los mecanismos ocultos del poder y su reproducción, y siguiendo a Lukács y Benjamin, podríamos afirmar que una, si no la más, de las formas revolucionarias del NO, es sin duda, en el marco de los antagonismos de clase, la lucha práctica de los trabajadores frente al Estado capitalista, actuando a la manera de un disolvente de la superficie “reificada” (enajenada, cosificada, velada...) de la realidad, de lo real inmediato que, así embozado y convenientemente situado fuera de alcance, escapa a nuestra capacidad de conocimiento y, por lo tanto, de aprehensión y comprensión... lo que impide de hecho, -y este es el asunto sobre el que hay que arrojar luz y situar el foco- a las clases sometidas y explotadas, dado el caso de su inexcusable transformación radical, revolucionaria.

La moral sexual es un paliativo de los celos. Tiende a evitar la confrontación con la capacidad viril de otro. Los celos son el temor a esa confrontación.
(Pavese)


ELOTRO

“Contornos imprecisos en la niebla” Kafka.


***

martes, 29 de noviembre de 2016

04 de noviembre / 2016



“La lectura tiene siempre un efecto perturbador (El Quijote) y delictivo. La lectura en Arlt lleva a la perdición”
(Piglia)

Una pincelada de Proust:
“Desgraciadamente, esos maravillosos lugares,
las estaciones, de donde sale uno para un punto remoto,
son también lugares trágicos; porque si en ellos se cumple el milagro por el cual las tierras que no existían más que en nuestro pensamiento serán las tierras donde vivamos, por esa misma razón es menester renunciar, al salir de la sala de espera, a vernos otra vez en la habitación familiar que nos cobijaba hace un instante. Y hay que abandonar toda esperanza de volver a casa a acostarnos cuando se decide uno a penetrar en ese centro apestado, puerta de acceso al misterio, en uno de esos inmensos talleres de cristal, como la estación de Saint-Lazare, donde iba yo a buscar el tren de Balbec, y que desplegaba por encima de la despanzurrada ciudad uno de esos vastos cielos crudos y preñados de amontonadas amenazas dramáticas, como esos cielos, de modernidad casi parisiense, de Mantegna o de Veronés, cielo que no podía amparar sino algún acto terrible y solemne, como la marcha a Balbec o la erección de la Cruz.”
(Marcel Proust / A la sombra de las muchachas en flor.)





“Para Arlt, el que tiene dinero esconde un crimen”
(Piglia)



Lo que es, lo que debería ser… lo que yo te cuente.
Todo apunta a que la inmensa mayoría de los artistas e intelectuales creativos “consentidos” (ya no digamos los financiados y promocionados directamente) por el Sistema comparten incondicionalmente un principio básico: “Lo real es falso (tal como es), hay que construir una copia verdadera (tal como debería ser)”. De donde parece deducirse que lo real está “demasiado cerca de la vida”, y eso pide a gritos una “mediación” cosmética, una representación desde la ficción. De tal manera que, el que fabrica la copia, nos da lo real bajo su forma juzgada, cribada, seleccionada. Ya se sabe que la clave de toda selección es lo que se excluye, se borra, se silencia, se extirpa. Resta entonces una realidad truncada, inconclusa, vista al sesgo aunque, eso sí, perfectamente embozada. ¿Ver la realidad a través de la ficción?
Pero si no se conoce “el original completo” es francamente difícil por no decir imposible, echar en falta la parte o partes previamente escamoteadas. Ya no digamos si el concreto sujeto receptor, consumidor, se encuentra irreflexivamente predispuesto, consciente o inconscientemente, a tragar con “todo” lo que le sea suministrado por parte de su proveedor-emisor, digamos, de confianza. A partir de ahí no resulta dificultoso confundir lo real con la fabricada interpretación que, acríticamente, se ha recepcionado, deglutido, digerido y por fin asimilado.
En nuestra sociedad, y esa es una las leyes de funcionamiento de sus mecanismo ocultos, toda subjetividad está inscrita en una inmensa red de interrelaciones que canalizan, en mayor o menor grado según la coyuntura y el contexto, las emisiones (datos, informaciones, ideas, formas, imágenes, palabras claves, jergas codificadas, significantes y significados, conceptos…elaboradas –reelaboradas a conveniencia- en su mayor parte por los amos de los medios de producción mental desde su indiscutible posición dominante) y recepciones (de las que, al menos en parte, no se libra ya nadie que ocupe posición subordinada –y no es fatalismo melodramático- en ningún rincón del planeta).
Y con esos “sabrosos” y verosímiles ingredientes, nosotros, ilusos alienados, ¡nos hacemos nuestra propia idea de las cosas y del mundo!

(Mientras mecanografío estas líneas estoy pensando en los “sucesos insólitos” -cuyas conexiones nunca se ven- que acontecen en Siria, en Yemen, en Ucrania, en el Mar de la China Meridional, en México, en mi barrio madrileño, Moratalaz…)




Carta a la vidente  / Juan José Saer

En la gran tradición de iluminados ocupo, continuamente, el último lugar. Y no hablo en sentido cronológico sino jerárquico: el sopor, la somnolencia, la miopía llenan mi carta de presentación. Del maremagnum frenético de Petronio no he retenido más que una frase: “Un día no es nada: el tiempo justo de volverse uno mismo, y sobreviene la noche”. En esas condiciones la pereza no es, por lo tanto, un vicio, sino un tema ontológico. Ahora bien, ¿qué ve un hombre entre dos sueños, cuando no ha terminado todavía de desembarazarse del primero para caer en seguida en el segundo? No ve nada. Porque ver, señora, no consiste en contemplar, inerte, el paso incansable de la apariencia sino en asir, de esa apariencia, un sentido. En una palabra, el trabajo vertical, como el del rayo, del iluminado, que usted conoce y emplea, o por el que usted es, más bien, empleada. Por eso le venía diciendo que en la gran tradición de iluminados yo ocupo, continuo, invisible, el último lugar. El sopor, la somnolencia, la miopía: y la mano también, que, en esa penumbra, se mueve, inequívoca, cerrándose, abriéndose, mostrando abierta, lisa, que no ha aferrado nada. Lo grande, la subespecie, en relación con el sopor y con la mano, es, usted ya lo adivina, la oscuridad. La gran masa magnética, negra, que tira hacia el fondo, uno a uno, nuestros gestos. En esa negrura que es el mundo realizo mi trabajo desganado, torpe, a reglamento. Mi musa, por llamarla así, es, si se quiere, manual. La mecánica súbita del rayo, si a veces me toca, no es útil entre tanta oscuridad. No le mando, por lo tanto, nada. Nada que someter a su videncia. El universo monótono, opaco, no difiere de los fragmentos monótonos, opacos, que quedan en mí. Y si hablo ahora, por esta vez, sin mediaciones, en primera persona, es para mostrar claramente que, a través de mí, ninguna alteridad se manifiesta, nada que no esté en los manchones fugaces, fugitivos, intermitentes, cuyos bordes están comidos por la oscuridad, y a los que llamamos el mundo. De esta carta de semiciego, no le pido que saque ninguna conclusión. Porque una conclusión está siempre detrás y es, en relación con las partes, un “otro”. Ahora bien; para un ciego puede muy bien existir la alteridad, el conjunto, el todo. Un ciego goza del derecho a la imaginación. Un miope debe ser modesto: la mancha móvil ocupa todo su reducido campo visual y aniquila, sin malignidad, lo demás. El ciego, lejos como está del mundo, puede, con una intuición vertiginosa, aferrarlo. El miope está demasiado cerca de unos pocos fragmentos como para salir, de un salto, a la llanura.
De un hombre que cabecea, entonces, ¿qué se puede esperar? Nada como no sea una hilera de fragmentos, espesos, en bruto. Que el mundo resplandezca en ellos, si uno de los modos del mundo es el resplandor.

El todo: fragmentos construidos como tales y que son después soldables entre sí, es decir, explicados como unificables.
(Pavese)



El actante (*)
“Según Habermas el psicoanálisis freudiano propone fundamentalmente una reescritura, una reelaboración novedosa de la vida narrativa implícita del sujeto: así que lo que sale a la luz finalmente es (…) la capacidad de la narrativa para reestructurar nuestra representación ‘imaginaria’ de ese “actante” que es el yo, el ego, la primera persona o como se quiera denominar”
(Fredric Jameson)

(*)Actante, término originalmente creado por Lucien Tesnière y usado posteriormente por la semiótica para designar al participante (persona, animal o cosa) en un programa narrativo. Según Greimas, el actante es quien realiza o el que realiza el acto, independientemente de cualquier otra determinación.


ELOTRO

Una hora llena de fuerte pasión es más larga que una hora de reloj. Nótese que el tedio es una pasión fuerte.
(Pavese)



***

domingo, 27 de noviembre de 2016

03 de noviembre / 2016






“Hacer el “mito” sumergiendo la realidad fantástica en el pasado y en la lejanía.”
(Pavese)


Walter Benjamin:
Hay  palabras o pausas que nos hablan de ese invisible extraño: del futuro  que se las dejó aquí olvidadas.
(W. B. / Infancia en Berlín hacia el mil novecientos)

“El primer armario que se abrió cuando yo quería fue la cómoda. […] ahí me encontraba con mis calcetines,  que descansaban amontonados y enrollados de modo que cada uno de los pares fingía ser una pequeña bolsa. Nada me causaba más placer que ir hundiendo mi mano en su interior […]. Lo que me atraía hacia su hondura era lo que llamaba ‘el contenido’, , que mantenía dentro de mi mano en el interior siempre enrollado. Cuando lo agarraba con el puño para confirmar su posesión […], comenzaba ya a desarrollar la segunda parte de aquel juego, que me conducía de inmediato a un descubrimiento emocionante. Ahora desplegaba ‘el contenido’ desde el interior de aquella bolsa. Lo acercaba a mí cada vez más, hasta consumarse la sorpresa: ‘el contenido’ salía de su bolsa, con lo que ambos dejaban de existir. No me cansaba de poner a prueba esa verdad enigmática: que forma  y contenido, la envoltura y lo envuelto, son lo mismo. Lo son en forma de una tercera cosa: el calcetín en que ambos se transforman.”
(…)

“En mi infancia yo fui prisionero del viejo y el nuevo barrio del Oeste. Todo mi clan vivía en ambos barrios con actitud que era mezcla de obstinación y dignidad, lo que los convirtió en un gueto que mi clan entendía como un feudo. Me quedé encerrado en este barrio de propietarios sin tener conciencia de otros. Para los niños ricos de mi edad, los pobres existían solamente en forma de mendigos. Y mi conocimiento avanzó mucho al ver brillar un día la pobreza del trabajo mal pagado.”
(…)

“No lograr orientarse en una ciudad aún no es gran cosa. Mas para perderse en una ciudad, al modo de aquel que se pierde en un bosque, hay que ejercitarse. Los nombres de las calles tienen que ir hablando al extraviado al igual que el crujido de las ramas secas, de la misma forma que las callejas del centro han de reflejarle las horas del día con tanta limpieza como un claro en el monte. Ese arte lo he aprendido tarde.”
(…)

No sé bien si se debe a la estructura de los aparatos o al recuerdo, pero aquellos ruidos de las primeras conversaciones telefónicas se encuentran presentes en mis oídos de forma muy distinta a los actuales. […] Pocos de sus usuarios actuales saben que la aparición de aquel teléfono de repente, en el seno de las familias, fue devastadora. El ruido con que el teléfono sonaba entre las dos y las cuatro, cuando un compañero de colegio quería hablar conmigo, equivalía a una señal de alarma, la cual no perturbaba solamente la siesta de mis padres, sino también la época de la historia en cuyo seno ellos descansaban. 

Walter Benjamin / Infancia en Berlín hacia el mil novecientos



Y Marcel Proust y el teléfono y las operadoras:

"Para que este milagro se efectúe no tenemos más que acercar nuestros labios a la tablilla mágica y llamar -con insistencia, demasiado excesiva a veces, convengo en ello- a las Vírgenes Vigilantes, cuya voz oímos todos los días sin conocer nunca su rostro, y que son nuestros Ángeles de la Guarda en las tinieblas vertiginosas, cuyas puertas vigilan celosamente; a las Todopoderosas por cuya intercesión surgen a nuestro lado los ausentes sin que nos esté permitido verlos; a las Danaides de lo invisible que incesantemente vacían, colman, se transmiten las urnas de los sonidos; a las irónicas Furias que, en el momento en que susurramos una confidencia a una amiga, con la esperanza de que nadie nos oiga, nos gritan cruelmente: <<¡Escucho!>>; a las siervas perennemente irritadas del Misterio, sacerdotisas recelosas de lo Invisible - a las señoritas del teléfono." 

Proust. " En busca del tiempo perdido- III El mundo de Guermantes"


Como es sabido –escribe Sebald en ‘Pútrida patria”- Kafka padecía una leve “fonofobia” (del griego “voz” / “temor”).
Yo no tenía noticia. La palabra “fotofobia” no está recogida en el diccionario de la RAE, que te desvía vete tú a saber por qué a fotofobia, que sí es de su gusto. Pero en la red encontramos su definición:
“Las personas que padecen fonofobia sienten un miedo irracional a los ruidos fuertes. La fonofobia es un trastorno de ansiedad y no una enfermedad auditiva.”


Y una de Adorno:
«No se admiten cambios.
Los hombres están olvidando lo que es regalar. La vulneración del principio del cambio tiene algo de contrasentido y de inverosimilitud; en todas partes hasta los niños miran con desconfianza al que les da algo, como si el regalo fuera un truco para venderles cepillos o jabón. Para eso está la práctica de la charity, de la beneficencia administrada, que se encarga de coser de una forma planificada las heridas visibles de la sociedad. Dentro de esta actividad organizada no hay lugar para el acto de humanidad, es más: la donación está necesariamente emparejada con la humillación por el repartir, el ponderar de modo equitativo, en suma, por el tratamiento del obsequiado como objeto. Hasta el regalo privado se ha rebajado a una función social que se ejecuta con ánimo contrario, con una detenida consideración del presupuesto asignado, con una estimación escéptica del otro y con el mínimo esfuerzo posible. El verdadero regalar tenía su nota feliz en la imaginación de la felicidad del obsequiado. Significaba elegir, emplear tiempo, salirse de las propias preferencias, pensar al otro como sujeto: todo lo contrario del olvido. Apenas es ya alguien capaz de eso. En el caso más favorable uno se regala lo que desearía para sí mismo, aunque con algunos detalles de menor calidad. La decadencia del regalar se refleja en el triste invento de los artículos de regalo, ya creados contando con que no se sabe qué regalar, porque en el fondo no se quiere. Tales mercancías son carentes de relación, como sus compradores. Eran género muerto ya desde el primer día. Parejamente la cláusula del cambio, que para el obsequiado significa: “aquí tienes tu baratija, haz con ella lo que quieras, si no te gusta, a mí me da lo mismo, cámbiala por otra cosa”. En estos casos, frente al compromiso propio de los regalos habituales, la pura fungibilidad de los mismos aún representa la nota más humana, por cuanto que permite al obsequiado por lo menos regalarse algo a sí mismo, hecho que, desde luego, lleva a la vez en sí la absoluta contradicción del regalar mismo.
Frente a la enorme abundancia de bienes asequibles aun a los más pobres, la decadencia del regalo podría parecer un hecho indiferente, y su consideración algo sentimental. Sin embargo, aunque en medio de la superficialidad resultase superfluo –y ello es mentira, tanto en lo privado como en lo social, pues no hay actualmente nadie para quien la fantasía no pueda encontrar justamente la cosa que le haga más feliz-, quedarían necesitados de regalo aquellos que ya no regalan. En ellos se arruinan aquellas cualidades insustituibles que sólo pueden  desarrollarse no en la celda aislada de la pura interioridad, sin sintiendo el calor de las cosas. La frialdad domina en todo lo que hacen, en la palabra amistosa, en la inexpresa, en la deferencia, que queda sin efecto. Al final, tal frialdad revierte sobre aquellos de los que emana. Toda relación no deformada, tal vez incluso lo que de conciliador hay en la vida orgánica misma, es un regalar. Quien dominado por la lógica de la consecuencia, llega a ser incapaz se convierte en cosa y se enfría».


ELOTRO

“Interrupciones: imaginemos a Robinson Crusoe visitado todas las tardes por un crucero con turistas.”
(Piglia)


***

viernes, 25 de noviembre de 2016

02 de noviembre / 2016






“Ninguna trampa tan mortífera como la que
uno se prepara a sí mismo”
(Raymond Chandler)


En los últimos días he visitado tres exposiciones. Una de ellas, la de Renoir en el Thyssen, como ya va siendo triste costumbre en este museo, un fiasco. Las otras dos en la Fundación Mapfre, realmente extraordinarias.

La obra de Renoir, fuera de la relevancia contextual del grupo impresionista, ha soportado mal el paso del tiempo. El más genuino impresionista de todos los etiquetados como impresionistas ha quedado en buen artesano que aportó al oficio una peculiar y efectista maniera de fijar la luz, aplicando el color mediante una pincelada “resbalosa” que mezcla, difumina y confunde los límites y las atmósferas. Y colabora así a la celebrada vibración de formas y luces tan propias de la tierna, risueña y, de puro almibarada, estomagante mirada impresionista. En resumen, obras de bella caligrafía (y groseramente coyuntural) pero cuyo fraudulento e idílico contenido, por contraste en lo moral sumamente indecentes y en lo político claramente reaccionarias, oculta o falsea la realidad social "que proclama mostrar". Autor de miles de piezas, Renoir, nos ha legado una docena de “obras maestras impresionistas” que sostienen su prestigio bajo el peso aplastante de innumerables muestras de mediocridad.
De la expo del Thyssen sólo se salvan algunos “cachos” de pintura, la casi totalidad de lo mostrado, y eso que era un incansable currante, rezuma torpeza y desgana ‘mental’. A efectos artísticos nunca pasó de decorador de porcelanas (que así empezó), lisa y llanamente un fiel servidor del ‘buen gusto burgués’. Pero el éxito de crítica y público lo tiene (y tendrá por mucho tiempo) asegurado. Desde “el sentido común” vigente, el impresionismo sigue siendo, ¡para la mayoría bienpensante, contante y sonante!, un movimiento muy audaz, de atrevida belleza, ¡vanguardista!
Cien años después, tras las múltiples vanguardias y los miles de “ismos”, es lo que pita.





Los fauves, la pasión por el color
Veinte años antes del fallecimiento de Renoir, que siguió pintando hasta el último momento incluso con el pincel atado a su mano inutilizada por la artrosis, comenzaron los fauves (fieras) con su particular odisea vanguardista. Los Matisse, Marquet, Derain, de Vlaminck, Manguin… que habían bebido de las fuentes del posimpresionismo, Van Gogh, Cézanne y Gauguin… dieron un paso más allá –por supuesto que sin romper nada- en los planteamientos –ya digo que nada que ver con la ruptura radical que poco después  significó el cubismo- de forma (más sustancial e innovadora) y contenido (tibio) que habían heredado las “fieras” de sus mayores.
La selección de obras, algunas de ellas verdaderamente icónicas, muestra un nivel excelente, muy completo en calidad y variedad y muy instructiva y representativa de aquél movimiento al que, por cierto, se sumó durante un corto periodo (‘duró lo que duran las cosas nuevas’) un joven Braque
Un gozo de exposición que, si les pilla a mano, no hay que perderse.

Por último la muestra del fotógrafo norteamericano Bruce Davidson. Últimamente ando saturado de tanta fotografía supuestamente “artística”, “de culto” o “maldita” (a lo García Alix), como le tratan de vender a uno desde las paredes de galerías o museos “contemporáneos”. Rara vez encuentro alguna obra que me interpele (debo de ser una momia del siglo XIX), que frene mi “desfilar” apresurado y desatento, desencantado, hastiado de tanta vaciedad dentro de tanto presunto prodigio “técnico”.
Nada que ver, afortunadamente, con este estupendo fotógrafo del que sólo conocía –y no siempre la autoría- algunas obras “sueltas” con las que había tropezado casualmente en exposiciones colectivas, en la red o en publicaciones en papel.
Y esa es la gran diferencia, digo contra la engañosa visión fragmentada y mutilada, que supone esta cuidadísima exposición. Davidson realiza grandes series (no es la pieza suelta, que lo escamotea, sino el conjunto el que ‘porta el significado’) que documentan y conforman la vida ‘real’ de individuos y grupos humanos (norteamericanos, galeses, mexicanos…), y lo lleva acabo con mirada aguda, minuciosa y en profundidad, que no “injerta” ornamentos artificiales y, al mismo tiempo, abarcando también largos periodos de tiempo, tanto la dimensión privada como la pública. No es la otra cara del sueño americano, es la pesadilla cotidiana de una buena parte de esos norteamericanos (primordial fuente nutriente de su obra), o no, que no “salen” en ninguna  “foto oficial”…

Hasta el 15 de enero de 2017 en las salas de Mapfre en la calle Bárbara de Braganza.



David Goddis, el mejor autor de policíacas, para Onetti y Piglia. A propuesta de Onetti acordaron mantenerlo en secreto. Lo cuenta Piglia en su diario.


ELOTRO


***



***

miércoles, 23 de noviembre de 2016

01 de noviembre / 2016




“Yo tiendo a creer que, en ocasión de orar por su pan de cada día, el obispo incluye en esa petición cosas en las que el sacristán no piensa.”
(Bernard Mandeville)


Un tuit:
Cuando ya dábamos por sentado que incumplieran sus promesas electorales una vez en el gobierno, ahora también en la oposición. Aprendizaje de la sumisión.


“La política –escribe Camus- no es la religión, o entonces es la inquisición.” Me parece que Camus es un escritor que siempre arranca muy bien –arriba una muestra-, que promete, que alimenta múltiples expectativas… que lamentablemente rara vez acaban por asomar la nariz. Estoy en plena lectura de “El hombre rebelde” y, por ejemplo,  su texto sobre la violencia “terrorista” (Los criminales delicados, los llama) de los anarquistas y nihilistas rusos me parece penoso, absolutamente desacertado. Casi siempre se queda a medio camino, no culmina, o no puede o más bien –es lo que trasciende- no quiere. Confuso. Pierde fuelle, flaquea y  ya desorientado se rinde ante el primer desvío que le prometa un área de descanso, aunque luego el señuelo obligue a cambiar de sentido (remember Argelia y su poco virtuosa posición ante la represión y las torturas, o la desenfrenada “pasión por los cochazos deportivos y las fiestas y mansiones de Gallimard”). Un sinsentido (que no un sindiós) en el que, sin embargo, pareció acomodarse (hamburguesarse) con sumo deleite y gran rapidez.

Reconozco que, por el contrario, Camus gana en las frases y citas cortas, aforísticas (“¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no.”), y cuanto más descontextualizadas mejor; el historicismo le incomodaba, y con razón vista a flote y sin complejos su base argumental otrora subyacente. Ejercía de romántico tardío, también de pose y  aspecto físico, de “atractivo” idealista, era un pensador muy endeble, raquítico, pero asequible y seductor, de valores y creencias “puras” impregnadas de un mal disimulado dogma religioso (y de un “humanismo universal, pero de clase”, Sartre dixit) que, con habilidad, estibaba en migajas aquí y allá y acullá. Tiene además el vicio maquinal de la equidistancia, establecida a capricho (por ejemplo entre cristianismo y marxismo), sobre cuyos metafísicos polos opuestos él se sitúa (algo más que como fiel de la balanza) invariablemente un escalón, o dos, por encima. Y ya acomodado en esa “superior” (determinante) posición “habla desde la altura irrompible de su propio ego” que decía Onetti de Cela, salvando todas las distancias y alturas, se entiende.

La obra de Camus no ha significado en ningún aspecto de ningún “palo” –novela, teatro, ensayo…- ni el final de algo ni el comienzo de nada; su aportación de epígono no precursor y punto. En suma un escritor, pensador y dramaturgo manifiestamente sobrevalorado por la élite propagandista de la cultura burguesa, que es la suya aposta aunque sea de forma apenas perceptible, y la dominante. Esto es así no sin motivo: legitima el orden establecido- como legitimó la guerra fría- desde la supuesta barricada de enfrente: desde la distorsionada e inofensiva, pero influyente, “seudo rebeldía”.
Ahora bien, que tengan el morro de situarlo al mismo nivel, o incluso cuando se vienen arriba, por encima de Sartre resulta, en mi opinión, sencillamente insensato, y ridículo.

Y aún así, es claro que, a falta de un conocimiento más exhaustivo de su obra, es cierto que se trata de una evaluación algo parcial y peculiar,  y por lo tanto puedo, al menos en parte, estar equivocado. Aunque desde lo que conozco, lo dudo.
Sin embargo espero leer pronto sus “carnets”… veremos si con la “cartografía personal” la cosa mejora… así que ya si eso…


Hoy, un encontronazo feliz. Leo en Fredric Jamenson:
“Este libro –‘Documentos de cultura, Documentos de barbarie-afirmará la prioridad de la interpretación política de los textos literarios. Concibe la perspectiva política no como un método suplementario, no como un auxiliar optativo de otros métodos interpretativos corrientes hoy –el psicoanalítico o el mítico-crítico, el estilístico, el ético, el estructural-, sino más bien como el horizonte absoluto de toda lectura y toda interpretación.”
Y qué quieren que les diga, pues eso, que da gustito.

“Lo que es, ya sea en el texto o en la vida, no siempre tiene significado (a menudo es contingente), mientras que lo que posee significado no siempre tiene existencia real, como ocurre con la utopía o las relaciones no alienadas”
(Fredric Jameson)


Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida.
(Wittgenstein)

“Puesto que el mundo expresado por el sistema total de conceptos es el mundo tal como la sociedad se lo representa para sí misma, sólo la sociedad puede proporcionar las nociones generalizadas de acuerdo con las cuales puede representarse tal mundo... Puesto que el universo existe tan sólo en la medida que es pensado, y puesto que sólo puede ser pensado en su totalidad por la sociedad misma, toma su lugar dentro de la sociedad, se vuelve un elemento de su vida interior, y la sociedad puede verse así como ese genus total fuera del cual no existe nada. El concepto mismo de totalidad no es sino la forma abstracta del concepto de sociedad: ese todo que incluye a todas las cosas, esa clase suprema bajo la cual deben subsumirse todas las demás clases.”
(DURKHEIM)

A quién pueda interesar:

Fredric Jameson / “Documentos de cultura,documentos de barbarie”
La narrativa como acto socialmente simbólico


***



Onetti: No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.


ELOTRO


***