“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos «originales»; significa también, y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decir, y especialmente convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.”

(Antonio Gramsci)

sábado, 23 de junio de 2018

23 junio / 2018



LENIN: PUEBLOS ORIGINARIOS Y PROBLEMA NACIONAL (Gilberto Lopez y Rivas - Entrevista de Nestor Kohan)


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2018 / Diario

El conformismo que nos conforma


El conformismo, está científicamente demostrado pero, vaya usted a saber por qué, no se hacen público los ‘datos’, impulsa el aumento de emisiones de gases de invernadero, especialmente el dióxido de carbono, el canguelo y el metano. Además otra cosa que no es precisamente un moco de pavo: esa casta conformista no hace más que reproducir la violencia coactiva que ha recibido (aunque no la haya percibido) y con la que gustosamente  colabora (aunque no sea consciente). El conformismo teórico (inoculado en las mentes por quienes monopolizan la producción y distribución de significantes- significados mediante un supuesto ‘sistema de instrucción’ que en realidad funciona como un ‘sistema de adoctrinamiento’) idealiza en la práctica a la sumisa casta a la que con orgullo pertenece (como un conformista español que a golpe de corneta se descubre orgulloso de ser español) y que es la que lo lleva a la practica en lo real de la realidad y, por consiguiente y como único resultado posible a su consustancial conformismo, se prohíbe así mismo criticarla no sólo de pensamiento sino sobre todo, y eso es lo que lo delata, en su ‘propia’ praxis (más allá de burdos simulacros de antagonismos –del tipo mi trapo contra tu trapo- que nunca pasan -¡la prueba del algodón de los hechos mondos y lirondos!- de pura charlatanería o postureo tan virtual y mediático como efímero).





En esa concreta praxis, el conformista (no confundir con el ‘conservador’), asume sin margen de duda –curiosamente para eso, para no dudar del dogma, siempre va ‘arremangado’- que le toca resignarse, que debe asumir obedientemente su posición de sometido en las relaciones de dominio, al ‘esto es lo que hay’ (y no como aquella otra casta ‘más materialista’ que ora y mora un escalón más arriba, al ‘esto es lo que tengo… que conservar’), a una vida ‘que le ha tocado en suerte en la rifa de la diosa Fortuna’ dedicada a producir, consumir (y, ‘Dios mediante’ uno de cada cien mil, a triunfar, o sea, la ‘ineludible y ejemplar’ excepción de la regla), sin que en ningún momento se le pase por la cabeza (pensar es producir decía aquel, aunque se trate de  catecismo) nada parecido a cuestionar la ‘aparente e inalterable realidad inmediata’ en la que está incluido y que, a sabiendas o sin saberlo, le aliena y, ya puestos a imaginar, a partir de ahí transformar la vida (entiéndase más allá de cambiar de pantalla hipnótica,  de canal o marca de ‘red social’).

El conformismo frente al dogma, digo su asunción acrítica, por otra parte ha producido históricamente frutos inesperados. Por ejemplo cuenta Rafael Chirbes que el consumo de bacalao se había extendido en los países cristianos gracias a la imposición del largo periodo de abstinencia de la cuaresma. Lo que demuestra que 'el bacalao' de la historia, a la que no pretendo abaratar, hay que mirarlo incluso de espaldas. A lo que vamos, que podemos deducir que el conformismo, como posición político-ideológica, tan estéril no es. Ni tan inocente o inofensivo (he conocido a ‘conformistas’ de pura cepa que han encontrado en PODEMOS el ‘lugar’ ideal donde elaborar conformismo de gran pureza vestido del inconformismo teórico más radical… y en los hechos más deshonesto (también consigo mismo, pero más a largo plazo). Y es que el conformismo tiene algo de engañoso cascarón hueco que, cuando menos te lo esperas, llega la hora chunga por excelencia y excreta materia (‘asoma la abundancia, como una culpa que no se puede ocultar’), y en cierto modo se vacía…



¡Si lo sabré yo! ¡Leche! ¡Leche! ¡Y releche! ¡La cosa se está poniendo chunga! ¡Ya no tengo edad para tragar con eso! ¡Ya no soy un chaval, la verdad! Se trata de luchar no sólo contra los efectos sino contra las causas de raíz. ¡Podéis meteros vuestro puto conformismo, activo o pasivo, por el culo!

(Los literatos, de aquí, allá, acullá… ¡Por doquier!, tienen arrebatos terribles, impulsos que los sacan de sus casillas… pero a la hora de la verdad no pasan de ser una patulea de piantes, lloricas, farfulleros y sobre todo pedigüeños de muy buen conformar… carne de pesebre. ¿De qué os quejáis? ¡Idos a tomar por culo!).

ELOTRO


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viernes, 22 de junio de 2018

22 junio / 2018


Tránsito mortal en el «Mediterráneo ampliado»
Manlio Dinucci



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2018 / Diario

Una crítica al capitalismo desde las filas del capitalismo... ¡Y parió la abuela!


Frank Schirrmacher / Ego, “Las trampas del juego capitalista”

“1. Trance

El ejército busca una respuesta a la pregunta de cómo se manifiesta el comportamiento egoísta. Todo comienza, como es de rigor en las historias de la «zona gris», con el trance. Nos hallamos en los primeros años de la Guerra Fría. En algún lugar de Estados Unidos, protegido por muros de hormigón armado de  un metro de grosor y a prueba de bombas, trabajan personas cuidadosamente entrenadas para una misión muy especial: son los soldados que controlan el espacio aéreo estadounidense. Se dedican a contemplar pantallas de radar.
Los soldados buscan pequeños puntos de luz intermitente que aparecen de vez en cuando en sus pantallas. Registran hasta el menor movimiento, no en vano cualquier señal podría ser un avión ruso cargado de bombas atómicas. Les han inculcado que ninguna misión de las fuerzas armadas estadounidenses es más vital que esta.

Entonces suceden cosas insólitas. Un oficial de la fuerza aérea que ha sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial sin sufrir ni un rasguño logra de alguna manera inexplicable la proeza de romperse una pierna en el corto camino que media entre su pantalla y la máquina de café. Otros militares se duermen por momentos y algunos están demasiado ausentes para contestar a una pregunta. A esto se añade la luz artificial, las puertas y pasillos subterráneos, la creciente mentalidad de búnker, y una y otra vez esos circulitos verdes en la pantalla del radar: todo esto refuerza la sensación de estar sentados en las entrañas de un «organismo hipnótico».

«Es difícil mantenerte despierto», confiesa un miembro del equipo, «cuando fijas la mirada durante horas en una pantalla de radar dentro de un espacio oscuro, día tras día, semana tras semana, siempre buscando nada más que esa señal que exige tomar una decisión…» Y esto resulta fatal, pues «un minuto de sueño puede significar una “ciudad aniquilada», escribe un preocupado visitante del búnker en el año 1955.

Un equipo de científicos —economistas, psicólogos y sociólogos— convocado al efecto por los militares trata de registrar las ausencias en los rostros iluminados de verde de los controladores. Es entonces cuando se dan cuenta de que son los ordenadores, esas máquinas vigilantes, los que hipnotizan a los hombres que los manejan.

Esto plantea a los investigadores un problema prácticamente irresoluble: ¿cómo entrenar a los soldados para que resistan el poder hipnótico de sus propios instrumentos?

Entonces, los hombres de bata blanca instalan unas cámaras controladas mediante tarjetas perforadas que registran la fisonomía de los soldados cada 30 segundos. Cada 20 minutos fotografían sus pantallas, anotan diagramas en sus cuadernos, en los que cada hora dejan constancia de los movimientos y las distancias recorridas por los miembros del equipo. Por esa misma época, en Hollywood se ruedan películas de ciencia ficción y de terror en que sucede exactamente lo mismo.

Los científicos hablaban de «sesiones de psicodrama». Sin embargo, el objetivo consistía en calcular matemáticamente el alma de los soldados. No solo las personas debían manejar máquinas, sino que había que enseñar a las máquinas a manejar a las personas. Para ello, las personas tenían que aprender a comportarse de manera que las máquinas pudieran registrar su comportamiento. Con ello, la ciencia ficción se había hecho realidad, porque por primera vez las máquinas no solo registraban movimientos o la gestión del tiempo, sino también «escalas de valores» y sentimientos de personas.

Resulta que muchos soldados pensaban que sus pantallas de radar eran prismáticos sobredimensionados o una «ventana» sobre el mundo. Ahí es donde se podía introducir la solución: había que convencerles de que lo que estaban viendo en la pantalla era un juego, en el que el contrincante, la Unión Soviética, haría todo lo posible por darles el pego: no se trataba únicamente de registrar una señal, sino de ser capaces de predecir en todo momento los movimientos subsiguientes del punto intermitente, que podía ser el enemigo soviético.

Desde que los rusos disponían de la bomba atómica y un único avión podía transportar la fuerza destructiva de toda una flota aérea, había que aprender a cambiar totalmente el pensamiento estratégico. En la paranoia de la época (que todavía no sabía lo que sabemos hoy retrospectivamente), en que se contaba en todo momento con un ataque por sorpresa de la Unión Soviética, la relación humana con la información debía reducirse a un simple código: sospechar siempre lo peor. No sabes qué se propone el otro —inculcaban a los soldados—, pero sabes que su único objetivo es engañarte.

El brillante monitor verde que hipnotiza no reflejaba la «verdad» ni el mundo tal como era. Mostraba, como se dice en un informe de la época, una «cara de póquer». El soldado que controlaba el radar tenía que verse a sí mismo y la pantalla como dos jugadores de póquer. Todo era un juego de cut-throat, como solían llamar a las partidas de póquer, un juego a vida o muerte. Verse como jugador en una partida de póquer mantenía al soldado despierto a través del sistema hormonal, le estimulaba y aguzaba su inteligencia operativa.



El punto de luz intermitente podía ser un simple avión comercial o un bombardero ruso; el hombre que contempla la pantalla del radar debía comprender que la «cara de póquer» no ejecuta movimientos en el espacio, sino jugadas estratégicas y es capaz de reflejar tanto un farol como la pura verdad.

Para no caer en la trampa había una única hipótesis totalmente segura, que como sabían los economistas había funcionado bien en la economía: ser razonable, actuar «racionalmente», significa que cada uno no piensa más que en sí mismo. Para la inteligencia estratégica, esto quiere decir que si todos actúan de esta manera, hay que suponer que cada uno le oculta algo al otro para ganar el juego de la vida.

Así es exactamente cómo cincuenta años más tarde la antropóloga Caitlin Zaloom, quien estuvo trabajando durante dos años de agente de bolsa para su investigación, calificaría el mundo completamente automatizado de los corredores de bolsa. Estos han de centrar la atención en números que ya no tienen nada de fijos y estables, sino que se licúan en tiempo real en las pantallas, convertidos en señales que cambian constantemente. Cada transacción es una jugada, cada jugador solo piensa en sí mismo, hay faroles y ataques por sorpresa, hay armas de destrucción masiva y armas tácticas de alta precisión. Todas las jugadas de todos los jugadores se registran continuamente y las decisiones han de tomarse con tanta rapidez que solo pueden ejecutarlas los ordenadores.

Y lo peor es que estos modelos de la teoría de juegos de la Guerra Fría son los que utilizan hoy los fondos de cobertura. Departamentos enteros de los bancos de inversión se dedican a descubrir rápidamente los propósitos de los agentes de la competencia a partir de una enorme cantidad de datos con ayuda de ordenadores y de la teoría de juegos, y deciden su propia acción en función de esas hipótesis.

Esto no habría sorprendido, ni mucho menos, a quienes concibieron la nueva alma para el hombre nuevo. Incluso podemos decir que ese era el objetivo. No fueron psicólogos los que elaboraron los nuevos modelos de comportamiento y de mentalidad basados en el «propio interés racional» para los militares, sino economistas, físicos y matemáticos. Los primeros conocían bien los mercados, donde cada uno busca su propio provecho. Sus estrategias para una sociedad que sobrevive en el egoísmo no se limitaban a los soldados en la Guerra Fría: proclamaban su validez universal. Tenían que funcionar donde-quiera que hubiera personas tomando decisiones, en el póquer, en los negocios, en las bolsas, en la guerra.

En 1950, el sociólogo estadounidense David Riesman se quejó en su famoso libro ‘La muchedumbre solitaria’ de que en el mundo moderno cada persona se había convertido en un operador de radar de su propia vida. Sus decisiones ya no venían dictadas desde su interior, sino que eran guiadas desde fuera, estando obligada a captar las señales de otros y a readaptar su comportamiento a las circunstancias. Ahora invirtieron su crítica: todo es lógico si se reconoce que el mundo juega con uno al póquer y todos quieren ganar.

Sonaba muy convincente. Cuando trascendieron las primeras informaciones sobre el nuevo pensamiento incluso causó sensación. En el transcurso de pocos años, la RAND Corporation, la organización a la que pertenecían los científicos que examinaron a los equipos de controladores, se había convertido, al socaire del secreto militar, en la fábrica de ideas más potente de Estados Unidos. Ya no se trataba solo de la Unión Soviética. Se trataba de todo el mundo.”

(…)


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