Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 22 de septiembre de 2014

En Frecuencia Modulada...






“La primavera dura todo el año y la juventud toda la vida;
siempre hay algo que crece.”
(Karel Capek)

Con frecuencia –modulada, y ya sabéis por quien- los derechos aparentemente restringidos las más de las veces resultan ser y estar verdaderamente extinguidos. No digo en la literatura de ficción por la ficción.

La realidad dada exige renunciar a la materia de lo real incluso cuando, ya resignados, cohabitamos mansamente dentro de los límites de la ficción dada. Debe de ser que los “dadores” no se fían y por eso no sólo no bajan la guardia sino que siguen bombardeándonos en cumplimiento de su indolora (para ellos) doctrina de “Guerra Preventiva”.

El derecho a la autodeterminación es inalienable con INDEPENDENCIA del argumento. Que no del Régimen dominante, claro está.

El posicionamiento del que te ultraja, también suele mostrar y determinar tu propia ubicación y conducta. Digo en  caso de contraataque.

Como dijo el clásico, se puede uno pasar la vida largando memeces en prosa sin saberlo, ya sea desde la izquierda, desde la derecha o PODEMOS hacerlo desde esa  nueva bancada intergaláctica.

La cultura neoliberal ha dotado a la izquierda, a la derecha y a los no-partidos transversales e intergalácticos, de su propio populismo arrojadizo. La misma mierda con distinto “estilismo”.

Una cosita en la que acabo de caer: No será que el Régimen del 78 es un doble del Régimen del 39. Ahí lo dejo. Echen cuentas.

Salario, precio y ganancia. Promesa, voto y escaño. En la lucha de clases dos contra dos son cuatro, al menos hasta nueva ley (pucherazo) electoral, pero no nos olvidemos de la quinta columna “desinformativa”.

La AUTORIDAD, hace saber: “Que lo inexplicable no precisa de más explicación”, así que, “ipso facto”, dejen de tocarnos los cojones. Advertido queda, y por triplicado.

¿Os podéis imaginar una Constitución española sin la preceptiva supervisión y derecho a veto eclesiástico, militar y financiero? Pues si sí, hasta ahí. ¡No va más!

Más vale tarde que en el XVIII: la decadencia del absolutismo del Régimen monárquico del 78 transita, a pasos agigantados y a Ojos vistas, de latente a incipiente.

Hubo un tiempo en España en el que la Iglesia, el Dinero y la Milicia  no supervisaban ni vetaban las leyes. Claro que por entonces sólo ellos formaban el censo. No es que faltaran sus más y sus menos entre los compadres pero… ni punto de comparación PPSOE!

De una carta de Franco al Führer, febrero de 1941: “Yo considero, al igual que usted, que el destino de la Historia le ha unido conmigo y con el Duce de un modo indisoluble”. Año y medio después y sin romper de labios para afuera con Hitler y Mussolini, Franco ya era aliado secreto, vasallo fiel y servil, de los EE UU.
(Soberanos e intervenidos, Joan Garcés).

Liberas París y…De Gaulle, Presidente del Gobierno francés  en 1945: “Me opondré enérgicamente al restablecimiento de los republicanos españoles en Madrid, haré cuanto pueda para propiciar la restauración de la monarquía en España”.
(Soberanos e intervenidos, Joan Garcés).

En 1953 Eisenhower nombró secretario de Defensa al presidente de General Motors. Nixon, antes de ser Presidente había sido abogado de algunas grandes empresas, Pepsi-Cola entre otras, de EE UU. Henry Kissinger procedía del grupo económico de los Rockefeller. En 2014, el reino de España batalla en los despachos de Troika-Bruselas por conseguir una buena colocación para el traga-yogures-caducados, mister Cañete. ¡Y lo consigue!

ELOTRO

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“Lo que es, lo ve como en un sueño,
Lo que ya no es, se vuelve para él realidad”.
(Goethe)


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viernes, 19 de septiembre de 2014

William Morris, otra vuelta de tuerca a la “Hermandad Prerrafaelita”.






A propósito de William Morris, otra vuelta de tuerca a la “Hermandad Prerrafaelita”.


“Cuando nací y miré a mi alrededor, no me gustaron las gentes de mi clase, ni el servir ni el ser servido”.
(Bertolt Brecht)

Eso que dice Brecht, parece ser los mismito que le ocurrió, ya crecidito, a William Morris que “fue hijo de un próspero comerciante, propietario de minas de cobre y estaño que dejó al morir una fortuna de 200.000 libras de la época, 1847”. No tardó Morris en echar pestes de sus pares y desclasarse –a los cincuenta años-, ideológicamente, hacia abajo: “No hay otro camino, hay que ponerse de parte de las víctimas”.

El caso es que en mi última visita a los libreros de la Cuesta de Moyano le he comprado al librero más facha del hemisferio norte, y el más veterano del lugar, un ejemplar, por el módico precio de un euro (los sábados los salda a 20 céntimos unidad), de “Noticias de ninguna parte”: novela utópica del tal Morris, en traducción, publicada en Barcelona en 1903, de Juan J. Morato –escritor, traductor y tipógrafo socialista-, con prólogo de Jesús Munárriz Peralta y diseño de cubierta de Alberto Corazón. Editada por “Ciencia Nueva” en 1968.




Uno nunca sabe, afortunadamente, con lo que puede tropezar  hurgando en esos montones de libros desparejos que mal apiñados cubren los viejos aunque mil veces repintados tableros que a su vez reposan sobre precarios e inestables caballetes. Y todo ello para contento de paseantes mirones y sobones, bibliófilos y coleccionistas de medio pelo o letraheridos menesterosos que no nos resistimos, más bien nos abalanzamos, a su decaído magnetismo.

William Morris, polifacética figura del pensamiento inglés del siglo XIX -“artesano, decorador, impresor, grafista, poeta, escritor, activista político: redactor de manifiestos, conferenciante y mitinero; pintor y diseñador británico y fundador del movimiento Arts and Crafts”- es el autor de esta novela “…en que se narran magistralmente el paso del capitalismo al socialismo, así como la construcción de este en una supuesta Inglaterra revolucionaria…”. Pero resulta que nuestro polifacético autor, que en los últimos años de su vida debió de disfrutar de una  relación  “especial” con Federico Engels (parece demostrado que tuvo acceso privilegiado a cuadernos y manuscritos de Marx y el propio Engels que no fueron publicados hasta mucho después de su propia muerte en 1896) También cultivó, antes de su intensa y destacada militancia política, una muy especial relación con la “Hermandad Prerrafaelita”.




Una vez más, las coincidencias se eslabonan. En su época de artesano, poeta y pintor (Sólo se conserva de su mano una única pintura al óleo, “La reina Ginebra”, en la Tate Gallery), Morris conoció al crítico John Ruskin, y a artistas como Gabriel Rossetti, Burne-Jones, Madox o Webb, que formaban el núcleo fundamental de la “Hermandad”. Pero además conoció a Jane Burden,  joven de clase obrera, pelo cobrizo, nariz recta, cuello largo y piel pálida que se convirtió en la modelo preferida de casi todos ellos y terminó como “figura icónica” de la máxima expresión de la belleza femenina al buen entender de la Hermandad Prerrafaelita.

Morris, un culto potentado, y Burden, una pueblerina semianalfabeta y pobre, se casaron en 1859, él tenía veinticinco años, ella veinte. Jane Burden además de modelo de Rossetti había sido su amante y parece ser que prolongó ambas actividades, y no fue el único afortunado, después de contraer matrimonio con Morris. La Burden también se desclasó, pero hacia arriba. Morris pagó su educación “privada”, aprendió francés e italiano, a tocar al piano un amplio repertorio clásico más que bien, a refinar modales y conversación hasta “reinar” en los más exquisitos círculos de la clase alta. Hasta Bernard Shaw, compañero de correrías político-socialistas de Morris, la tomó de modelo para una de sus obras (Pigmalión). 




En fin, tomemos nota del doble y paradójico desclasamiento versión “sube y baja”: ella, desde la nada, trepó, vía braguetazo, a la más alta cima de la “miseria”; esa misma cima que vio nacer en alta cuna algodonosa a  Morris y de la que, nada más cobrar conciencia de la ineludible existencia a su alrededor de víctimas y verdugos, de explotadores y explotados, lejos de mirar a otra parte o acomodarse en la indiferencia que le permitía su privilegiado estatus social, huyó de allí  “porque no le gustaron las gentes de su clase, ni el servir ni el ser servido” y pasó a tomar partido al lado de los que nada poseían, de los esclavizados, de los que malvivían de sus manos, de los que creaban la riqueza y al mismo tiempo eran excluidos de su disfrute. En definitiva, de aquellos que luchaban para cambiar aquel estado de cosas. “En marzo de 1884 Morris forma parte del desfile que va al cementerio de Highgate en conmemoración del primer aniversario de la muerte de Marx”.

Pues eso, que se eslabonan las casualidades y poquito a poquito, un libro aquí, un prólogo allá, un blog acullá… se va completando el puzzle, ¿O se trata de un collage?





A riesgo de acabar con la paciencia del improbable lector, sólo un apunte más para terminar. Creo que la estrecha relación, personal y profesional, de Morris con los artistas prerrafaelitas no se debe de confundir -"eso sería sostener todo lo contrario de la verdad"- con que asumiera y aceptara el fundamento “reaccionario” de ese anacrónico movimiento artístico que, como se puede comprobar, él en esencia no compartió. La tal “Hermandad” miraba al pasado y a la tradición pre-renacentista (¡total para qué experimentar e innovar!) con una intención, absolutamente retrógrada e hipócrita, que proclamaba teóricamente una vuelta a la “pureza” del oficio, a sus primitivas técnicas (¿la clara de huevo como panacea?) y, en la misma dirección, a las formas de representación realistas. Sin embargo, basta un somero repaso a sus obras para darnos cuenta de la distancia existente entre lo que pregonaban de labios para afuera y la obra mediocre, formal y conceptualmente,  que finalmente consiguieron llevar a la práctica. La dilatada historia de la propia pintura británica, por no ampliar el abanico, que les precedía les desmiente de forma rotunda: Fuseli, Blake, Hogarth o Turner, todos ellos post-renacentistas y el último casi contemporáneo, poseían una mirada categóricamente “moderna”, e inequívocamente proyectada, tanto en la técnica, la forma o el contenido –con el acento peculiar de cada artista-, a la investigación, la experimentación y la innovación del arte en todas sus facetas, sin por supuesto olvidar ni menospreciar ni acotar temporalmente en ningún caso el conjunto de la rica tradición heredada.




Por su parte, Morris estudió con detalle las artes y los oficios artesanales del mundo medieval, o sea, la tradición popular artesana, por lo que tenían ¡acreditado de manera tangible! como trabajos bien concebidos y bien hechos. Como pocos años después escribió Machado, se trata de artesanos pertenecientes a la cultura popular (“sabiduría analfabeta”) que sólo hacen las cosas si saben -si poseen la formación y destreza necesaria- y pueden -materiales, herramientas y tiempo para su elaboración adecuados-  hacerlas bien. Y si no, por ¡decencia -ética- artesanal!, prefieren no hacerlas. 
Frente a la chapucera producción a gran escala industrial de la época que, en aras del inmoral máximo beneficio, había degrado la calidad del "producto" en cuestión, sobre todo en "mercancías" destinadas al consumo masivo de la plebe -menor "valor", mayor "precio", superior cuota de "ganancia" o estruje de plusvalía-,  hasta límites que él, que, paradojas del desclasamiento, era, también, capitalista financiero y patrón empresarial, consideraba inaceptables. Esa actitud, como se puede entender, nada tiene que ver con una incondicional añoranza  “del idealizado mundo medieval”, sino más bien de unos valores, éticos y morales, pertenecientes a la “tradición histórica y costumbre social de la artesanía popular” que estaban siendo pulverizados por el ciego, irracional y desenfrenado avance del salvaje capitalismo industrial de la época. Recuerden, segunda mitad del siglo XIX (¡Jornadas de 12 horas de trabajo para niños menores de 12 años! en la "avanzada" legislación inglesa de esos años).

En cualquier caso resulta muy instructivo teclear el nombre de Morris en Google o Youtube, y profundizar en el conocimiento tanto de su peripecia vital, como sobre todo, en el de su extraordinaria y variadísima  obra y vislumbrar los valores, éticos, sociales y políticos, que la sustentan. Que es, concretando, de lo que se trata. En mi opinión, claro. Que, modestamente, no pretende ser definitiva.



ELOTRO

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“Todo brilla y nada arde”
(Christophe Miossec)


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martes, 16 de septiembre de 2014

La pequeña libreta negra.





La pequeña libreta negra.
No es posible atrapar con palabras la vida que vivimos, o esa “vida” que quizás soñamos y creemos “vivir”. Sin embargo, se decía, no dejo de intentarlo. Continuamente tomaba notas mentales mientras a su alrededor la vida, en toda su riqueza y complejidad, “sucedía”.
Del mismo modo que cada hecho que acaece, ya sea relevante o nimio borra el anterior, cada nueva anotación “mental” relega o desaloja a la que le precede. Por eso, se dijo, una libreta negra. La escogió de cubiertas negras con una goma también negra y elástica de cierre en vertical. No, no era “Moleskine”, era un mini bloc rayado de 75x105mm. Y la compró, dónde si no, en el chino de abajo, por 1,5 euros. A simple vista daba el pego. Pensó que el formato era pequeño pero, el sonriente chino fue concluyente, se trataba de un modelo de tamaño único. Recordó entonces una foto de Eduardo Galeano, que él mismo había publicado meses atrás en su blog,  donde éste escribía junto a la ventana de un café en Montevideo en una libretita muy parecida y aún bastante más pequeña. Se ve que Galeano sigue escribiendo a mano –recordó un video sobre la figura de Juan Carlos Onetti (Imprescindibles, TVE a la carta) en el que el propio Eduardo explica cómo Onetti le sugirió que aparcara por un momento la máquina de escribir y probase a escribir a mano. Creo, cuenta que le dijo, que por ahí te estás perdiendo uno de los grandes placeres del oficio, “probá a ver”-.  Y probó Galeano y ya nunca dejó de escribir a mano. De demorarse en dibujar las palabras. Ahora, como un Rulfo cualquiera, Galeano escribe (“quitando palabras”) textos cada vez más breves. Puede que eso explique en parte el reducido tamaño de su bloc de notas. Tampoco son descartables las estrictas limitaciones de volumen y peso que imponen los vuelos conocidos como “Low cost”, opción predilecta de esa fracción mayoritaria del gremio de escritores, los enfadosos y mal estipendiados o al revés.
La pequeña libreta negra, se decía, recuerda, con su sola presencia, que las notas deben de ser cortas y concisas. Terminó la anotación y levantó la mirada y,  con gesto automático giró la cabeza para mirar hacia la puerta del cine. Aún estaba cerrado, pero ya varias personas formaban una irregular e incipiente cola que, debido a la fina pero persistente lluvia, se apiñaban buscando refugio bajo el alero voladizo sobre el que reposa el enorme rótulo de la sala. Y allí estaba ella, parecía una diosa meditabunda debajo de su minúsculo paraguas. Y ya no pudo, anotó, apartar la mirada de su rostro. Transcurrido un breve tiempo la cosa pasó a mayores, era ella quien devolvía su propia mirada, mitad cautiva, mitad cautivante; y la sostenía sin tratar de eludir la mía, sin dar señal alguna de desear zafarse de aquel azaroso combate de miradas, donde cada uno tiraba con su mirada del otro, y de improbables mensajes en exclusivos códigos retinianos o de querer dar por terminado aquel imprevisto y singular “intercambio”.
¿Por qué aquella desconocida le había escogido a él y no a otro? A veces se dan curiosas coincidencias, se dijo con petulancia a sí mismo.  Pero él siempre fue de los que prefieren no llegar, a pasarse de listo. Tan engreído como el que más, sí, pero, reconocía, al menos por escrito, que ejercía la egolatría a la cobardina, sin jamás atreverse a bajar a la arena de forma pública y consecuente. Pero aquella mujer, su elocuente mirada, le había dejado confundido, incómodo, o al menos eso escribió. Pensó en un malentendido, ¿otro cine? ¿otra ciudad? ¿otro cruce, sostenido, de miradas a distancia entre desconocidos que no actúan como tales,  en otra vida, en otra parte? ¿otro sueño breve e impreciso que termina sin dejar rastro?
Súbitamente se entristeció, ¿no alcanzaría a saber nada de ella? Sus pezones, sus malditos poetas, sus manías escatológicas, sus posturas favoritas, sus vicios musicales o farmacéuticos… en fin. En esta ocasión ni siquiera había tenido la oportunidad de culparse, se sabía victimista, por su impertinente costumbre de hacer, no de hacerse, “demasiadas preguntas”. Silencios, no solo respuestas, perdidos para siempre. Inquietante.

Fue Luis, el camarero, ¡en qué momento se me ocurrió reírle aquella gracia que maldita la gracia!, se decía, quien le despertó: “¡Luis!, vamos tocayo que te pierdes lo mejor del principio…”, di un respingo y a trompicones recogí mis cosas, pagué redondeando con golosa e involuntaria propina y salí pitando del café, escribió, crucé la calle, había dejado de llover, sin mirar más que la cola de la taquilla que por cierto había engordado y estirado visiblemente y  ya casi se alargaba hasta la lejana esquina. Eché un rápido vistazo en plan barrido a toda la fila de delante atrás y de atrás hacia delante  y nada, ni rastro de la mujer del paraguas.
Súbitamente se entristeció, ¿sólo le quedaría su imprecisa imagen grabada en la memoria? Por otro lado estaba más que acostumbrado a ese tipo de “despertares”, y a resignarse.
Qué se le va a hacer, anotó. Dirigía ya sus pasos hacia el final de la fila cuando escuchó una voz femenina que gritaba, “¡Luis! estoy aquí”. Se volvió, ¡cómo no!, ¡Luis! Y allí estaba ella, la desaparecida diosa del paraguas, la misma que, sacando ahora medio cuerpo (escultural) a la acera desde el interior del vestíbulo agitaba además su pálida y enjoyada mano en inconfundible gesto de eufórica llamada. En ningún momento llegué a dudar, y no sé por qué razón, escribió, de que la llamada era para mi. Sin embargo tardé en reaccionar, continúa la nota, algún mecanismo interior se resistió a ponerse en marcha por espacio de algunos segundos, aunque por fin saltó la chispa y pude arrancar y caminar lenta y nerviosamente hacia ella.
Eso le salvó.
Un mequetrefe de aspecto más que vulgar, un tirillas de cuerpo sucinto tirando a enano y de andar presuroso adelantó por la derecha y le tomó decidido la delantera, veinte pasitos o más bien saltitos  después y llegó a la altura de la diosa y, sujetándose con sus manitas en los inclinados hombros de ella logró auparse, ponerse de puntillas y, ya en posición,  la endilgó un mecánico piquito que ella prolongó sujetándole del cogote y estirando elegantemente el cuello hacia abajo, tal como podemos ver en los documentales que hace cualquier pájara cuando alimenta en el nido a su hambriento polluelo. Entonces volaron hacia el interior del vestíbulo, dejó anotado.
Todo el mundo había entrado al cine, la calle quedó desierta y el pavimento completamente seco. De las bocas de las alcantarillas ascendía un olor como entreverado de orines viejos y mierda. Más allá de la esquina cantaba un bandoneón, nada de bandurrias, sonajas o panderetas, en manos de un tuno, con una lata petitoria en el suelo y rigurosamente uniformado con su jubón, calzas abullonadas, capa y cintitas...

-De no creer Luis, pero el barrio se nos ha llenado de gente así de rara… y, por cierto, a ti qué te ha pasado, ¿Al final no has entrado al cine?
-…
-Toma anda, que te lo has dejado olvidado con las prisas… joder tío, ¿te ha dado ahora por la pornografía?
-No y sí, Luisito, mi camarero/vigilante preferido.

Recuperé la libreta negra, que no sabía que había perdido, y me quedé el CD. Por la exagerada propina fatalmente propinada, por el trasquilado o esquilado o como se diga al que había sido sometido, y como tangible souvenirs. Y porque sólo de sueños, en esta parte, no se vive.

ELOTRO

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viernes, 12 de septiembre de 2014

MIL VECES BUENAS NOCHES, de Erik Poppe






MIL VECES BUENAS NOCHES

Bueno la película la ha dirigido Poppe y el tal Erik figura como su “autor” pero… la película existe, es decir, se rodó, gracias a que Juliette Binoche, (tras el fracaso del plan A que pretendía un film completamente escandinavo) leyó el guión y aceptó el trabajo (¡Y acudió el dinero al plan B!). Lo cuenta el propio realizador en la papela que regalan a la entrada del multicine (y que por cierto veo expuestas en las mesas y tablones de anuncios de la biblioteca pública de mi barrio). O sea, como decíamos en la anterior entrada sobre la Deneuve, una peli de Juliette Binoche.


“JULIETA: Mil veces, buenas noches
ROMEO: Mil veces malas, por faltar tu luz”

Sí, Shakespeare es una mina inagotable. Y además apropiarse de su talento, en este mundo gobernado por piratas defensores de “sus” derechos de ladrón, sale gratis. Erik Poppe debe de ser un tipo listo curtido en mil batallas: fotógrafo de guerra o “¡¡zonas de peligro!!”, fotografía de cine, fotógrafo publicitario, director de anuncios publicitarios, realizador de films… y sobre esta peli nos dice que es una historia casi autobiográfica. El tipo miente como un bellaco, sin arte.





Miente cuando dice que nos muestra “el sufrimiento de miles de personas en el tercer mundo”; y lo que verdaderamente muestra es el “sufrimiento” que los mismos fanáticos tercermundistas (moros y negros), se entiende que  las distintas facciones criminalmente enfrentadas, se autoinfligen a falta de cosa mejor que hacer. Ni una sola imagen o palabra sobre las causas, origen, móvil, fundamento, de la violencia, en Kabul, en Kenia,  se nos muestra. Erik no parece tonto, debe de sospechar que esas aclaraciones sobran, que delatarían “el mensaje propagandístico”, que “esas explicaciones ya están suficientemente  enraizadas en las ‘cultivadas’ mentes de los espectadores que, al fin y al cabo, son los que pagan el multimillonario caché de la Binoche, y, claro, el suyo que tampoco es moco de pavo y la propina que se suele embolsar el fondo buitre que financia “el producto”.

Y sigue mintiendo cuando declara: “me siento un testigo, un narrador en una situación privilegiada, que se dirige a un público con ganas de informarse” y plantear un dilema moral y ético “entre lo que se debe y no se debe contar”. Pero, ¿de qué dilema nos habla este tipo?, yo creo que más bien nos toma por idiotas, al menos, dos veces, cuando rueda y cuando publicita la cinta. Cómo puede haber dilema cuando lo que nos muestra (“lo que sale en la pantalla”) es una inextricable nebulosa tan abstracta y oscurecida (¡falta tu luz, Julitte!) que no hay por dónde cogerla, por dónde empezar a analizar “qué” se nos está planteando en la pantalla. Sin embargo el señor Poppe llega a afirmar que: “nos ofrece los acontecimientos reales y los argumentos de las distintas partes”, y esto es lo que considero más ruin e insultante. Lo único que le ha quedado claro a servidor tras el visionado resulta ser aquello “que no” cuenta, o sea, lo que escamotea a sabiendas, el brillante cuento (que no arde porque es de pega) del señor Poppe.
Y no es que yo critique “lo que no está en la obra” y por lo tanto “no es intención ni responsabilidad” del autor sino que trato de denunciar la vileza de hurtar los fundamentos del asunto y luego declarar con todo descaro que su intención es plantear “un dilema” ¿dilema, entre “qué” y “qué”? Él dice que entre lo que se cuenta o no y las maneras, pero su propia película le desmiente. Como desmiente su declarada intención de “perturbar” y concienciar” al espectador. ¿O acaso el dilema se reduce a elegir mirar (porque lo de publicar es de otra película) las fotos de niños negros o moros destripados y comidos por las moscas o a Paris Hilton “pillada” cuando sale del coche sin bragas? Ya digo, este pájaro nos toma por gilipollas.




Pero seamos, por una vez, benevolentes. En realidad el listillo ha utilizado, de telón de fondo, el pintoresco decorado de Kabul y Kenia con sus verdugos y víctimas moritos y negritos incluidos, para contarnos lo dura y sacrificada –coño, que le tiene que dar las buenas noches a sus niñas por Skipe (y la descarada publicidad de Appel debe de haber sido sin querer)- que es la vida de una fotógrafa, eso sí, de alto nivel adquisitivo –por lo oído trabaja para Nueva York, pero queda claro que el que decide si se publica o no y cuándo y cómo, es el Pentágono -¿será un alias?-, que digo yo porque debe de tratarse del que en última instancia estipendia-, no mora, no negra, casada con un Romeo –en realidad un Odín, apolíneo y barbudo-, guapetón, rubio, alto, un padrazo aunque algo cobardón, no moro, no negro, que ejerce de biólogo marino, y madre de dos niñas -una peque y otra adolescente- tan caprichosas como estomagantes cuando abren el pico (por cierto, los supuestos dibujos que hace la niñata adolescente los ha debido de hacer uno de esos amanerados profes de dibujo que publican esos librillos titulados: “Así se dibuja a lápiz” o al carboncillo, o al pastel… que ahí, ¡sí!, la verdad, suelen acertar con el tartazo).

Y va a ser eso, que el bueno de Erik sólo pretende hacer una reflexión sobre su peligrosísimo (Leo que 35 periodistas han perdido la vida en lo que va de 2014 en el mundo. Por el otro lado de la vida  mil veces menos cool y  sólo en España, los trabajadores muertos en accidentes de trabajo suman en el mismo periodo de tiempo la cantidad de 500 (abundan los de la "constru" y, lástima, ningún estadístico, y no sé si incluyen a los moros, negros o sudacas sin papeles), “unos dos y medio” -¡calculan a dedo los hijoputas!- al día, ¡según las estadísticas!) y sacrificadísimo curro, y lo difícil que resulta: ¡Conciliar la vida (la misión digna, íntegra, decente) laboral y (el amor) familiar! 




Pues sí, señores, ese es el dilema que plantea la peli de Erik (eso afirma él y dice que se lo han confirmado numerosos reporteros de guerra amigos), y yo, que por lo visto en la pantalla y leído en la papela publicitaria, sigo sin enterarme, pidiéndole (¡una vez más!) peras de análisis marxistas  al infalible (dogma) del olmo capitalista.

 Escribió Machado: ¡Cuantas veces hemos visto una comedia mala sañudamente lapidada por una crítica mucho peor que la comedia!

Confío que no sea este el caso.

ELOTRO



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lunes, 8 de septiembre de 2014

Teoría kurosawana del origen del estado...





La libertad, por lo que respecta a las clases sociales inferiores de cada país, es poco más que la elección entre trabajar o morirse de hambre.
(Samuel Johnson)



He visto, una vez más y ya no llevo la cuenta, la película de Akira Kurosawa, “Los siete samuráis”. Del mismo modo que los clásicos de la literatura se “releen”, las grandes obras del cine (aquellas que uno ha tenido la suerte de haber conocido) deben ser revisitadas. Las repetidas visitas, si a ellas nos empuja un viejo apetito, amor o vicio no colmado, nunca defraudan; de esos “espesos e ignotos bosques”, siempre sale el afortunado visitante con algo nuevo –que generalmente acaba por importarnos e influirnos- en los bolsillos -¿lentitud o torpeza a la hora de captar? Puede, con los clásicos es raro pinchar en hueso, pero no creo que deba avergonzarme reconocerlo- e invariablemente cada nueva visión, lectura o encuentro (por otra parte ¡nunca experimentada desde el mismo tiempo o lugar!) me aporta un placer extraordinario.
De un libro leído solamente una vez, digamos pasados 5 años, ¿qué somos, digo los lectores corrientes, capaces de retener? A veces sólo una difusa –acertada o engañosa- “valoración” (¿Varió la escala de valores o es el “nuevo lector” el que ahora sí se atreve a “discutir” cara a cara con la obra?) que, tras una nueva visita, resulta diametralmente opuesta. O la sensación de que es la primera vez que entramos en la obra que sinceramente creíamos conocer, quizás porque la nueva visita ha sido realizada en “distintas condiciones” y ha podido captar “distintas resonancias”. O, entre otras varias posibilidades, la certeza de un reencuentro/redescubrimiento  enriquecido con inesperados y sorprendentes hallazgos que en su momento nos pasaron inadvertidos o sencillamente hemos olvidado. Como decía Italo Calvino: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Hablo de este último caso y añado que hay lectores que nos resistimos a dar por terminada “la escucha”.




(“Los peces que se pierden siempre parecen grandes”) El cine de Kurosawa me recuerda, y mucho, el teatro de Shakespeare. (“A veces el dolor te hace reflexionar”) También lo pienso del cine de Orson Wells. Creo que es así fundamentalmente por la “música interior” que impregna sus obras, por lo cerca que sus autores están de la realidad (tiene uno la sensación de que esta gente sabe de qué habla, sabe qué está pasando (¡también en nuestro tiempo!), sabe, y esto es lo difícil, mostrarlo de manera que la gente corriente pueda saborearlo y lo pueda llegar a entender (¡o reconocer en nuestro tiempo!), y sabe que la mayoría de esa gente a la que se dirige, no sabe (¿aún sabiendo?) y además vive confundida en su ficticio “creer saber” aquello que sin embargo no desconoce del todo. Por eso estas obras saben “esperar” –sin duda mientras siguen “creando” porque ha de saberse que las obras clásicas no nacen, se hacen ¡se siguen haciendo! Creo que fue Goya el que dijo que el tiempo también pinta-, saben que volveremos (¡ya nunca soltaremos la jugosa presa!), saben que nuestra sed no puede -¡ni quiere!- ser saciada…”Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. / "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. / "Para saberla antes de morir"), y, supongo, de mis intereses y preocupaciones, incluidas las más intrascendentes. Y no me refiero exclusivamente a “Ran”, su espléndida adaptación de la tragedia “El rey Lear” (delicadamente entretejida con  algunas leyendas feudales japonesas) y que, ahora mismo, y ya es un hábito, me dispongo a disfrutar (¡de nuevo regreso al hurgo - con los ojos, con la mente, con mis propias y actuales “asociaciones de datos e ideas”... son tantas las cosas que retornan del pasado…- una vez más! ).

(“¿Te has olvidado ya de los bandidos del Club Bilderberg? Cuando van a cortarte la cabeza, ¿de que te sirve preocuparte de la barba?”)





Y llegados aquí, les aseguro que no miento, recordé que mi admirado J. M. Coetzze se había referido a la película de los samuráis en uno de sus ensayos y consulté al señor Google:   “Los siete samuráis es una película con un dominio completo de su medio, pero lo bastante ingenua para tratar de una manera sencilla y directa las cosas básicas. Trata en concreto del nacimiento del estado, y lo hace con una claridad y una globalidad dignas de Shakespeare. De hecho, lo que Los siete samuráis ofrece es nada menos que la teoría kurosawana del origen del estado”. Ya lo han leído, el premio Nóbel me ahorra el habitual corolario (modestamente) marxista. Y su apropiación de la referencia a Shakespeare tampoco se la voy a tener en cuenta… como si no lo supiéramos.


ELOTRO



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