Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 18 de octubre de 2014

Sam Shepard y Bilge Ceylan, dos teatreros de cine.






¿Por qué temer que se sepa cuando nadie puede pedir al poder que ostentamos que rinda cuentas?
W. Shakespeare, “Macbeth”.



En mi última visita a las casetas de la Cuesta de Moyano pude recoger una buena cosecha de libros: “Edipo en Colono”, Sófocles. “El viaje de Pedro el afortunado”, August Strindberg. “Edmond”, David Mamet. “Macbeth”, William Shakespeare. Y “El verdadero Oeste” de Sam Shepard. Cinco libros de segunda mano, alguno flamante, por cinco euros en total. Teatro para leer. El único teatro al alcance de la calderilla de los “menos favorecidos”.
De un tirón leí la obra de Shepard, que es teatro que, en cierto modo, trata de cine, de guiones, de ladrones de distinto pelaje y de gentes “que aman, sufren, luchan, beben o ríen como seres humanos… Seres humanos concretos”.
Luego, como de costumbre, tocaba cine: “Sueño de invierno”, de Nuri Bilge Ceylan. “Una obra maestra”, proclama la publicidad del cartel, y por una vez, pienso que se queda corta. Es cine basado en teatro, o en cuentos de uno de los mejores autores de teatro, A. Chéjov. Así de “teatrero” se presentó el día.



En la pieza de Shepard (dicen que despertó al teatro cuando, en el colegio, leyó “Esperando a Godot” de S. Beckett),  que transcurre en el caluroso sur de California, el sonido o ruido de fondo lo producen los coyotes –una mezcla de perros y hienas- y los grillos. El fondo sonoro de un combate familiar (un triángulo vitriólico) en el que hacen acto de presencia dos hermanos (polos opuestos que acaban intercambiando sus respectivos y autodestructivos papeles) y, en la parte final, la madre, que también anda huyendo y tampoco encuentra “su sitio” (el padre también interviene –indirectamente- en la pelea, en el intercambio de “golpes”, pero no aparece “físicamente” en el ring). Por ningún lado asoma algo semejante a la alegría. El cuarto personaje, que no “fantoche”, es un productor de cine, tan real y tan “comercial” como los de la vida “americana” misma, y que suelta frasecitas de este calibre: “En este negocio los americanos hacemos películas. Películas americanas…Deja eso de “hacer cine” para los muchachitos franceses”. En esta moderna historia “del Oeste”, Shepard nos deslumbra con unos diálogos extraordinarios. “Tú nunca has sabido gran cosa de mí”… “Me decía, es él, es él el que tiene razón. Él vive la vida con toda intensidad, mientras yo me pudro aquí encerrado”… “Ninguno de los dos conoce de verdad el miedo del otro… Piensan que el miedo es sólo suyo… Pero siguen cabalgando en la oscuridad…  Sin saber nada… Porque ni el perseguidor sabe dónde le lleva el perseguido, ni el perseguido sabe a dónde ir…”… “¿Esperabas que te dieran un premio por ir a ver a tu padre?...A ti te gustan mucho las medallitas”… “Todos decimos lo mismo cuando nos llega el agua al cuello…todos”…



El verdadero Oeste que nos muestra Shepard, donde los caballos queman gasolina, está poblado por seres –llenos de fuerzas y flaquezas, nada de “modelos vitales”- universitarios o sin instrucción,  casados, abandonados, divorciados o solteros, y todos ellos, me refiero a los que tienen frase: confusos, aburridos, frustrados, agresivos e insatisfechos. Vamos, como en cualquiera otro de los puntos cardinales pero con marcado acento yanqui. Gentes que malgastan sus “solitarios” días bajo el doméstico techo y que nunca llegan (¿lo intentan?) a conocerse (¡No se puede tener todo en este mundo! Decía de sus lujuriosas enanas o jorobadas el fantansioso Baudelaire), aunque sí consiguen morderse o y desollarse entre sí con notorio ensañamiento: “No te molestes en explicarte”… “¿Y tú eres del género sociable?”… “Mi curiosidad no va tan lejos”... “Nos robamos en familia, es la economía de mercado, la competitividad ha llegado al mismísimo hogar, ¡Bravo!”… y así: Una fraternal pelea a toallazos”. Una manera de despiojarse echándole la culpa al otro… ¿En la vida real las cosas son de otra manera? Según los feroces papeles de Sam Shepard, como que no.
“Venga, intentemos seguir…”




Por su parte el “Sueño de invierno” está rodada en la Capadocia turca, donde la naturaleza se ha recreado consigo misma a base de bien, y donde, por cierto, no hay coyotes aunque sí hermosos caballos salvajes. Y, ¡cómo no!, turistas japoneses. Allí, en un acogedor hotel apartado del mundo, que no de las tarjetas de crédito de los nipones, transcurre la historia que nos ocupa. Una historia tan vulgar como interesante, universo Chéjov con pinceladas de Shakespeare, música de Schubert, resonancias de Dostoievski (e ingredientes de cosecha propia de los guionistas) libremente adaptados y sutilmente enhebrados en el guión por el director y su parienta, Ebru Ceylan. Y descansadamente narrada (y montada), brillantes diálogos y bellísimas  imágenes de paisajes desolados o, en su caso, interiores cálidos o fríos hasta la neumonía;  y claro, ahí “embobinados”, nos encontramos, al menos eso le ocurrió a servidor, tan a gustito que, a pesar de su larga duración de más de tres horas, la peli se hace muy, pero que muy corta. Leo que Jane Campion, presidenta del jurado del festival de Cannes que otorgó a esta película su máximo galardón, la espiga de Oro, aseguró que “podía haber estado viendo la película otras dos horas más”.



Afirma el director del film que le gustan mucho los diálogos y el teatro. Y se nota. Incluso cuando narra con esas poderosas metáforas visuales. Cada acto de la película es un paso más del proceso crítico (que en las hirientes réplicas devienen autocrítico) de destrucción de vínculos y relaciones y autodestrucción catártica. El personaje central, maduro actor retirado, escritor, periodista, empresario hotelero, filántropo “anónimo” pero controlador, experto en eludir “retóricamente” responsabilidades y en devolver, convenientemente embarrados y “enmelonados”, los balones “de culpa” que le llueven en su “propia” área, es además el casero que desahucia “sin conocer los lamentables detalles”; el marido que ata, anula y humilla, “inconscientemente”, a su jovencísima esposa; el hermano que aplasta y ningunea a la infeliz y aburrida divorciada; el poderoso que “concede favores como si fuese Dios en la cima de una montaña”… el intelectual, “concretamente humano”, consciente, para sus adentros, de su poquedad y dependencia, y aterrado ante un final de trayecto lleno de soledad “sin compañía” (¿subordinada?).



Aviso: Más de una pedrada de las que intercambian los personajes puede acabar descalabrando al espectador. Es lo que tienen los cuentos morales, (contados en los papeles, los escenarios o el celuloide, y desde cierta ética, claro).


ELOTRO

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Y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira están engordando y se vuelven cada día más pesadas, listas para la vendimia.
John Steinbeck, “Las uvas de la ira”.



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lunes, 13 de octubre de 2014

Fortunato Depero versus artesanos anónimos de Paracas (Perú).









“El pensamiento de Nietzsche ha sido más levadura que sustancia directamente utilizable”.
(Manuel Sacristán)


La casualidad ha querido que en el espacio de dos días me haya tropezado con la interesante expo del artista futurista Depero y con las deslumbrantes obras textiles, esto sí que para mí es arte con mayúsculas, de unos anónimos artesanos que habitaron hace más de 2.000 años en el sur de Perú.

Por orden cronológico primero fue la visita a La Fundación Juan March (recuerden, aquel banquero contrabandista, monárquico y financiador del golpe militar del 36)  donde se exponía:  Depero futurista (1913-1950), dedicada a la obra (300 piezas) y la figura de Fortunato Depero (Fondo, provincia de Trento, 1892-Rovereto, 1960).




No conocía de este artista más que algunas pinturas sueltas que había visto en diversas exposiciones colectivas dedicadas a las vanguardias o más específicamente al “Futurismo”. Es decir, prácticamente nada. Conocía algo más, tampoco demasiado, la obra de Giacomo Balla, Umberto Boccioni o Carlo Carrá compañeros futuristas de Depero. No niego ciertas aportaciones interesantes de este movimiento de vanguardia, me refiero sobre todo a la vertiente “plástica”, pero en mi opinión se trata de un movimiento muy sobrevalorado, y su contribución “tangible” resulta escasa y en comparación muy por debajo de la de otros movimientos prácticamente contemporáneos como, sin ir más lejos en el tiempo, el DADA. Y qué quieren que les diga, yo soy sectario a sabiendas y Filippo Tommaso Marinetti y sus compinches  fascistas, racistas y belicistas me resultan, cuando menos, sujetos despreciables. Lo que no quita para encontrar elementos “útiles”, desde el punto de vista intelectual –recuerden a Marx y Engels sobre el “reaccionario” Balzac o el No-Do, sin ir más lejos- y, por qué no, sensorial, en sus “amables y decorativas” obras.






«Nosotros, los futuristas, adoramos las centrales eléctricas, las estaciones ferroviarias, los hangares, los acorazados, los gigantescos transatlánticos, las fábricas en su diabólica agitación productiva, los multiplanos voladores y los lujosos trenes bala. A semejanza de estas maravillas reconstruiremos el universo: Motocicletas-Vacas, Caballos-Bicicletas de acero, Soles artificiales, Árboles coloreados de cemento y metal; Flora mecánica sorpresiva – Nubes publicitarias domadas mediante registros exactos – Tormentas teatrales en el espacio.»

(F. Depero, Una geniale rassegna di idee di Depero, 1926)

Además de fachas, papanatas, ¿no?





En fin, reconozcamos que cien años después es muy fácil ver la gran cantidad de gilipolleces que se pueden decir en un manifiesto vanguardista (¡dinamismo, maquinismo, l velocidad y apología de la guerra!) que en su momento era el no va más en el “arte” de moda de la modernidad… así que tomemos nota sobre las tendencias predominantes en “la moda actual”. (¿igualmente apologética del belicismo?).

Depero pasó de la influencia plástica y conceptual de Boccioni a la de Balla. Conceptualmente eran partidarios de romper barreras entre los diferentes e incomunicados campos artísticos: arquitectura, pintura, escultura, interiorismo, mobiliario, diseño gráfico, literatura, publicidad, moda, poesía, teatro, ópera… ambicionaba mezclar y fusionar todas las disciplinas y convertirse en el “artista total”. Nada que ver, a pesar de la aparente similitud, con el objetivo perseguido por la escuela y los talleres de la  Bauhaus, donde no sólo primaba, en el aula y en el taller, el colectivo sobre la individualidad sino que la principal barrera –¡y jerarquía!- a abatir era la que separaba drásticamente el supuesto “arte superior” de la tenida por pedestre  “artesanía inferior”; y ya no digamos del objetivo “socialista”, de utilidad en cuanto a la satisfacción de las necesidades sociales, que subyacía en la necesidad de dinamitar el competitivo subjetivismo aislacionista dominante entre las diferentes artes y los subordinados oficios artísticos que las “aplicaban” bajo moldes –cánones estéticos y conceptuales- impuestos por “el encargo”. Dicho esto que nadie crea que aquí se está defendiendo ningún concepto de estúpido igualitarismo que confunda el nivel “real” de, por ejemplo, la arquitectura –¿firmada por Calatrava?- con el interiorismo decorativo –¿firmado por Mariscal?-. No dudo de que lo pillan.  




El “desconocido” Depero es a mi entender un artista de modesta fantasía -desde luego nada “asombroso” como pretende el capo de la March- que derramó, y por lo que vemos no siempre con mucho arte, en múltiples disciplinas: pintura, escultura, poesía, publicidad o el diseño gráfico y de escenografías… si eso, y el haber montado una empresita "central de acción artística" para producir en serie y en plan industrial, es suficiente para declarar que  “derribó las fronteras entre el arte y la vida (Agencia efe en eldiario.es, ¿periodismo a pesar de todo?)… y lo de “indudable pionero” por sus carteles publicitarios o lo de calificar al Futurismo como "la Vanguardia de las vanguardias"… mejor ni lo comentamos… pues nada, que nos siguen tomando por idiotas ignorantes, así que, ustedes mismos.

De lo mejor que nos muestran de Fortunato Depero –que todo hay que decirlo-, sin duda, los “modernos” tapices, pero…







El arte textil de los Paracas

Paracas (en quechua: para, ‘(lluvia) y Aco, arena, Paraaco "lluvia de arena" castellanizado a "Paracas"’)?es una ciudad portuaria de la costa sur del Perú, capital del homónimo distrito, en la provincia de Pisco, dentro del departamento de Ica)

A finales del Período Formativo Superior (500 a.C) florece en la Península de Paracas una cultura extraordinaria por su gran aporte a la tradición textil de Perú.

En 1925, el arqueólogo peruano Julio C. Tello descubre en los cementerios de Cerro Colorado y Cavernas cuatrocientos veintinueve fardos funerarios, muchos de los cuales contenían hasta dieciséis mantos además de esclavinas, turbantes, paños y demás adornos de uso personal. (…)





El arte textil de los Paracas, es considerado como uno de los más finos y sofisticados del mundo. El diseño, la calidad de las fibras y pigmentos, la variedad de colores y técnicas empleadas son extraordinarias.
Trabajaban con telares, pero no parece haber mayor desarrollo de ellos, sino asombrosa habilidad y paciencia en sus artesanos. El tejido llegaba a presentar 500 hilos por pulgada cuadrada -hoy no llega a la mitad-, sobre el cual se agregaban bordados con agujas.






Utilizaron lana de vicuña o algodón, en general sobre la tela básica de algodón se bordaban los diseños con lanas de colores. Las tonalidades son delicadas y armoniosas. Se han contado 7 colores con los que lograron 190 gradaciones de color. Los colores producto de pigmentos minerales y vegetales, se han conservado casi inalterados. En el bordado utilizaron un punto que imita las mallas del ganchillo, en ocasiones es salpicado por hebras de oro o de plata, lentejuelas, cabellos humanos y pelos de murciélago o de vizcacha; en algunos casos añadían plumas.



Los diseños en el período Cavernas eran geométricos, en Necrópolis -cuando comienza el bordado- presenta mayor maestría y delicadeza, ofreciendo creaciones complejas y coloridas, se representan personajes sosteniendo báculos o cabezas trofeo; en menor medida hay motivos naturalistas de elementos de la flora y la fauna.
El manto fue su composición más notable, de una sola pieza y tamaño rectangular - aproximadamente 3,00 x 1,50 m -, se llevaba sobre la cabeza a manera de gran mantilla que caía por la espalda, decorado con bordados policromos de motivos pequeños repetidos con diferentes combinaciones. Al morir formaba parte del ropaje o ajuar funerario.
La producción textil de Paracas, nos habla de una sociedad en la que la división del trabajo permitía a una parte de la población dedicarse a esta actividad altamente desarrollada y especializada que incluía procesos de hilado, teñido, tejido y bordado.



(Fuente: Museo de Antropología, Arqueología, e Historia de Perú, y otras)


ELOTRO

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“Hegel soluciona todos los problemas, menos el tuyo”
(Kierkegaard)




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jueves, 9 de octubre de 2014

¡Son los putos amos!, me refiero a los chinos.






¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que los centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?
Miguel de Cervantes, “Coloquio de los perros”.



Como dicen por ahí: ¡Son los putos amos!, me refiero a los chinos. Y no solo en el pequeño comercio, en la mano de obra barata  o en la captación a tocateja de las reservas de materia prima del planeta. También haciendo cine del bueno. “Un toque de violencia”, la formidable película de Jia Zhang Ke que comenté por aquí ya me dio mucho que cavilar.

Ahora acabo de ver “Black Coal”, guión y dirección de un tal Diao Yinan, (leo que ha ganado el “Oso de Oro” a la mejor película en el Festival de Berlín) y me ha parecido y así la he disfrutado, como una absoluta obra maestra. Un thriller, que así lo llaman los cinéfilos, que en mi opinión no tiene nada que envidiar a las grandes obras rodadas en Hollywood (en los años dorados por Chandler, Faulkner, M. Cain,  Huston, Wyler, Lang, Preminger, Cagney, Bogart, Bacall…  y tantos otros.) y que de propina aporta, pienso yo, numerosas y revitalizadoras innovaciones (digo en el qué –“ruido y furia que…”, ¿nada significan?- y sobre todo en el cómo: véase las tórridas y al mismo tiempo castas escenas de sexo o el “fuego” apoteósico del no tan “absurdo” final) al género negro o policíaco o como se diga. No me tengo por experto en nada y menos en cine. Me considero un espectador corriente y dotado de “tragaderas estándar” (además llevaba hasta hace un unos meses casi veinte años sin ver cine en el cine), de lo que se pone a tiro cada miércoles a un precio relativamente asequible para el “poder adquisitivo” (¿pillan el chiste?) de un desempleado también de lo más pobretón y corrientucho; aclaro esto para proclamar mis evidentes limitaciones y acotar fielmente “lo que ya tiene averiguado ‘mi’ experiencia”, que decía el clásico.




Otrosí: Una comparación odiosa (claro que para el lado norteamericano). Resulta que la semana pasada pagué por ver “La entrega”, otro thriller, de un tal Michel R. Roskam, protagonizado por el guaperas Tom Hardy y por mi admirado James Gandolfini (su trabajo póstumo) y del que no pensaba decir ni mu, porque para qué si salí del cine desinflado. Pero ahora, tras la gozosa y excitante visión de la peli china, viene de molde. El guionista de “La entrega” es Dennis Lehane, un escritor de éxito, de los que saca el libro y la peli, tanto en cine (Mystic River, Adiós pequeña, adiós o Shutter Island) como en series de televisión (The Wire…).  




Pues bien, el tipo se repite y así proclama su debilidad o su cansancio a la hora de escribir. Su guión es más que flojo, huele y sabe a refrito, a cosas ya sabidas, manidas, muy vistas (en el cine y en las series de la tele) y por eso tan previsibles. Dice que ha reelaborado, “a medida”, los diálogos de Hardy y Gandolfini. Y se nota. Al pobre Gandolfini le hace vomitar una serie de enrevesadas frases construidas además con una torpeza manifiesta (¿o será el traductor traidor?), probablemente debida, ya que no le vamos a regatear el meritoriaje de guionista de éxito, a un pretencioso y calenturiento afán por convertir cada carraspera del personaje en un golpe de efecto en nuestras mentes, en una cita “memorable”. Consigue exactamente lo inverso. Pero el ensañamiento del desequilibrado guión, por así llamarlo, con el personaje del guaperas Hardy es el paradigma de lo que no hay que hacer ni hacerle a ningún actor por muy capullo que éste sea y muchas ganas de hundirle la carrera que se pueda atesorar. Pero, ¿no habíamos quedada en que estamos hechos de palabras? Parece ser que Dennis engatusó a Tom diciéndole que él, tan inmenso actor, expresaba mucho más con su rotundo cuerpo y sus múltiples recursos gestuales, que con gastadas palabras. Y todo apunta a que coló, porque al camarero tarado –no menos que el policía con el comparte misa todos los domingos- que le ha tocado en suerte ¿interpretar?,  lo borda. Teniendo en cuanto que la insustancial, digo a estas empachadas alturas, trama base del thriller resulta asimismo archisabida (más de lo mismo como los escenarios de Brooklyn donde está rodada) y por lo tanto ni interesante ni entretenida. ¿Qué nos aporta? Menos que nada; para mí el balance final no puede ser otro: una tediosa y descomunal castaña.



Por el contrario la película china ha resultado ser un gozoso recreo “para los ojos del cuerpo y para el entendimiento”. Además Manchuria no es Nueva York, ni por el forro, además de que no la tenemos tan requetevista; y los otrora ineludibles héroes “de una pieza”, que forman parte de la vulgarizada “lógica aplastante” del relato literario y cinematográfico dominante,  no aparecen en escena alguna –si acaso algunos cachos-  ni, lo que es de subrayar, nadie los echa de menos. Los malos, a los que no resulta difícil confundir en el enjambre, por su parte no tienen nada de “super-villanos malotes” ni, si me apuran, siquiera resultan palmariamente villanos de los de oficio y beneficio. La fina ironía y el humor, a ratos grotesco, que envuelve muchas escenas del film (éste sí de una belleza extraordinaria, muy medida, lejos de toda improvisación), cumplen a la perfección su papel de “lubricante” en el delicado engranaje de la trama (que, fluir fluye que da gusto y de manera calmosa y con cadencia musical, tanto en las marchas largas como en las cortas, sobre todo en comparación con el “tempo” y el montaje “vertiginoso” que predomina en el cine americano de acción y del otro: ese frenético ritmo de rodaje y montaje que a unos enciende y a otros, entre los que me cuento, apaga.), pero que sin embargo y aún no he descubierto a santo de qué, la dota de una ágil y rauda velocidad de crucero que, cuando quieres enterarte, ya están los caligramas del alfabeto chino cubriendo la pantalla.



Y tú de regreso a la rutina acostumbrada, aunque eso sí, con un dejo muy, pero que muy placentero. E instructivo también, como le gustaba matizar al maestro  Raymond Chandler.

ELOTRO


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(PODEMOS) “…inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos”
Miguel de Cervantes, “Coloquio de los perros”.



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sábado, 4 de octubre de 2014

Un intento de lenguaje valorativo/descriptivo de síntesis. (Y a ratos, adversativo e interrogativo).







“Lo que siquiera puede ser dicho,
puede ser dicho claramente”
(Ludwig Wittgenstein)


¿La apariencia, en los diferentes “objetos”, de lo disímil o de lo afín, suele tratar de esconder  la realidad, sea ésta afín o disímil, o, más bien, la indisputada apariencia verdadera de lo generalmente disímil y afín?

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(Sí acaso no da con la respuesta o no ha entendido la pregunta formulada con tan exquisita como retorcida crudeza –recuerde que las susodichas suelen intercambiar fluidos y que la una (visible)  contiene a la otra (oculta). Parece ser que todo eso llevan dentro pero vaya usted a saber, lamentablemente en el “Mercado” ya no se calan los melones-, pero no se preocupe demasiado, siempre han existido cosas que escapan al entendimiento de la gente en general, aunque la primera en la frente, ahora sobre todo procure no encallar, ya que, por de pronto, no hemos hecho más que zarpar. Ande buen hombre, procure seguir navegando, )

Pero, con todo, y ya sea la respuesta elegida afirmativa en un sentido o negativa en otro o en el mismo, parece claro que en ningún caso (incluido el empate a penaltis o el absurdo lanzamiento de moneda) podría tratarse de un éxito, o por mejor precisar,  un acierto absoluto. Qué se le va a hacer que no se haya patentado ya por los amos de la obsolescencia programada, del discurso dominante, de las preguntas dominantes, de las respuestas dominantes. Pero esto es así porque los receptores perciben fases o caras o fachadas diferentes, envueltas en la predominante doblez complementaria (materia y antimateria a la vez, ¡paradojas de la ciencia!) del mismo e insoslayable carácter (sean cual sean el o los objetos o elementos en cuestión) que, ¡el conocido vicio parasitario!, los une en la esencia y sólo los diferencia, muy cucamente, en lo accesorio (la lógica que hay detrás). Sí, en apariencia  un autentico despelote, pero, sólo en apariencia… ¿Tiene objeto que los “objetos/sujetos” se paseen por ahí entre entusiastas aplausos, propalando chuminadas mientras  muestran una cara “A” para un plan B o exhibiendo una cara “B” para un plan A, según les pete, plazca o convenga?

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(Ya lo ve, será por preguntas servidas con tapitas  de respuestas. Si por un casual esta cuestión tampoco le invita a una respuesta concreta, continúe remando, no embarranque ahorita, ciertamente todos vivimos en una duda continua aunque, aunque no podemos ocultarle que siendo así, empieza a alejarse la eventualidad de la medalla de oro, sí, esa, ¡la de los decididos! ¡la de los que lo tienen claro! ¡la de los que desde su tierna infancia están bien entrenados en eso de elegir!).

Es un tópico decir que las apariencias engañan, es de sentido común, se remacha sin atisbo de duda. Y tanto las apariencias como el sentido común, piensan otros, están sobrevaloradas, no acostumbran a encerrar ni pizca de verdad y, en todo caso, viven muy, pero que muy por encima de sus cualidades, digamos contrastables. Verdaderamente resulta desolador tanta tontería, ¡a qué viene tanto afán con la grandilocuencia hueca! No deberíamos olvidar que el que emite la pregunta, el que la traiciona y abarata, es asimismo oyente y receptor de ella. ¿Acaso lo común por estos pagos no es, digo en la práctica, el reinado absolutista  del inelegante sinsentido?

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(Si tampoco en este caso se decide por una respuesta, con o sin sentido… la verdad es que no sé que carajo… bueno, bueno, bueno… mejor será que no cunda el pánico aquí, en medio del mar y sin corcho… pero, sepa usted, y no creemos que sea asunto para valorar con ligereza, que  la de plata y la de bronce han pasado ya de posibles a matemáticamente improbables. Y, en adelante, comprenda que a estas alturas, que usted mismo ha ido edificando a base de dudas y silencios, la caída a la que se está abocado sería cosa de consecuencias más que serias. Llegados aquí, sí me permite, un consejo: si quiere ser un ganador, déjese de remilgos, ejercite el ingenio y, ¿por qué no? la hipocresía, y aférrese a donde pueda. Último aviso a navegantes ambiciosos (sin prejuicios y sin escrúpulos).

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Para concluir, y tras ese espléndido derroche de silencio que nos ha brindado, sugiero que regresemos al comienzo. Y será lo suyo que esto acabe donde empezó, pero ya sabemos que en esta vida un enigma nos aguarda a cada paso y que en más de una ocasión “el detalle” acaba convirtiéndose en “el asunto” que paradójicamente nos puede permitir palpar la verdad, y por cierto… ¿quién, inaugurando la tradición, arrojó desde el más común de los sinsentidos la primera pregunta “sensata” con adjunta respuesta inducida del mismo y dominante cariz?

 Va a ser que esclarecer, sea el asunto que sea, no es tarea nada (“nada rima con nada” decía la Pizarnik) fácil, y por otro lado no se tienen noticias acerca de manuales de fiar al alcance de la plebe indocumentada. Vivificante, puede, instructiva, seguro. En cualquier caso necesaria, debemos asumir la carga de “conocer” por nosotros mismos, para los que tratamos de  comprender “algo” en medio de tanta y tan diestramente compuesta confusión.

ELOTRO

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“A nadie le ha sido jamás útil la ignorancia”
(Karl Marx)


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