Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 27 de febrero de 2017

27 de enero / 2017




Francisco de Quevedo nació en Madrid en 1580, el mismo año, leo,  en el que Cervantes es rescatado de su cautiverio de Argel. Cervantes quedó manco de un arcabuzazo y Quevedo nació, muy corto de vista y con una grave deformidad en los pies que le obligaba a cojear. A estos defectos físicos achacan algunos estudiosos la conformación de su peculiar carácter (colérica mala leche) y su exagerada misoginia (aunque incluso llegó, dicen que presionado, a casarse con una tal Esperanza de Mendoza. Pero al poco rato se separó).
No parece tenerse muy en cuenta, sin embargo, para esa concreta configuración,  su noble ascendencia y su pertenencia a una familia cortesana, o que quedara huérfano de padre a temprana edad o que se educara, junto con los cachorros de la nobleza como el futuro duque de Osuna, bajo la custodia de los jesuitas.

Sus contactos “de pupitre” le facilitaron el acceso a la política. Quevedo poseía una gran formación, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares: humanidades, lenguas modernas y filosofía. Y en Valladolidid, cursó estudios, que no llegó a finalizar, de teología, sagradas escrituras y patrística. Precisamente en 1604, Quevedo se había instalado en Valladolid, donde Felipe III había trasladado la corte, dejando el gobierno de España en manos de su valido el duque de Lerma. Y al servicio del valido que se puso inmediatamente nuestro hombre. Y algo más tarde, 1610, fue el duque de Lerma quien nombró al ya mencionado compañero de pupitre de Quevedo, el también duque, solidaridad de clase, pero en este caso de Osuna, nada más y nada menos que Virrey de Sicilia.
Y allí que marchó solícito Quevedo a prestar sus fieles servicios como consejero del señor de Osuna. Y es así como don Francisco, a sus treinta y tres años se instala en Palermo como hombre de confianza del virrey, lo que le permitió, junto con su incuestionable habilidad para maniobrar en las alturas, conseguir una gran influencia en Nápoles o entrevistarse con el papa Pablo V como heraldo del Rey. Había llegado a la cima política.  En 1621 muere el rey Felipe III, y es entonces cuando Felipe IV asciende al trono y entrega el timón al todopoderoso conde-duque de Olivares. Y el efecto “bola de billar” Lerma-Osuna acaba arrastrando a Quevedo que, rápido de reflejos oportunistas, no tarda en dedicar, tan adulador como servil, una obra al nuevo encumbrado, el susodicho  conde-duque. Más tarde (travesuras del ingenio) incluso consigue que Felipe IV le nombre secretario suyo, eso sí, sólo a título honorífico. Pero la cosa no se acaba de enderezar, en 1639 fue hecho preso en casa de, su por entonces protector, el duque de Medinaceli, y se le traslada, por cuatro años, al convento de San Marcos en León. “Cerrado solo, escribió, en un aposento, sin comercio humano” y también “Vivo contentísimo de mis trabajos, porque creo que me convienen más que las felicidades que antes gozaba”.
Murió en septiembre de 1645, a los sesenta y cinco años de edad. “Soy un ‘fue’ y un ‘será’ y un ‘es’ cansado…”

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Origen y definición de la necedad 
Francisco de Quevedo

El Confiado de sí mismo y la Porfía, al cabo de largo tiempo y de entrañable amor, que el uno al otro se tuvo por inclinación natural amando cada uno a su semejante, se casaron. Deste ayuntamiento tuvieron copia innumerable de hijos. Éstos se juntaron unos con otros por dispensación del Tiempo; y no perdiéndolo en el producir, dio este grano ciento por una, a cuya causa vino a ser infinito el número de necios, y sus impertinencias y abusos sin enmienda ni reparo. Cada uno de por sí introdujo nuevo lenguaje y jerigonza procurando que ni el olvido los sepultase ni el tiempo los consumiese; y así lograron sus designios, de suerte, que, con haber comenzado pocos años después, que el yerro de nuestros primeros padres o por mejor decir cuando ellos, y con el buen paramérito del limitado y no conocido número de discretos, a quien la Necedad aflige y persigue con la mano que vemos. Necedad se llama y es todo aquello que se hace o dice encontrando o repugnando las costumbres de cortesía o lenguaje político. Algunas necedades se apuntan en este breve discurso, como por él se verá –porque todo sería intentar lo imposible, siendo, como es, tal y tanta su diversidad, calidades y muchedumbre -, de las que el hombre debe huir como el navegante del peñasco o bajío que le amenaza, y son las siguientes: El ocupar uno lugar donde le pueden decir que se quite, necedad a perfil. El competir con persona poderosa el que no lo es, necedad a prueba de mosquete. Sacar el lienzo y sonarse las narices habiendo comenzado algún discurso o plática, necedad azafranada; y si alguna vez advirtiere en las conversaciones de recogerle, haciendo alarde y mirando, superfluidad del celebro que quedó en él, porquería y asquerosa resolución. El preguntar uno al otro cuando le entra a visitar, habiendo visto la ocupación en la que está: “¿Qué hace vuesa merced?”, necedad aventajada. El decir uno a otro cuando se ven en alguna parte: ”¿Acá está vuesa merced?”, necedad garrafal. Tener uno un libro en la mano y quitárselo otro, necedad con capirote; y si a esto añade quitársele estando leyendo, necedad con falda, de que no revela la amistad, y si ya no es que el que le lee se le ofrece segunda vez. Lo mismo se entiende con un instrumento en que uno está tañendo; y si tras quitársele de la mano se pone a templar, dando a entender el defecto del que le tañía y su mal oído, queda declarado por necio de pendón y caldera. Preguntar una persona a otra, viéndole con entera salud y muestras della que cómo está, superfluidad parece en medio de necedad, siendo más propio decir: “Huélgome de veros con salud”. El sacudirse un hombre los pies del polvo o lodo habiendo ya entrado a estancia o pieza adonde está la persona a quien va a visitar, necedad de capuz. El deshollinarse y escombrarse uno con los dos dedos hasta las narices estando en conversación, o en visita, necedad lampreada; y si hiciere hormigos y fideos de lo verde y seco del remanente, declárase por porquería del horno. El repetir uno en un mismo día y en una misma conversación una misma cosa, por la primera vez se le atribuye a falta de memoria, y a la segunda se declara necedad venial, y la tercera reincidencia se confirma por necedad entera con bordón y esclavina y notoria falta de caudal…


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Epístolas del Caballero de la Tenaza
de Francisco de Quevedo

Aquí: https:



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domingo, 26 de febrero de 2017

26 de enero / 2017


Josep Fontana
“Sobre la Historia



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La conferencia de la conferenciante, 1917-2017
 (3/3)


Pero la vida de cada uno incluye un arte, una literatura, una ideología, unos intereses, unos deseos, unos sueños, unas pesadillas bajo cielos plomizos o nubes rosáceas… unos contenidos más o menos inconfesables, unas formas más o menos insolventes… no conviene olvidar, que tal es el gusto de las clases medias altas y  acomodadas, o sea, del desorden establecido que es lo que en definitiva  remunera. No puedo menos que ver en cada cosa la otra cara, escribió Sciascia.

Además esta, repito, hermosa sala, está ubicada y yo diría que  espléndidamente enmarcada, contenida, por un no menos hermoso, me lo parece y siempre me lo ha parecido, barrio. Un barrio al que conozco bien porque fue el de mi infancia y adolescencia. Sólo con pronunciar estas palabras ya me pongo sentimental, bueno, ya saben, las élites que nos guían siempre han dicho que eso de los sentimientos es cosa de pobretes… y en mi caso aciertan por los dos lados, soy sentimental y de origen humilde, por no decir pobrísimo. Escribió Camus que cierta suma de años vividos miserablemente bastan para construir una sensibilidad, y añadió oportunamente que la experiencia no te hace sabio sino sólo experto. Por eso en cierta manera les doy la razón a ellos, las élites privilegiadas que viven de las rentas de ancestrales saqueos de tierras o del actual fruto, del plusvalor, producido por el trabajo ajeno, son, por coherencia práctica, menos de idealistas sentimientos y más de intereses materiales. Sabido es que para tan virtuosos parásitos no hay sentimiento que obstaculice sus cotidianas usuras, sus usurpaciones, sus abusos… la pobreza no es culpa suya, dicen muy serios, a los pobres, como a todo lo demás, los ha puesto Dios, el suyo, digo yo sin reírme, y por algo será, recalcan, sobre el mundo. Y a más a más, a ellos a caritativos no les gana ningún quejica hereje, ocioso y borrachón, que no otra cosa puede ser quién osa blasfemar cuestionando el orden sacrosanto impuesto por el Capital y la Santísima Trinidad (toses y gorjeos y silbidos engrosan el desfile). Y del que, además y ahí puede estar una de las claves de su amplísimo sostén, se benefician miles de estómagos agradecidos pertenecientes a fieles siervos del Régimen a los que hay que añadir a millones de aspirantes a similares plazas e idénticas ocupaciones y al consiguiente reparto de las copiosas migajas del banquete “Real” de la realeza realmente ejerciente.

Pero no es de esa basura de la que yo quería hablarles sino de “mi barrio” que, repito, es muy hermoso. Aunque precisar sea complicarse la vida, conviene dar nombre y adjetivo (aunque se piense por imágenes) a cada uno de nuestros recuerdos. La vida es corta y es pecado perder su tiempo, como también dijo aquél, y una ya ha perdido bastante del suyo. Hay casos y cosas y gente que se aleja o, por mejor decir de la que nos alejamos. Escribió Canetti que jamás los hombres han sabido menos de sí mismos que en esta «era de la Psicología»

Este barrio, que han dado en llamar de Las Letras, ya sabía de Cervantes, incluso en los nombres de las tabernas, o de Lope de Vega o de Moratín o de Echegaray genio polifacético con Premio Nobel incluido que prestó onomástica a la que fue  “puta calle” de putas y prostíbulos (aumenta el número de los que desfilan y a paso ligero).

Pues eso, que por estas calles y callejones, entonces aún más renegridas y sombrías tanto el paisaje como el paisanaje, una paseó e incluso corrió lo suyo y por esas casas de comidas, tabernas y cafés también bebió y conspiró “contra Franco” lo que se terció, aunque lo que tocaba la mayor parte del tiempo era tragar en silencio. Tiempo de eso tituló un ilustre y casi olvidado escritor (también asiduo de las tabernas y los prostíbulos del barrio) de aquellas oscuras y nada entrañables fechas. Pues eso, que entre tragar en silencio y conspiraciones de café, cine-clubs o  trastienda de librería nos pasábamos el tiempo “libre” que concedía la esclavitud alimenticia de cada uno. Y en aquellas militancias políticas de camaradería y sueños amorosos, que ahora rebusco por el laberinto de mi memoria escudriñando entre sus capas, sus alturas y sus profundidades, íbamos descubriendo el mundo, cierto que cosechábamos más experiencia que conocimiento, en la política, en el amor y la amistad, en el sexo, en el voluntarismo de mantenerse al margen de lo dominante, de no aceptar las imposiciones de la domesticación social como algo irrevocable. Lo que significa ver la que una era en otra época, aquella mujer que perdía la cabeza, que se la jugaba, por cualquier asunto que por entonces le pareciera importante, y que resultaban ser casi todos, y que hoy sabe, irremediablemente sabia, que no pasaban de ser, en el mejor de los casos, nimiedades. Si una ha aprendido algo es que la vida no es que esté en otro lado, es que es, debe de ser imperiosamente, otra cosa. Pero para eso no queda otra que, en el conflicto entre los hombres y las petrificadas relaciones sociales, derrumbar diques, hay que demoler murallas, hay que atreverse a salir del carril y abatir los consensos impuestos, hay que decir no, sin amilanarse, cuantas veces sea necesario y a ser posible en compañía de otros, esos otros que comparten y padecen la misma o parecida esclavitud. Esa esclavitud que consentimos inducidos por esos pensamientos que nos inoculan, y que llegan al estado de ideas y se convierten en auténticos tumores que crecen dentro de nuestra mente, que nos destrozan, que nos enceguecen. ¡Basta de lamer la mano del que nos explota y golpea! (¡Mujerzuela! ¡roja! ¡vete a Rusia!, fue el último grito que retumbó en una sala casi vacía). Es la propia dignidad, personal y colectiva, la que se debe defender, preservar, cuidar… sólo desde ahí, la vida puede llegar a ser otra cosa, en cualquier parte que una se encuentre.

Ya para terminar (ya sin luces y megafonía, a viva voz), les relato un feliz encuentro que he disfrutado  poco antes de llegar aquí, y que sin duda ha sido el responsable del cambio radical en el contenido y la forma de esta conferencia de la que ustedes, que han visto fatalmente decepcionada su expectativa, han sido víctimas, ¿la última conferencia?, que, por lo que puedo ver, finalmente sólo ha logrado retener en sus butacas a unas docenas de asistentes, por más que la mayoría estén visiblemente semidormidos y otros roncando sonoramente. Pero vamos con el encuentro casual. Resulta que una rehusó la amable oferta, traslado en coche con chofer desde el hotel hasta esta sede, de la organización de este acto, con el propósito de patear tranquila y concienzudamente y desde el anonimato y la casi invisibilidad las apreciadas calles de este barrio que muchos años atrás fue el mío, y que ya sabía que había cambiado sustancialmente su forma y su contenido, su estilo de vida. Y tanto callejear, pendonear, zanganear sin brújula que acabé alejada unos cuantos kilómetros de esta sala cuando ya la hora fijada para el inicio de la conferencia estaba a punto de sonar. Levanté mi mano y grité ¡taxi!, y apresuradamente, como en las películas de acción, tomé asiento e indiqué al conductor la dirección… y fue en esas que unos cálidos ojos enmarcados en el retrovisor interior me hicieron retornar de forma vertiginosa veinticinco años atrás (un pasado aún presente), ojos  acompañados de  un baudelariano: “Contigo al mismísimo fondo del abismo, Julia…”

Siempre hay una revolución en el aire, al igual que hace ahora cien años, husmea, husmea como una perra bolchevique…


ELOTRO

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sábado, 25 de febrero de 2017

25 de enero / 2017




La conferencia de la conferenciante, 1917-2017
 (2/3)

(…) Pues bien, estimados concurrentes, aquí está una con su sesuda conferencia  intitulada “Escribir o vivir” y acompañada de, o si lo prefieren acompañando a, su par de tetas y con su inseparable  “yo” miserablemente solo frente al doble juicio de la audiencia digamos más intelectual (escribir) o la más inclinada y ligada a los valores llamémosles fisiológicos (vivir). Distinción maniquea (¿A estas alturas en qué cabeza cabe separar radicalmente “lenguaje” y “realidad” o “conciencia” y “mundo material” o actividad “física” y “mental”? pues en los hechos se ve que los que mandan lo hacen) esta que me lleva a recordar a un amanerado profesor que padecí en la escuela primaria y que explicaba el conflicto entre Atenas y Esparta como la lucha entre los soberbios “cuerpos” de los guerreros espartanos (barbarie) y la sobresaliente “mente” de los filósofos atenienses (civilización).

Claro que la distinción que una propone es puramente teórica y con fines utilitarios, de estricta legibilidad, ya que todos sabemos que sólo escriben los cagatintas vivos, vivales o no, y, por consiguiente, el ejercicio de la escritura es parte sustantiva, grande o pequeña, de la vida de quien escribe. La vida y la literatura están pues fatalmente  fusionadas, incluso en Vila-Matas y en Paolo Coelho, aunque cueste creerlo (murmullos y carraspeos y más deserciones).

Les aseguro que, una, también escribe con las tetas, y con la vulva (bramido medio sofocado), y con dolor de cabeza o de hemorroides (chillido), y con tristeza, y con volcánicos deseos, y las más de las veces con mucha desgana y furiosamente contra una misma y el desánimo y las derrotas, contra las tabernas, las pequeñas cobardías y el miedo y los cielos plomizos o las nubes negras (debería de llevar un cuaderno solo para el tiempo y los paisajes, escribió Camus)… y eso es así, dejémonos de estetizantes romanticismos,  sólo, o principalmente, porque, una tiene inexcusablemente que ganarse el pan y en el Mercado se vende lo que se vende, y ya de camino alguna que otra chuchería para la irremediable carne débil (se escucha:¡puta!, a grito pelado y aumenta el tráfico del desfile abandonista).

Hay, cambiemos ahora de oficio artístico (por mucho que el farisaico Vila-Matas diga que es el “oficio” lo que ha matado al arte), pintores, y por supuesto famosos y millonarios, o sea bien instalados, que han declarado que no se trata de que, en su caso, la pintura sea lo más importante de su vida sino que su vida es la pintura, y punto (sí, Barceló, amigüito de la misma ralea que V-M).
Esto, salvando las distancias, recuerda un poco a la persistente controversia sobre forma y contenido (el estilo). En resumen y para no aburrir al auditorio, una opina que la vida incluye la literatura, el arte, como el contenido a la forma, y a la inversa en ambos casos… pero si ocurre que  en el terreno teórico ayuda una distinción formal para realizar un determinado análisis de la obra en cuestión, pues sea, pero procurando no olvidar qué terreno se está pisando, simbólicamente. Y es que, según la “altura” del olvido, el batacazo puede ser muy, pero que muy considerable.

Y hablando de formas-continentes y sin ir más lejos, nos puede servir de muestra esta hermosa, a mí me lo parece, siempre me lo ha parecido, sala de crujientes y nudosas tarimas, incómodos butacones, avejentados cortinajes, tapices, lámparas y vetustas columnas que hoy ocupamos, lugar que ha sabido acoger, contener, a lo largo de su existencia los más variados y opuestos  eventos y audiencias bajo la atenta mirada de esos retratos de hieráticos y rancios próceres, perpetrados al óleo por anónimos menestrales, que nos miran impasibles desde sus marcos dorados: quizás la forma perfecta para sus contenidos.

Aquí han conferenciado, ah, la flaca memoria cuando conviene, muchísimos monárquicos y algunos republicanos, demasiados fascistas y unos cuantos socialistas… y durante un corto espacio temporal, hasta anarquistas y comunistas de los de verdad y no sólo de carnet… y eminentes prohombres del arte académico y de las ciencias no ateas y de la élite política que predomina y domina… aquí se ha conjurado e intrigado, cocinado, a favor y en contra, con reparos o desde la más absoluta fidelidad al establishment, o también por la conservación de lo que hay, hubo y habrá tatachín tatachán, con leves reformas del idílico desorden reinante… se ha llegado a proclamar desde este púlpito/tribuna cienes de veces, directa, metafórica o simbólicamente, la santidad de la propiedad privada y, en no llega a media docena de ocasiones, la ineludible socialización de los medios de producción…  y no es poco aunque, piensa una, ni mucho menos suficiente, ¡Cuantos han sufrido podredumbre en la tierra sin dejar historia tras de sí! 

(algunos ellos y ellas desfilan y las calvas tapiceras de terciopelo deslucido ya abundan en el patio de butacas)...

viernes, 24 de febrero de 2017

24 de enero / 2017



Resistencias frente a la "nueva" barbarie
Néstor Kohan


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La conferencia de la conferenciante, 1917-2017
(1/3)


Escribió en su diario Katherine Mansfield: “No quiero escribir; quiero vivir.” Y una, que comparte, además del oficio, la opinión y el deseo de la Mansfield, no querría dar conferencias, una, lo que realmente ha querido siempre es vivir. Pero resulta que una sobrevive, al menos en parte, gracias a que de vez en cuando la contratan por obra o servicio, para dar conferencias. Así que una, para vivir, que no digo malvivir,  acaba dando conferencias. Esa es, además, parte de mi propia e ineludible  esclavitud asalariada a tiempo parcial. Nada que ver con el pobretón nivel de remunerada esclavitud del minero o del jornalero o ni siquiera del camarero… pero sin duda de una variante “tibia” de esclavitud al fin y al cabo se trata (toses impostadas en la sala).

Una, conferenciante ya de cierto rango, de cierta relevancia y notable, el nivel sobresaliente es sólo para machos, caché  en el escalafón, se puede permitir ciertos lujos dentro de ese tiempo parcial que hemos llamado, y ya los griegos lo hacían así mucho antes de que lo hiciera el propio Marx con todas las de la “ley”, de trabajo esclavista. Por ejemplo elegir el asunto a tratar, la forma y el fondo del discurso a impartir, o  si lo prefieren el sermón o la homilía por la que, finalmente, recibe una su correspondiente remuneración. Ocurre que, esa una, hoy por hoy ya porta un nombrecito con una determinada consideración y crédito adosado, y por supuesto no ignora tal ascendiente. Aunque como suele decirse nunca se termina de aprender. Abro aquí un pequeño paréntesis para comentarles algo que pienso que viene muy a cuento. Hace un rato, precisamente a mi llegada algo retrasada al hall del salón de actos de esta respetabilísima institución,  acabo de escuchar, les aseguro que de forma absolutamente involuntaria y accidental, a un par de caballeros acompañados por un par de señoras con ostentosas ínfulas de duquesas e indisimulable catadura de posaderas, comentar de manera jocosa que lo más interesante de la conferenciante de hoy, de donde indudablemente debo inferir que aludían a una servidora, era “el lustroso par de tetas que se gasta la andoba”, literalmente transcrito. Así que el tópico “Más pueden dos tetas que dos carretas” por lo oído sigue vivito y coleando en ciertos  cerebritos (gorjeos de señoras y estentóreas toses de caballeros). En fin, que parece que algunos, al menos dos, no han acudido a este evento “cultural” por lo que suelo escribir o discursear sino por el supuesto lustre de mi cuerpo “vivo”; pero que quieren que les diga, todo suma, y no hay más que ver, y por mi parte con sumo contento que supongo compartido por la de los generosos organizadores del evento y empleadores de una, que en la sala no cabe un alfiler (comienza el desfile que la desmiente, sólo señoras).

jueves, 23 de febrero de 2017

23 de enero / 2017



Una reflexión de Ángeles Díez:
“La equidistancia es sin duda un refugio ideal para las buenas conciencias y tiene la ventaja de la ambigüedad que permite posicionarse en un lado o en otro según discurran los acontecimientos. Se trata de una falsa simetría que coloca en el mismo plano al agresor y al agredido.”
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“…se busca salida en la ambigüedad camuflada de pluralidad, en el perfil bajo hasta que se decanten los acontecimientos, o peor, en la equidistancia que supone un falso equilibrio en el que se permite criticar el discurso dominante y a la vez compartirlo.”


Gris sobre gris / Theodor W. Adorno

Gris sobre gris.-Ni siquiera su mala conciencia le hace favor alguno a la industria cultural. Su espíritu es tan objetivo, que hiere a sus propios sujetos, de modo que éstos, sus agentes todos, saben con qué tienen que habérselas y procuran distanciarse con reservas mentales de la aberración que han instituido. El reconocimiento de que las películas difunden ideologías es él mismo una ideología difundida. Una ideología administrativamente manejada mediante la distinción rígida entre, por un lado, los sinténticos sueños diurnos, vehículos para la huida de lo cotidiano, «escape», y, por otro, los bienintencionados productos que animan al correcto comportamiento social, que transmiten un mensaje, «conveying a message».
La automática subsunción bajo los conceptos de escape y message expresa la falsedad de ambos. La burla del escape, la sublevación estandarizada contra la superficialidad, no es más que un pobre eco del inveterado éthos que abomina del juego porque ningún juego tiene en la praxis dominante. Si las películas de escape son aborrecibles, no es por que vuelvan la espalda a una existencia decolorada, sino porque no lo hacen con suficiente energía, y eso porque ellas mismas están decoloradas, porque las gratificaciones que parecen prometer coinciden con la infamia de la realidad, de la privación. Los sueños no contienen ningún sueño. Igual que los héroes del technicolor no dan ni por un segundo ocasión a olvidar que son hombres normales, rostros prominentes tipificados e inversiones, bajo la delgada lámina de la fantasía producida conforme a esquemas fijados se adivina inequívocamente el esqueleto de la ontología del cine, la jerarquía entera de valores impuestos, el canon de lo indeseable y lo imitable. Nada más práctico que el escape, nada más íntimamente comprometido con la explotación: al sujeto se le transporta a la lejanía sólo para meterle a distancia en la conciencia, sin interferencia de desviaciones empíricas, las leyes de la vida empírica. El escape es todo él un message. De este modo el message parece lo contrario, lo que quiere huir de la huida. Cosifica la resistencia a la cosificación. Basta con oír a los especialistas decir elogiosos que ésta u otra magnífica obra cinematográfica tiene entre otros méritos el de la  intención con el mismo tono con que a una bonita actriz se le asegura que además tiene personality. El poder ejecutivo bien podría decidir cómodamente en una reunión que a la costosa comparsería del cine de escape se le añadiese un ideal como: «Noble sea el hombre, compasivo y bueno» (Goethe).
Separado de la lógica inmanente de la imagen y del asunto, el ideal mismo se conviene en algo que hay que suministrar de los depósitos , y por lo mismo en algo a la vez palpable y fatuo: reforma ordenada a eliminar los abusos eliminables, asistencia social transfigurada. Preferentemente anunciando la integración de alcohólicos, a los que se les envidia su mísera ebriedad. Cuando se representa a la sociedad endurecida en sus leyes anónimas como si en ella bastase la buena voluntad como remedio, se la está defendiendo aun de ataques justificados. De ese modo se crea la ilusión de una especie de frente popular de todos los que piensan de forma recta y justa. El espíritu práctico del message, la sólida demostración de cómo se deben hacer las cosas, pacta con el sistema en la ficción de que un sujeto social total, que en modo alguno existe en el presente, puede ponerlo todo en orden si cada cual se adhiere a él y se hace una idea clara sobre las raíces del mal. Uno se siente bien donde puede mostrarse como alguien excelente. El message se convierte en escape: el que sólo atiende a la limpieza de la casa donde habita olvida los cimientos sobre los que está construida. Y lo que seda de verdad un escape, la oposición hecha imagen al todo hasta en sus constituyentes formales, puede transformarse en message sin pretenderlo; es más, justamente por el terco ascetismo que rechaza la propuesta del primero.


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